(Narrado por Tara)
El sol se derrite sobre el horizonte cuando el avión comienza a moverse. Desde la ventanilla, Lisboa se despide con una luz que parece líquida, extendiéndose sobre el Tajo como si alguien hubiese volcado un cuenco de oro. Todo vibra: el aire, mis manos, incluso la respiración de mi hija, que aprieta el unicornio contra el pecho con una mezcla de emoción y susto.
—Mira —le digo, intentando sonar tranquila mientras el avión acelera—, estamos subiendo al cielo.
Ella asiente, muda, los ojos fijos en la ventana. Cuando el suelo comienza a alejarse, suelta una risita nerviosa que se convierte en carcajada. Ed, sentado más adelante, la observa con atención, esa vigilancia suya que es mitad instinto, mitad promesa. Sé que no dejará que nada salga mal. No lo hizo entonces, cuando todo se desmoronaba, y no lo hará ahora.
El despegue empuja mi espalda contra el asiento, y por un segundo cierro los ojos. No sé si es miedo o nostalgia, pero la sensación es idéntica a la de aquellas noches en que el mundo ardía detrás de nosotros. Ed al volante, Stefani detrás, su voz firme ordenando sin gritar, diciéndome que no mirara atrás. Y el momento en que supe que ya no volvería a mi vida anterior.
Entonces, una mano tibia sobre la mía me arranca del recuerdo.
—Tara —susurra Stefani—. Mírame.
Lo hago. Sus ojos reflejan el último resto del atardecer, y en ellos hay una calma que me ancla.
—Ya pasó —dice—. Estamos arriba.
Asiento, apenas. Siento su pulgar trazando círculos lentos sobre mi piel, y de pronto todo se reduce a eso: su tacto, el zumbido suave del avión, la respiración dormida de mi hija.
La pequeña despierta justo cuando las nubes comienzan a teñirse de violeta. Se levanta y corre hacia la otra ventanilla, fascinada. Ed la sigue con la mirada, sin moverse del todo, listo para alcanzarla si tropieza. Stefani sonríe al verla.
—Capitana —dice en tono solemne—, reporte de vuelo.
La niña se gira, muy seria, como si realmente pilotara.
—Nubes rosas y purpura, muchas —dice—. Pero no veo castillos todavía.
—Paciencia —responde Stefani, con esa voz que logra hacer magia de lo cotidiano—. Los castillos solo aparecen cuando cierras los ojos y los imaginas.
Mi hija se cruza de brazos, pensativa, y de pronto sube al regazo de Stefani.
—¿Y si tú me los cuentas? Así puedo verlos sin cerrar los ojos.
Stefani suelta una pequeña risa, la envuelve entre sus brazos y empieza a hablarle en voz baja: de torres de cristal, de dragones que bostezan al amanecer, de princesas que se despiertan solas y enseñan a los dragones a no temer. Yo me quedo mirándolas, y por un momento olvido el miedo, el pasado, incluso el motivo por el que huyo.
El cielo afuera es un incendio lento. El avión flota entre colores imposibles: malva, ámbar, azul. Stefani la sostiene con una naturalidad que me rompe el pecho. La niña la escucha embobada, la cabeza apoyada en su hombro.
Ed me mira desde su asiento, y en su gesto hay un reconocimiento silencioso. Ambos sabemos lo que costó llegar a este momento. Él, que una vez fue el escudo entre nosotras y el mundo; ella, que pagó con su nombre y su libertad; y yo, que sigo temiendo el día en que todo se revele.
Pero ahora no. Ahora solo hay calma.
Stefani me mira por encima de la cabeza de la niña, y durante un segundo nuestras miradas se encuentran. Ella sonríe, pequeña, sincera, y yo le devuelvo la sonrisa sin pensarlo.
Cuando el piloto anuncia el descenso, el sol ya ha desaparecido. Queda solo la línea roja del horizonte, como una herida que no duele. La niña duerme en brazos de Stefani. Ed asiente, y yo me dejo caer un poco más contra el asiento, dejando que el cansancio me alcance.
Stefani aprieta mi mano una vez más.
—Llegamos —murmura.
—Sí —respondo, sin abrir los ojos—. Pero por un rato, me gustaría seguir volando.
Ella no responde. Solo deja que el silencio nos envuelva, cálido, ligero, como si el cielo entero nos concediera unos minutos más antes de devolvernos al mundo.
El avión toca tierra con suavidad, casi en silencio. París nos recibe envuelta en una bruma tenue, con luces que parecen flotar sobre la pista mojada. Todo se mueve con precisión milimétrica: los motores bajan el pulso, los cinturones se desabrochan, el aire huele a metal, perfume y promesas que no sé si quiero cumplir.
Ed se adelanta con la niña dormida en brazos, su figura recortada contra la puerta abierta del jet. La brisa de la noche entra fría, húmeda, llena de ese eco lejano de ciudad que nunca duerme. Mi hija se acurruca contra su hombro, la cabeza apoyada en su cuello, completamente ajena al mundo.
Yo me levanto despacio, todavía un poco aturdida. Stefani me sigue, y cuando bajamos las escaleras, la veo hacerlo con la misma gracia con la que hace todo: sin esfuerzo, sin ruido, sin pedir permiso al suelo que pisa.
Al final de la pista, bajo las luces amarillas, nos esperan dos camionetas negras. Junto a ellas, Ed —impecable como siempre— y un par de hombres más. El brillo de sus relojes y el corte de sus trajes me devuelven a una época que creí muerta. Me tiembla un poco el estómago. Es el sonido, el olor, la forma en que todo está calculado. La opulencia tiene su propio idioma, y lo hablo aunque me pese.
—Bienvenida, Tara —dice Peter con una leve inclinación de cabeza cuando Stefani se acerca. Su voz suena igual que siempre: pulida, controlada, con esa neutralidad de quien está acostumbrado a manejar secretos.
Stefani le responde con una sonrisa breve, casi profesional. Yo, en cambio, me quedo unos pasos atrás, observando todo con una sensación incómoda de déjà vu.
Las luces del aeropuerto se reflejan en el fuselaje blanco del jet y por un segundo todo me parece un espejismo: la pista, los guardias, las camionetas, incluso el perfume caro de Stefani que me envuelve. No debería estar aquí. No después de haber corrido tanto tiempo de todo esto.