(Narrado por Tara)
Me disculpo con una sonrisa leve, apenas un roce de voz entre el murmullo del vino y el viento.
—Voy a ver si la niña ya duerme —digo, y Stefani asiente sin soltarme del todo la mano, como si le costara dejarla ir.
Camino hacia la habitación en silencio, sintiendo cómo la alfombra amortigua mis pasos y el sonido lejano de la ciudad se apaga tras la puerta de cristal. El aire dentro está tibio, envuelto en la penumbra suave de una lámpara encendida junto a la cama. Mi hija duerme entre los peluches, hundida en un mar de colores apagados: un oso sin un ojo, una sirena despeinada, el pequeño dragón que hace un rato mostró con tanto orgullo. Su respiración es un hilo tranquilo que me devuelve algo parecido a la paz.
Me acerco despacio, le aparto un mechón de la frente y beso su piel tibia, que huele a champú de lavanda y a inocencia.
—Buenas noches, mi amor —susurro, apenas rozando su frente con los labios. La arropo con cuidado, asegurándome de que la cobija le cubra los hombros, y por un instante me quedo allí, observándola dormir. La calma de su pecho subiendo y bajando, el leve temblor de sus pestañas, el silencio lleno que solo pueden producir los niños.
Respiro hondo. París está del otro lado de la ventana, pero mi mundo, mi razón, está aquí, en esta pequeña figura dormida entre los peluches. Me cuesta alejarme, pero lo hago; cierro la puerta con delicadeza y vuelvo a la terraza.
El contraste me sacude: el aire fresco, el rumor de la ciudad, el resplandor dorado de la Torre Eiffel reflejándose en las copas medio vacías. Stefani está sentada en un sillón ancho, envuelta en una cobija gigante, las piernas dobladas, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Hay algo casi infantil en la forma en que se acurruca entre las telas, pero también algo profundamente sereno, como si por fin se permitiera descansar.
Sonrío sin decir nada. Ella levanta la vista y, apenas me ve, abre los brazos en silencio. No hace falta que hable; su gesto lo dice todo. Camino hacia ella, sintiendo que el aire se espesa a cada paso, como si el mundo quisiera detenerme para que atesore ese instante.
Me siento sobre su regazo con naturalidad, sin pensarlo demasiado. El calor de su cuerpo me envuelve de inmediato, y su cobija se convierte en una extensión de su abrazo. Su mentón encaja en el hueco de mi cuello, justo donde la piel es más sensible, y siento su respiración cálida rozándome la clavícula.
—Estabas tardando —murmura con voz baja, casi adormecida.
—No quería despertarla —respondo, dejándome caer un poco más contra su pecho.
El silencio que sigue es distinto. No es el de la cena ni el de los recuerdos; es uno nuevo, hecho de calma, de cansancio dulce y de ese tipo de quietud que solo llega cuando ya no se huye. Siento el latido de su corazón contra mi espalda, lento, constante, como si marcara el ritmo exacto que me faltaba.
Ella me rodea con los brazos, sin apretar, sin reclamar. Solo me sostiene. Y en esa simple acción hay más verdad que en cualquier promesa.
—¿Sabes? —dice al cabo de un rato, con un hilo de voz que me vibra en el cuello—. Te he imaginado así tantas veces… aquí, conmigo.
—¿Así? —pregunto, sin abrir los ojos.
—Tranquila. Sin miedo.
Asiento despacio.
—Tal vez empiezo a recordarlo.
La risa de Stefani es leve, como un eco de algo que nos pertenece solo a nosotras. Su nariz roza mi piel, y por un momento cierro los ojos. La ciudad respira debajo, la Torre Eiffel parpadea en la distancia, y el viento mueve las cortinas del ventanal como si el mundo también quisiera acurrucarse junto a nosotras.
Pienso en todo lo que hubo antes: los años perdidos, los silencios, los lugares donde traté de olvidarla. Y sin embargo, nada de eso importa ahora. Aquí, en este balcón suspendido sobre París, envuelta entre sus brazos, con su calor latiendo contra mi espalda, entiendo que no necesito más certezas que esta.
Me giro un poco, lo suficiente para verla a los ojos. Sus pupilas reflejan la luz de las velas que aún titilan sobre la mesa.
—Gracias —le digo, sin adornos.
—¿Por qué?
—Por mi vida, por volver, por hacerme sentir… así…
Ella sonríe, y esa sonrisa me basta. Me apoyo otra vez en su pecho, y dejamos que el silencio nos cubra por completo. El ruido del mundo se desvanece. Solo queda el murmullo del viento, el roce de la cobija, su respiración cálida en mi cuello.
(Narrado por Stefani)
La siento rendirse lentamente contra mi pecho. Su respiración cambia: se vuelve más lenta, más tibia, más confiada. Su cabeza reposa en mi hombro y el peso de su cuerpo, antes tenso, se abandona del todo, como si algo dentro de ella por fin hubiera encontrado refugio.
El aire huele a vino, a piel, a noche. La brisa entra desde la terraza y agita las cortinas, llevando consigo un eco lejano de música, risas y motores que se pierden entre las calles de París. Allá abajo, la ciudad parece viva, palpitante, inconsciente de que aquí arriba, en este pequeño balcón suspendido sobre el Sena, el tiempo se ha detenido.
Le acaricio el cabello con suavidad, siguiendo el trazo de su nuca hasta perder los dedos entre los mechones sueltos. Su piel tiene ese calor tenue que solo aparece cuando el cuerpo se rinde al sueño.
—Duérmete —le susurro, sin moverme—. Estoy aquí.
No responde. Apenas un murmullo entre sus labios, algo que no llego a entender, pero que me basta para sonreír.
Miro hacia la Torre Eiffel, que parpadea como un corazón gigante en la distancia. Cada luz parece recordarme algo distinto: una entrevista, un escenario, una multitud gritando mi nombre. Recuerdo los flashes, los vestidos imposibles, los millones en contratos, la sensación de que el mundo entero me pertenecía… y sin embargo, nada de eso se siente tan real como esto.
El silencio, su cuerpo tibio, su olor mezclado con el de las sábanas recién planchadas, la forma en que sus pestañas tiemblan todavía, negándose a entregarse por completo al sueño. Todo en ella es más verdadero que cualquier cosa que el dinero o la fama hayan tocado.