(Narrado por Tara)
Bajo a la niña con cuidado, sus pequeños brazos aún rodean mi cuello cuando susurra algo ininteligible y su cabello me roza la mejilla. Tiene ese olor dulce a galletas y jabón que me parte el alma. La dejo en el suelo y le acomodo un mechón detrás de la oreja.
—Ve con Vanessa, amor, ¿sí? Espérame un segundito, no te vayas lejos. —Le sonrío, pero siento cómo se me quiebra algo en el pecho al decirlo.
Ella asiente con la cabeza, corre hacia donde Vanessa la espera con las gemelas, y ahí, en ese breve intercambio de miradas con Vanessa, todo queda dicho sin una sola palabra. Ella sabe que esto no es solo una conversación más. Que algo, después de tantos años, está a punto de romperse o de arreglarse por fin.
Camino deprisa tras Stefani. La veo ya en la acera, la puerta de la camioneta abierta, la luz del atardecer reflejándose en sus ojos. Ed está al volante, con una expresión incómoda, sin saber si quedarse o arrancar.
—¡Stef! —La llamo, casi sin aire.
Ella se detiene, pero no se vuelve. Y eso me duele más que si me hubiese gritado. Acelero el paso y, justo cuando va a subir, le atrapo la mano. Está fría, temblorosa, y aun así su contacto me quema.
—No te vayas así —le digo, con la voz apenas contenida.
Abro la puerta de la camioneta sin pensarlo y miro a Ed —. Vete, por favor. Stefani no irá a ningún lado.
Ed no pregunta, solo asiente, entiende más de lo que debería. Arranca despacio, y el sonido del motor alejándose se mezcla con el golpe seco de mi corazón en el pecho.
Stefani se vuelve hacia mí, confundida, furiosa, herida. Todo al mismo tiempo.
—¿Qué haces, Tara? —pregunta, su voz se quiebra justo antes del nombre.
—Lo que debí hacer hace mucho. —Le sostengo la mirada, aunque me tiemblen las manos—. No te vas a ir así. No es tan fácil como crees. Tampoco lo es decirte que no… y volver a dejarte ir. Pero no es por falta de amor. Ni porque haya alguien más.
Ella me mira fijo, con esa mezcla de incredulidad y esperanza que me desarma. Sus labios apenas se mueven cuando pregunta:
—Entonces… ¿cuál es la razón?
Trago saliva. Me cuesta respirar. Siento el aire espeso, cargado del olor a café, a tierra húmeda y a despedidas que no se concretan.
—No puedo solo irme ahora —respondo al fin, con un hilo de voz—. Pero si me das unos minutos… iré por mi hija y luego podremos hablar. Donde tú quieras. Tranquilas.
Ella asiente. Un simple movimiento de cabeza que me devuelve el alma al cuerpo. Doy un paso hacia atrás, intento regresar al café, pero algo me detiene.
No quiero que vuelva a alejarse. No quiero que el viento ni la duda la empujen a desaparecer otra vez.
Vuelvo sobre mis pasos, le tomo la mano, y la arrastro conmigo de regreso al interior.
El café está lleno de esa luz dorada que suaviza todo, hasta lo imposible. Vanessa levanta la vista, me observa entrar con Stefani detrás, y en su mirada hay una comprensión silenciosa, casi maternal. La niña corre hacia mí, se aferra a mi pierna, y Stefani la mira con una ternura que no necesita explicación.
Respiro hondo. Siento el calor de la mano de Stefani aún entrelazada con la mía. Y, por primera vez en mucho tiempo, no huyo. No esta vez.
—Dame un minuto, ¿sí? —le susurro a Stefani, aún sin soltar su mano.
Ella asiente despacio, con esa calma tensa que parece contener un huracán. Me mira en silencio mientras yo me agacho y le hablo a la pequeña.
—Amor, quédate un ratito con… con Stefani, ¿sí? Mamá va a hablar con Vanessa y ya viene.
La niña me observa con curiosidad, luego mira a la mujer que lleva su nombre y sonríe, como si entendiera algo que ni yo misma soy capaz de poner en palabras. Se acerca, toma la mano de Stefani con naturalidad, como si lo hubiera hecho toda la vida, y se queda a su lado.
El corazón se me oprime. No sé si de miedo, de amor o de esa mezcla salvaje que solo ella me provoca. Me obligo a respirar y voy hacia Vanessa.
Ella está junto a la barra, recogiendo unas tazas, pero cuando me ve acercarme, deja todo y me mira con los ojos muy abiertos, expectante.
—Vanessa… —empiezo, y la voz me sale más baja de lo que esperaba—. Lo siento. No quise que esto… —hago un gesto vago con las manos, como si pudiera resumir todo lo que acaba de pasar entre un suspiro y un torbellino— …se volviera así.
Vanessa me observa un segundo, luego entrecierra los ojos, como si tratara de leerme.
—¿Estás bien?
Asiento, aunque sé que la mentira se me nota en la respiración.
—Te lo voy a contar todo, te lo prometo. Pero ahora necesito irme. Es… —cierro los ojos un momento, buscando una palabra que no suene como huida— …importante.
Ella arquea una ceja, y una sonrisa leve se forma en sus labios. Esa sonrisa suya que siempre desactiva cualquier tensión.
—Bueno —dice al fin, suspirando—, si vas a irte con ella, no puedo competir con eso.
—Vanessa… —intento decir algo, pero ella levanta una mano.
—Está bien. —Su voz se suaviza—. Anda. Haz lo que tengas que hacer. Pero prométeme que volverás a contarme todo. Y, por favor, dile a Stefani que me firme un autógrafo… —dice de repente, bajando el tono en una mezcla de broma y complicidad.
—¿Qué? —me sale sin pensar, incrédula.
—¡Vamos! —ríe con un guiño travieso—. Me da pena pedírselo en persona. Pero si la tienes tan cerquita… —Hace un gesto con las manos, exagerado, que me arranca una carcajada nerviosa.
No sé qué decirle. No sé si reír o llorar. Solo asiento, con una sonrisa torpe, y ella me lanza una mirada que dice “anda ya, que el tiempo no espera”.
Me despido de las niñas con la mano. Las gemelas se despiden entusiasmadas, sin entender del todo qué está pasando. El sol del atardecer se filtra por los ventanales, tiñendo de naranja las mesas y los rostros. Todo parece suspendido en ese instante.