(Narrado por Stefani)
La luz de la madrugada se filtra apenas por las cortinas, tiñendo la habitación de un gris plateado que se mezcla con los dorados apagados de la noche que se va. La siento sobre mi pecho; su calor, su respiración temblorosa contra mi piel, me atraviesa como una corriente imposible de contener. Cada latido suyo resuena en mí, como si su corazón golpeara dentro del mío. Me obligo a recordarlo: no es un sueño. Ella está aquí. Está viva. Y no quiero que se vaya jamás.
Su cuerpo se acurruca contra el mío con una familiaridad que me parte en dos: la calma y el vértigo. No hay palabras, solo el roce de su piel, el perfume leve que reconocería entre mil, la presión de su frente sobre mi pecho. Todo está suspendido en un silencio que se siente sagrado. Cierro los ojos y dejo que mi respiración se confunda con la suya. Podría quedarme así para siempre.
De pronto, la siento moverse apenas. Su boca se posa sobre mi pecho, en un gesto que no tiene urgencia, sino reverencia. Es como si confirmara mi existencia, como si buscara asegurarse de que sigo aquí, tangible, real. Mi respiración se detiene. Me inclino instintivamente hacia ella, deseando protegerla, contenerla, dejarla vivir dentro de mi abrazo.
Pero intenta incorporarse, apartarse, quizá huir del vértigo que ambas sabemos que esto significa. Mi mano se aferra suavemente a su cadera. No la retengo por deseo, sino por miedo a que desaparezca.
—No... —mi voz apenas sale, quebrada pero firme—. No todavía.
Se detiene. La tensión entre nosotras es un hilo invisible, vibrante. Su impulso de alejarse choca con mi necesidad de retenerla, y en ese punto intermedio hay algo más poderoso que cualquier deseo: vulnerabilidad.
—Stefani… —susurra, y el temblor en su voz me desarma.
La abrazo despacio, como si todo lo que somos —todo lo que fuimos— dependiera de ese gesto. Su respiración tropieza con la mía. Cada exhalación suya es un perdón que aún no ha dicho, una rendición callada. Siento bajo mis manos su espalda tibia, la vida que late bajo su piel, y recuerdo todos los años en que soñé con esto sin atreverme a imaginarlo.
Mis dedos la recorren lentamente, sin intención, sin destino. Solo la reconozco. Toco cada línea, cada curva, cada fragmento de lo que me era familiar, y en cada caricia le digo sin palabras no te dejaré ir. La luz gris de la madrugada acaricia su cuerpo, y en su piel descubro la música más dulce que he escuchado en años.
—Quiero quedarme contigo —susurro, con la frente hundida en su cabello, la voz hecha promesa—. No sé cuánto tiempo nos queda, pero mientras estés aquí… no voy a dejar que te marches.
Ella cierra los ojos. Su cabeza descansa sobre mi pecho, y sus dedos buscan los míos. Nuestras manos encajan como si hubieran estado esperándose. El mundo se disuelve; la ciudad, el ruido, los años. Solo quedamos nosotras, latiendo al mismo ritmo, respirando la misma calma que tanto nos fue negada.
El aire se vuelve espeso, cargado de todo lo que callamos. Su pecho sube y baja sobre el mío, su calor me ancla. No hay miedo. No hay distancia. Solo este instante que nos reconstruye, que nos devuelve algo que habíamos dado por perdido.
—No quiero dejarte ir —repito, sin buscar respuesta, solo dejando que la frase respire entre nosotras—. Quédate, aunque sea un segundo más.
Ella no responde con palabras. Solo exhala, y ese suspiro suyo es un puente que une el pasado y el presente, una promesa sin forma, pero real.
El sol se filtra tímido entre las cortinas, llenando la habitación con un resplandor dorado. Parpadeo, aún medio dormida, y la veo: de pie en medio del cuarto, a medio vestir, su espalda iluminada, su silueta recortada contra la claridad. Me quedo inmóvil. Es tan hermosa que me duele mirarla.
Tara se gira y me atrapa con la mirada. Sonríe con esa mezcla de picardía y ternura que me condena desde la primera vez que la vi.
—Los viejos hábitos son lo tuyo —dice, con la voz aún quebrada de sueño—. Siempre tan precisa, tan imposible de ignorar.
Su broma me arranca una sonrisa débil, casi triste. Me incorporo despacio, sosteniendo la sábana sobre mí. Ella me observa como si buscara memorizarme otra vez. Y yo la miro con la certeza absurda de que cualquier cosa que diga podría hacerla quedarse.
—¿De verdad te vas? —pregunto, con esa urgencia contenida que sabe a despedida.
Ella suspira, y su expresión se llena de una ternura antigua, resignada.
—Debo hacerlo —responde, y la firmeza de su voz me hiere más que cualquier reproche—. Amo olvidarme de todo por una noche, volver el tiempo atrás, sentirte otra vez… y te amo, Stefani, con todo lo que soy. Pero la magia se acaba cuando amanece. Los muros siguen ahí, y no puedo volver a romperme.
Sus palabras son un golpe suave, casi amable, pero igual me dejan sin aire.
—Si me amas… —dice, acercándose un poco, hasta que puedo sentir su respiración sobre la mía— lo aceptarás. No puedo arriesgar lo que reconstruí. No puedo arriesgarme a perderme de nuevo.
La escucho en silencio. Cada palabra es un espejo donde me veo rota y viva al mismo tiempo.
Me quedo sentada al borde de la cama, envuelta en la sábana, viendo cómo la luz de la mañana acaricia su piel, recordándome que el día no espera por nadie. Ella termina de vestirse sin apuro, cada movimiento suyo es una despedida disimulada.
Cuando su mano roza la mía antes de irse, un estremecimiento me recorre. Es el mismo temblor de siempre, ese que me devuelve al principio de todo.
Se inclina. Me besa los labios, lento, con un temblor que dice más que cualquier palabra.
—Si el destino tiene ganas de jugar… —susurra contra mi boca— quizá nos vuelva a obligar a coincidir.
Sus palabras quedan flotando en el aire, y mientras la veo abandonar la habitación, una parte de mí se aferra a esa promesa silenciosa, a esa posibilidad de que esto no haya terminado realmente, de que el tiempo pueda, de alguna manera, volver a nosotras.