Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XVI — El fin de semana en que el mundo fue nuestro

(Narrado por Tara)

Despierto con la luz pálida del amanecer filtrándose por las cortinas. París respira afuera, todavía en ese silencio suspendido entre la noche y el día. Parpadeo despacio, sintiendo el peso tibio de las sábanas y el frío suave del aire en la habitación. Tardo unos segundos en ubicarme —la textura del lino, el olor tenue a vino y perfume, el eco de una risa en mi memoria.

Me revuelvo en la cama, buscando instintivamente un cuerpo que ya no está. La otra mitad de la cama está destendida, tibia todavía, y esa huella basta para arrancarme una sonrisa. Estuvo aquí. Dormimos juntas otra vez. Y no fue un sueño.

Me giro y abrazo la almohada que quedó de su lado. Huele a ella: a piel limpia, a su champú, a ese aroma leve a bergamota que se queda pegado a su cuello. Cierro los ojos un instante y me dejo envolver por eso. Por la simple certeza de que, desperté con su olor en la piel.

Cuando vuelvo a abrirlos, noto que la habitación sigue en penumbra. El reloj marca poco más de las seis. Me estiro, con ese desgano dulce que deja una noche larga y tranquila, y me obligo a salir de la cama.

El piso está frío bajo mis pies. Cruzo la habitación en silencio y empujo la puerta hacia el estar de la suite. Lo primero que veo es la luz: un resplandor dorado que se cuela desde la terraza y baña el espacio en tonos suaves. Y luego la veo a ella.

Stefani está en el sofá, de piernas cruzadas, una taza de café en la mano y el teléfono pegado al oído. Lleva solo una playera amplia, la mía, y unos lentes que le dan ese aire imposible de elegancia casual. Tiene el cabello suelto, desordenado, y aun así parece salida de una sesión de fotos.

—Sí —dice, con voz baja pero firme—, seis y media. Quiero los coches y al equipo listos en una hora. No, no, no más tarde. En una hora exacta, por favor.

Mientras habla, se pasa una mano por el muslo, distraída, concentrada en lo que escucha al otro lado de la línea. Hay algo hipnótico en verla así, tan dueña del mundo, tan despierta, tan en control incluso en mitad del amanecer.

Cuando me ve, su rostro cambia. La seriedad se disuelve en una sonrisa. Da un par de palmadas suaves sobre el sofá, a su lado, invitándome sin palabras.

Camino hacia ella despacio, disfrutando cada paso, cada segundo de esa escena doméstica que se siente casi irreal. Me inclino sobre ella y le robo un beso corto, apenas un roce en los labios, antes de colarme bajo su brazo. Me acomodo contra su costado, mi cabeza y parte de mi espalda descansando sobre su pecho. Siento su respiración, su calor, el latido que late al compás del mío.

—Buenos días —murmuro, todavía medio dormida.
—Buenos días, amor —responde, su voz se suaviza, distinta a la del minuto anterior.

Su brazo me envuelve sin pensarlo, automático, y yo me acomodo un poco más. Desde aquí puedo oír su corazón, sentir cómo el ritmo cambia levemente cuando da el último sorbo de café. Ella cuelga el teléfono con un suspiro.

—Listo —dice, soltando un suspiro leve mientras deja el teléfono sobre la mesa—. Tenemos una hora para estar listas.

—¿Una hora? —pregunto, alzando la vista hacia ella, medio divertida, medio incrédula—. ¿A las siete y media de la mañana?

Stefani sonríe, esa sonrisa suya que siempre parece contener un secreto.
—El día en Disney no se va a disfrutar solo —dice, dándome un beso en la frente—. Quiero que lleguemos temprano, sin prisas, para desayunar allí y tener tiempo de verlo todo.

Suelto una risa que se disuelve contra su pecho.
—Por un segundo pensé que estabas resolviendo cosas de trabajo.
—Esto es trabajo —responde en tono teatral, con una sonrisa que apenas disimula—. Tengo que asegurarme de que la princesa llegue puntual a su desayuno con Mickey.

Río otra vez, y el sonido se mezcla con el aroma a café y la luz suave del amanecer colándose por las ventanas. Ella toma un sorbo más, y sus dedos, todavía tibios, juegan distraídamente con un mechón de mi cabello.

La escucho hablar y entiendo: la precisión, la organización, esa necesidad suya de que todo funcione, incluso cuando no hay escenario ni público. Pero verla así —descalza, despeinada, apenas vestida con mi playera— me hace pensar que algo ha cambiado. Que, por primera vez en mucho tiempo, Stefani no corre detrás de nada, sino hacia algo. Hacia nosotras.

—No entiendo cómo puedes sonar tan despierta —murmuro, rozando con la yema de los dedos el borde de su playera.
—Café, disciplina y una niña que va a querer abrazar a Pluto antes de que yo termine mi expreso —responde, sonriendo con ese brillo que siempre me desarma.

Reímos despacio. Su risa vibra contra mi mejilla y se me mete bajo la piel, como una nota que se queda resonando incluso después del silencio. Afuera, el sol empieza a teñir de oro los tejados de París, y las últimas luces de la Torre Eiffel se apagan, una a una, cediendo paso al día.

Pienso en mi hija, todavía dormida entre sus peluches, ajena a la magia que la espera. Pienso en Stefani, en esta versión suya más humana, más cercana. En lo improbable de todo esto, y en lo bien que se siente que la realidad por fin nos pertenezca.

Y sin embargo, aquí estamos.

Cierro los ojos y dejo que su respiración, su calor y el aroma a café llenen el espacio. No digo nada. No hace falta.

Cuando por fin me enderezo para levantarme, ella me sigue con la mirada. Apenas doy un paso y su mano me alcanza con una palmada firme, juguetona, en la parte baja de la espalda.

—Hora de despertar a la princesa —dice con una sonrisa que se le dibuja en los labios—. Tenemos un día largo por delante y un pequeño viaje de buenos días antes del parque.

Me río entre dientes, fingiendo indignación, pero no puedo ocultar la dulzura que me provoca escucharla decir “la princesa” con esa naturalidad que le sale solo cuando habla de mi hija.

—¿Tan temprano? —pregunto, girándome apenas, sin poder borrar la sonrisa.




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