Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XII — Apenas llegas y ya te vas

(Narrado por Tara)

El aroma del café llena la cocina antes de que el sol termine de trepar por las ventanas. Me gusta este momento: el sonido del aceite chispeando en la sartén, el olor del pan tostándose, el eco suave de una casa que despierta lento y por un momento pienso que podría vivir en este instante para siempre.

Escucho pasos descalzos detrás de mí, un roce de piel contra el suelo de madera, y sonrío incluso antes de que sus brazos me rodeen la cintura. Stefani se acomoda a mi espalda, perezosa, tibia, todavía medio dormida. Su frente se apoya entre mi hombro y mi cuello, y su respiración me recorre la piel con una calma que me desarma.

—Mmm... huele bien —murmura contra mi cuello, y su voz suena ronca, como si aún perteneciera a la madrugada.

—¿El café o el tocino? —pregunto sin girarme, moviendo la espátula sobre la sartén.

—Tú —responde, y la siento sonreír. Sus manos se aprietan un poco más en mi cintura, como si quisiera memorizar la forma, y luego aspiro ese silencio cálido que queda flotando entre nosotras. No digo nada, pero sé que lo siente: cómo mi cuerpo se tensa apenas, no por incomodidad sino por exceso de verdad.

Ella deja un beso lento justo detrás de mi oreja. La piel me tiembla. Siento su nariz rozarme el cuello, olfatear como quien guarda un recuerdo.

—¿Qué haces? —le pregunto, intentando que mi voz suene ligera.

—Grabando el olor —dice, con esa mezcla de ternura y picardía que solo ella maneja—. Por si acaso me olvido.

Dejo la espátula a un lado y me vuelvo despacio. Queda frente a mí, despeinada, con una de mis camisetas que le llega a las rodillas. Hay algo tan doméstico, tan profundamente íntimo en verla así, que tengo que morderme la sonrisa.

—No creo que sea fácil olvidarme —le digo.

—No lo es —contesta, y sus ojos me lo confirman antes de que se incline para besarme. Es un beso tranquilo, sin prisa, como todo lo que estamos aprendiendo a ser. Huele a café, a madrugada, a hogar.

Cuando se separa, se apoya en la encimera y ambas nos mantenemos la mirada por un momento que se siente intenso, cargado y no de mala manera, pero que no puedo permitirme que se convierta en algo más.

—¿Café?

—Sin azúcar, ¿verdad? —pregunta con esa media sonrisa traviesa.

—Como te gusta —respondo.

Da un sorbo, frunce un poco el ceño y asiente, complacida.
—Perfecto. Aunque usé tu cepillo de dientes.

—¿Qué? —pregunto, medio riendo.

—No traje el mío —dice encogiéndose de hombros—. Además, eso ya cuenta como nivel de confianza, ¿no?

—Cuenta como invasión de territorio —le respondo, y ella se ríe de nuevo, dejando la taza sobre la mesa—. Me encargare de que tener uno para ti. —Suelto sabiendo que algo más que una sonrisa, provocara en ella.

—¿Ah, sí? —pregunta arqueando una ceja, con esa expresión suya que mezcla burla y algo mucho más hondo.
—Sí —respondo, intentando mantener la voz estable mientras apago el fuego de la sartén—. No quiero que sigas usando el mío.

—¿Y eso es porque te molesta o porque quieres asegurarte de que vuelva? —dice, inclinándose apenas hacia mí, tan cerca que puedo sentir el calor de su respiración rozándome la clavícula.

La miro un segundo antes de contestar. Es tan fácil caer de nuevo en esa corriente que siempre nos arrastra. La forma en que me mira, como si pudiera leer todo lo que callo.
—Digamos que... un poco de ambas —respondo finalmente, y sonrío con un gesto que intento que suene a juego, pero sé que se me escapa algo más.

Ella ríe bajito, esa risa que vibra entre nosotras y que parece desatar el aire de la habitación.
—Entonces supongo que tendrás que elegir un color —dice, dando un sorbo más de café—. Para el cepillo.

—Negro —respondo sin pensar.

—Negro… —repite, ladeando la cabeza—. Clásico. Como tú.

—¿Y eso qué significa? —pregunto fingiendo ofensa.

—Que eres de esas cosas que no cambian, por más que pase el tiempo —dice, tan tranquila, que no sé si me está halagando o desarmando.

Me quedo callada un instante, observándola. Sus ojos recorren la cocina, la mesa con el pan tostado, las tazas a medio llenar, los platos apilados. Y cuando vuelve a mirarme, hay un brillo distinto en su mirada, algo que reconozco y temo al mismo tiempo.

—Tengo que volver a Nueva York en unos días —dice de pronto, sin aviso, como quien lanza una piedra al agua.

El sonido del reloj sobre la pared parece hacerse más fuerte. El vapor del café se eleva entre nosotras, lento, mientras el silencio se acomoda, espeso, donde antes había solo risa.
No me sorprende, pero igual duele.

—Claro —respondo, y el tono me sale más sereno de lo que siento—. Tu vida está allá.

Ella baja la vista, jugueteando con la taza.

—Aun faltan un par de días. —dice, como si eso hiciera alguna diferencia.

Asiento despacio, limpiándome las manos con un paño, tratando de mantenerme firme, de no dejar que el temblor interior llegue a la superficie. Me acerco al fregadero, dejo los cubiertos y, sin mirarla, digo lo que necesito decir antes de que me lo pida.

—Stef… no me pidas volver contigo.

Su respiración se detiene por un segundo. No hay enojo en su rostro, solo una tristeza contenida, una comprensión que duele más que cualquier reclamo.
—No te lo pediría —responde en voz baja—. Pero duele escucharlo igual.

Entonces me vuelvo hacia ella.
—Siempre voy a esperarte. Si después de 7 años mis sentimientos siguen intactas, ya nada va a cambiarlos —digo, y la frase me tiembla entre los labios—. Pero aquí, o donde decidas volver. No me pidas regresar allá. No otra vez.

Ella asiente, sus ojos brillan como si estuviera midiendo cada palabra. Da un paso hacia mí, deja la taza sobre la encimera y se queda tan cerca que puedo oler el café en su respiración.
—No te pediría eso —susurra—. Solo… no me olvides mientras estoy allá.




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