Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XI — El jodido amor de mi vida

(Narrado por Stefani)

Aún la llevo en brazos.
Su peso es liviano, cálido… como si en algún rincón del universo esta pequeña hubiese estado esperándome para dormirse justo así, acurrucada sobre mi pecho. Toda la tarde ha estado aquí, respirando tranquila contra mi piel, mientras Tara y yo tratábamos de fingir que el mundo afuera sigue girando.

La sigo por el pasillo, despacio, procurando no hacer ruido. La casa está casi a oscuras, bañada por una penumbra suave que huele a hogar, a algo que creí perdido. Tara abre la puerta de la habitación de su hija; un cuarto lleno de color, con paredes pintadas a mano y pequeñas luces que parecen estrellas suspendidas.

—Déjala aquí —me susurra.

Asiento y me inclino despacio, con cuidado, hasta dejar a la niña sobre la cama. Ella suspira entre sueños, se acurruca en la almohada y sonríe sin despertar. Es la sonrisa de quien se sabe segura. Le acomodo el cabello detrás de la oreja, y cuando levanto la vista, Tara me observa desde el marco de la puerta.

—Nunca nadie había acostado a la niña aparte de mí —dice en voz baja, con una honestidad que me deja sin aire.

La miro, intentando descifrar si eso fue una confesión o un acto de confianza.
—¿Ni su padre? —pregunto con suavidad.

Ella niega, los ojos en el suelo.
—Murió antes de que siquiera supiera que estaba embarazada.

No lo pienso. Solo doy un paso hacia ella y la abrazo. La siento temblar un poco, y entonces comprendo que esa fortaleza que siempre mostró también necesita descanso. Apoyo mi barbilla sobre su hombro, y durante un instante, el silencio lo dice todo: el duelo, la soledad, el cansancio de criar sola y seguir respirando.

Tara me toma de la mano y me guía fuera del cuarto. Cierra la puerta con un gesto lento, casi reverente, y avanzamos hasta su habitación.

El cuarto es sencillo, cálido. Hay una lámpara encendida sobre la mesa de noche, un libro abierto, y la colcha arrugada que aún guarda el calor de su cuerpo. Todo huele a ella: a jazmín, a madera, a algo limpio y sereno.

Cierra la puerta detrás de nosotras, sin soltar mi mano.
—No quiero estar sola —susurra.

No hay promesas ni explicaciones. Solo ese pedido que suena más real que cualquier palabra de amor. Me acerco a la cama sin soltarla, y ella se acurruca a mi lado, con la cabeza sobre mi brazo, igual que la pequeña lo hizo hasta hace apenas un momento. Me quedo quieta, sin atreverme a moverme, porque siento que, si lo hago, podría romper este equilibrio frágil que por fin encontramos.

—Amo esto —le confieso en un murmullo—. Amo que todo huela a ti.

Ella sonríe sin abrir los ojos, la voz casi dormida.
—¿A qué huelo?

Cierro los míos también.
—A calma… a cosas que no sabía que extrañaba hasta que volvieron a estar cerca.

Ella suspira, y siento su respiración cálida contra mi cuello.
—No sabes cuánto necesitaba esto —murmura, y su voz se quiebra apenas—. A ti… Todo esto. La paz. El silencio. El no tener miedo.

Le acaricio el cabello, dejando que mis dedos jueguen con sus rizos.
—Entonces déjame quedarme un poco —le susurro.

Ella asiente. No dice nada más. Se acurruca más cerca, y su frente roza mi clavícula.
Por primera vez en años, todo encaja: su respiración, el peso de la niña que aún siento sobre mi pecho como un eco, y la certeza de que el pasado, aunque duela, no tiene por qué seguir decidiendo nuestro futuro.

Cierro los ojos y la abrazo más fuerte.
En medio de la noche, entre el aroma de su casa y la tibieza de su cuerpo, descubro algo que creí que ya no existía: la sensación de estar en casa.

Despierto sin saber qué hora es. La habitación está envuelta en una penumbra azulada, esa que anuncia el cambio de la noche al amanecer. El silencio es tan profundo que puedo oír el sonido acompasado de su respiración, el roce leve de las sábanas cuando se mueve apenas.

Abro los ojos y ahí está ella.
Tara.

Sigue entre mis brazos, despierta, observándome. Sus ojos, en la oscuridad, brillan como si guardaran una constelación entera solo para mí. No dice nada. No se mueve. Solo me mira.

—¿No puedes dormir? —pregunto en un susurro, la voz ronca por el sueño.

Ella niega apenas, y su gesto es tan dulce, tan vulnerable, que me desarma por completo. Me acaricia el rostro con los dedos, con una delicadeza que roza lo sagrado. Su pulgar recorre mi mejilla, mi labio, mi mentón… como si estuviera reconociendo un mapa que ya conocía, pero que creía haber perdido para siempre.

Cierro los ojos ante ese toque. Siento que todo dentro de mí se detiene. El miedo, la culpa, los años que pasaron entre nosotras… todo se suspende en ese instante.

Cuando vuelvo a abrirlos, ella sigue ahí, tan cerca que su respiración se mezcla con la mía. Y entonces sucede.
El primer beso.

Suave.
Lento.
Profundo en su calma, en su intención.

No hay urgencia ni ansiedad; no hay promesas ni disculpas. Es un beso que no busca recuperar el pasado, sino reconocer el presente. Uno que sabe a alivio, a reencuentro, a hogar.

Siento cómo sus labios tiemblan apenas contra los míos, y cómo su mano se detiene en mi cuello, sosteniéndome con esa mezcla perfecta de ternura y necesidad contenida.

Respondo despacio, dejándome guiar por el ritmo de su respiración, por la calidez de su piel. El mundo se reduce a este instante: al roce de su boca, al sabor a madrugada, al silencio lleno de significado que nos envuelve.

Cuando se separa, nuestros labios quedan tan cerca que todavía puedo sentir su aliento sobre mi piel. Ella no dice nada, pero su mirada lo confiesa todo.

No hay culpa, ni miedo, ni despedida en sus ojos.
Solo una certeza silenciosa: esto acaba de comenzar.

Me quedo así, viéndola, con su frente apoyada en la mía, y pienso que, si la vida me da un segundo intento, quiero que empiece justo aquí. En su abrazo. En esta quietud. En este beso que parece decirnos sin palabras que, al fin, dejamos de huir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.