Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XIII — El castillo prestado

(Narrado por Stefani)

La tarde se estira lenta, dorada, con ese sol que Lisboa filtra de una manera que no existe en ningún otro lugar. La televisión murmura en el fondo, una vieja película de Disney donde una chica canta frente a una bestia que no parece tan terrible. En el suelo del salón hay un ejército de unicornios de peluche, un castillo de bloques y una niña que los comanda con la determinación de quien tiene el mundo bajo control.

—¡No, este unicornio no puede volar si no tiene su capa! —dice la pequeña con una convicción seria, mientras me entrega una bufanda para que “salve” a su criatura.

—Ah, claro, error mío —respondo, fingiendo solemnidad, y ato la bufanda alrededor del cuello del unicornio—. Ahora está lista para cualquier misión peligrosa.

Ella ríe, esa risa que suena como campanitas y que se contagia sin remedio. Me mira con los ojos muy abiertos, expectantes, como si esperara mi aprobación.

—Y ahora necesita un castillo —anuncia, sin previo aviso, señalando los bloques desperdigados por toda la alfombra. Antes de que pueda responder, ya está organizándolos por colores, formando torres torcidas, murallas que apenas se sostienen. Su concentración es absoluta.
—Tiene que ser rosa, como el de la princesa Aurora —dice con autoridad.
—¿Aurora? —repito, siguiéndole el juego.
—La de los vestidos bonitos. Duerme mucho —responde con total seriedad, encajando un bloque azul en lo alto de la torre—. Y cuando se despierta, todo brilla.

La observo moverse, tan segura, tan llena de propósito. En su mundo todo tiene sentido, todo es posible. Me pide ayuda para colocar el “balcón de los sueños” (que en realidad es una caja de galletas), y cuando terminamos, retrocede unos pasos, admirando su obra con las manos en la cintura.
—Aquí vive la princesa del unicornio —declara.
—¿Y quién es? —pregunto, conteniendo la sonrisa.
—Yo. Pero también tú, si quieres —dice, y me mira con una dulzura que me desarma por completo.

El corazón me da un vuelco.
—¿Yo?
—Sí. Pero tú eres la princesa viajera. La que viene de lejos y trae cosas mágicas.

La frase me atraviesa como una revelación. “La que viene de lejos.” No hay forma más inocente, ni más precisa, de describir lo que soy en su mundo: una aparición de otro tiempo, de otro lado del mar.

Ella sigue hablando, explicando que su unicornio es guardián del castillo, que cada princesa tiene su propio cielo y que los sueños se guardan en cofres invisibles debajo de las camas. Me dejo arrastrar por su imaginación, ayudándola a construir puentes, torres y hasta un foso con cojines que, según ella, está lleno de “nubes encantadas”.

—¿Y tú, princesa viajera? —me pregunta de pronto—. ¿Dónde está tu castillo?

Pienso en Nueva York, en el ruido, en el acero, en el vidrio, en la soledad que se disfraza de vida ocupada. No sé cómo explicarle que mi castillo no tiene torres ni música ni luz cálida entrando por las ventanas.
—Está muy lejos —respondo al fin—. Tan lejos que se necesita un avión y cruzar un océano entero para llegar.

Sus ojos se agrandan, fascinados.
—¿Hay princesas allá también?

—Sí, claro. Y dragones, y hadas… y un lugar donde todos los castillos del mundo están juntos.

Se queda quieta, como si intentara imaginar algo tan grande.
—¿Todos? —susurra.

Asiento, y siento cómo se enciende en mí esa alegría infantil que creí extinguida.
—Todos. Hay uno con torres altísimas y fuegos artificiales por la noche. Hay princesas que caminan por los jardines, ratones que bailan, y música en cada esquina.

Ella abre la boca con un asombro tan puro que me dan ganas de reír.
—¿Y tú has ido?

—Sí —digo, con una sonrisa que me sorprende—. Fui cuando era pequeña. Recuerdo que todo brillaba tanto que dolía mirar. Los castillos eran de verdad, y cuando se hacía de noche, las luces parecían estrellas cayendo.

—Quiero ir —dice sin dudar, con esa fe absoluta que solo tienen los niños.

—Te encantaría —respondo en voz baja, y la miro—. Yo también quiero volver.

Ella me ofrece su unicornio, como si ese gesto fuera un pacto.
—Podemos ir las tres —dice—. Tú, mamá y yo.

Y algo se me aprieta en el pecho. La miro, y por un instante me parece ver todo lo que podría haber sido: una vida sin huidas, sin miedo, con castillos de verdad y risas como esta llenando las tardes.

Desde la cocina, Tara nos observa en silencio. Tiene los brazos cruzados y una sonrisa que apenas se atreve a mostrarse, pero sus ojos… sus ojos dicen más de lo que debería permitirse.

La niña corre hacia ella, descalza, con el unicornio bajo el brazo.
—Mamá, Stefani dice que hay un lugar con castillos y princesas y fuegos de colores. ¿Podemos ir?

Tara la levanta en brazos, sorprendida, mirándome por encima de su hombro.
Yo solo alzo una ceja y digo:
—Prometo que es real. Y no tan lejos como parece.

Tara suspira, pero no me quita la vista de encima.
Y en su expresión leo algo que no sé si es miedo o deseo… o ambas cosas al mismo tiempo.

Tara se queda quieta, sosteniendo a la niña, mientras esta le explica con entusiasmo desbordado cómo los castillos de Disneyland flotan sobre las nubes y cómo hay fuegos artificiales que cantan. Yo observo la escena desde el suelo, con los brazos apoyados sobre las rodillas y el corazón hecho un nudo.

—Podemos ir, ¿verdad, mamá? —insiste la niña, con esa fe que convierte cualquier deseo en verdad inmediata.

Tara me mira. No a su hija, no al unicornio, sino a mí. Y en esa mirada hay un océano de cosas que no dice.
—No lo sé, amor. Es un viaje largo —responde despacio.
—Pero Stefani dijo que no está tan lejos —replica la niña, con una sonrisa traviesa.

Tara suspira, se pasa una mano por el cabello y me lanza una de esas miradas que me perforan.
—Sí, Stefani dice muchas cosas —murmura, aunque en su voz hay más ternura que reproche.




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