—Esta no es la casa de mis padres.
La puerta del conductor se abrió y Luciana rodeó el coche hasta su lado para abrirle la puerta. No se le quitaba la retorcida sonrisa del rostro desde que habían abandonado la vieja iglesia y a Rosarito, y en ese momento se dio cuenta de que no se le permitió decir «adiós».
—Te va a gustar —dijo mientras sacudía la mano en el aire para restarle importancia al asunto.
—Sí. Claro.
Bajó cuando su tía se lo indicó. Tampoco trajo consigo ninguna de sus pertenencias, pero aquello era lo de menos: si volvía a dejarle el estúpido de Marcos de Román en el hogar como antes, no tendría que organizar todo el equipaje de nuevo… y después de cuatro viajes ida y vuelta a los brazos de Rosario era alentador saber que en esta ocasión le esperaría amoblada su recámara, listo para recibirlo como si nada hubiera pasado.
Le dirigió una mirada cargada de recelo. Si tanto le quería, como aseguró todo el camino, y no padecía por la falta de dinero, bien pudo buscarlo mucho antes. Pero a fin de cuentas, él seguía siendo el «recién adoptado» y su tía la adulta que se había compadecido de él.
Chasqueó la lengua, fastidiado de haber dejado incluso sus enciclopedias favoritas.
Aun así, se sentía aliviado de volver a ver un rostro conocido más allá de los límites de la antigua casa…, aunque fuera la estirada cara de Luciana.
—¿Puedo llamarte tía?
Escuchó que sorbía el aire con fuerza.
—Ah, en público deberá ser «Luciana».
Serge se encogió de hombros.
—Rosario me dejaba tener mascotas —dijo en cambio—. Los animales me gustan. Esta vez quisiera un gato, nunca he tenido uno.
Las manos de su tía le rodearon el cuello por detrás e ignoró sus palabras mientras lo conducía al interior del gigantesco edificio grisáceo. Por dentro, las paredes eran tan blancas que le hacían doler los ojos y su reflejo le devolvía la imagen de un muchacho desgarbado con el cabello despeinado y los hombros caídos.
No le gustó para nada. Ahora se parecía mucho más a su padre en las fotos de su juventud, pero él sí se veía como un hombre digno de respeto, no como él, que lo llevaban y devolvían a gusto de quien la mujer que lo adquiría.
Siempre era la mujer la primera en gritar, abrirle los ojos hecha una furia y ordenarle a su marido que regresaran a la «bestia».
—No creo que vivas aquí, tía.
—Cuida tu tono, Serge —dijo—. Ah, eres un desagradecido. Solo hago lo que mi hermano habría querido.
El eco de los pasos sonaba agradable en sus oídos, como un metrónomo. El recorrido por el que Luciana lo llevaba era confuso, con un giro nuevo en cada esquina y múltiples pasillos, cada uno más largo que el anterior. Las luces sobre su cabeza titilaban y las puertas que dejaba atrás, custodiadas por guardas vestidos de blanco por completo, eran todas idénticas, algunas con brillantes letreros y señalizaciones que solo había visto durante sus lecturas.
Giró la cabeza y observó a su tía con los ojos entrecerrados. Sentía que se le calentaba la sangre y la garganta se le apretaba.
Luciana captó la mirada de Serge y le acarició el cabello con fuerza para aplastar los mechones rebeldes.
—No me mires así, ¿ah, por qué eres tan grosero?
Una de las puertas dobles se abrió antes de que pudiera contestar, y un hombre de bata y cabello oscuro engominado lo miró de refilón.
—¿Es él? —dijo.
—Ah, sí, doctor —respondió Luciana.
Serge leyó la elegante firma de la placa que decoraba el costado.
Dr. Hoffmann, rezaba.
Y abajo, con letras diminutas: «Psiquiatra».
La invitó a pasar a uno de los consultorios y entonces, Serge reconoció el penetrante olor del alcohol de cuando visitaba a su padre en el trabajo, pero el ruido de aquel hospital era mucho más agradable que el silencio de este.
—Siéntense.
Su tía tiró de él para acomodarlo en el largo sillón.
Otro escritorio.
Parecía que su vida estaba llena de ellos y era seguro que no traían nada bueno.
—Doctor, muchas gracias por recibirnos, ah, la verdad no sé qué hacer.
Serge alzó ambas cejas, sorprendido. Apenas habría dicho un par de palabras, ¿y ya era un problema para ella? La molesta voz casi artificial le hizo arrugar la nariz, pero el Dr. Hoffmann parecía encantado con la anciana-maniquí en la que su tía se había transformado.
El hombre estiró ambos brazos y juntó las manos, con los dedos entrelazados apenas a unos centímetros de los de Luciana.
—Sabes que haría cualquier cosa por la familia de Carlo.
Y le ofreció una sonrisa que Luciana le devolvió, como Serge nunca las había visto.
—Lo sé, doctor Hoffmann —dijo con esa misma voz.
Serge volteó la cabeza, atraído más allá de la conversación, por los libros que se veían tan pesados como para alzarlos con un solo brazo.
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Editado: 13.06.2024