Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XVII — Segunda despedida

(Narrado por Stefani)

La pregunta me toma por sorpresa, aunque no del todo.
El tono de Natali no tiene filo, pero sí esa precisión que siempre la ha caracterizado: la claridad de quien observa sin juzgar, de quien entiende más de lo que dices incluso antes de decirlo.

Por un instante, el sonido del restaurante se disuelve. Solo quedan su mirada curiosa, la copa entre mis dedos y Tara, del otro lado de la mesa, hablando con Andy sobre Lisboa, completamente ajena a la conversación.

La recuerdo.
La noche en que le conté que estaba confundida, que había alguien que me hacía sentir cosas demasiado fuertes, cosas que no sabía cómo nombrar.
Y recuerdo también su risa suave, esa que siempre llegaba antes del consejo:
“Cuando lo sepas, me lo cuentas. Prometido.”
Pero nunca llegué a hacerlo.

Hasta hoy.

—¿Es ella? —Insiste Natali, y su sonrisa se amplía con un brillo pícaro.

Me muerdo el labio. No hay forma de disimular la sonrisa que me escapa.
Asiento, despacio.
—Sí —digo, apenas un susurro, pero cargado de una certeza que me atraviesa—. Es ella.

Natali se revuelve en su silla, entusiasmada como una niña que acaba de descubrir un secreto.
—¡No! ¡No puede ser! —ríe, cubriéndose la boca con una mano—. ¡Después de tantos años! ¡Tienes que contarme todo! ¿Dónde la encontraste? ¿Cómo pasó? ¿Son pareja? —y me lanza una mirada cómplice antes de añadir, entre carcajadas—. ¿Ya puedo decir que oficialmente soy tía?

La risa me estalla sin poder evitarlo.
—Cálmate, loca —respondo, llevándome una mano al rostro—. No empieces con tus teorías.
—No son teorías —dice, fingiendo indignación—. Es intuición. Y la mía nunca falla.

La miro. Está feliz, radiante. Y yo también.
Hay algo profundamente reconfortante en esa complicidad que nunca se fue, en saber que puedo mirarla y seguir sintiéndome a salvo, como cuando todo era más simple. Como cuando éramos apenas unas niñas.

Tara levanta la vista en ese momento y me sonríe desde el otro lado de la mesa, sin saber del todo de qué hablamos, pero sonriendo igual, con esa serenidad que me desarma.

Y pienso que, tal vez, todo este tiempo fue eso: una historia esperando su momento para volver a escribirse, frente a una copa de vino, entre risas y viejos secretos que por fin encuentran su lugar.

La cena termina entre risas, copas vacías y esa sensación tibia que deja el reencuentro. Hay migas de pan sobre el mantel, el último sorbo de vino en mi copa y un murmullo que se diluye entre los sonidos del restaurante. Me recuesto ligeramente en la silla, sintiendo ese cansancio dulce que no pesa, el que llega cuando todo ha salido bien.

—No quiero que esto termine todavía —digo, dejando la servilleta sobre la mesa—. Vamos a la barra, invito unos tragos.
—¡Eso suena mucho mejor que el postre! —responde Natali con una sonrisa que ilumina medio salón.

Antes de que pueda agregar algo, ya se ha puesto de pie y tira de Andy de la mano. Se inclina hacia él, le susurra algo al oído y ambos se ríen mientras avanzan entre las mesas. Sé exactamente de qué se trata. Seguro le está contando quién es Tara, adornando la historia con sus exageraciones, volviendo nuestra vida una de sus novelas románticas improvisadas.

La observo alejarse, moviéndose con esa energía suya que parece llenar cualquier espacio. Luego miro a Tara. Está distraída, jugueteando con el borde de su copa, hasta que siente mi mirada. Le sonrío y me levanto, extendiéndole la mano.

—¿Vienes? —pregunto.

Ella levanta la vista, y su sonrisa aparece de inmediato, esa sonrisa que me desarma sin esfuerzo. Deja la copa, toma mi mano y se pone de pie. La calidez de su piel me recorre los dedos como una corriente leve.

Cuando está frente a mí, se inclina un poco y, con esa ironía suya que siempre llega a destiempo, murmura:
—Entonces… ¿quién es la rubia alta de ojos cafés que mencionó Natali?

La risa me escapa antes de poder contenerla.
—¿Nos espiabas? —le digo, fingiendo una indignación teatral.
—No —responde, fingiendo el mismo tono—. Solo escuché lo suficiente. Y, por lo que oí, parece que encajo perfecto en la descripción.

Me río más fuerte esta vez, bajando la voz mientras la miro con una mezcla de ternura y asombro.
—Natali te reconoció —le digo, aún sonriendo—. De una vez que viniste a verme al departamento de ella. En París.

Tara frunce el ceño unos segundos, como buscando entre recuerdos, y luego se ríe.
—Claro que lo recuerdo —dice— pero, ella no estaba.

—Pero, yo le hable de ti. —Suelta con un brillo en los ojos— muchas veces.

—¿Bien o…

—Le dije que me había enamorado de la mujer de mis sueños… —La interrumpo antes de que siquiera piense en algo más.

Caminamos hacia la barra, todavía tomadas de la mano. La luz es más tenue allí, los tonos ámbar del licor iluminan las botellas alineadas detrás del mostrador, y el sonido de las copas mezclándose con la música se siente como un suspiro largo al final de un día demasiado bueno.

Veo a Natali mirarnos de reojo desde el otro extremo, con esa mirada suya entre traviesa y protectora. Sé que mañana me va a interrogar con lujo de detalle, que va a querer cada historia, cada silencio, cada gesto. Pero esta noche, no me importa.

Natali y Andy se despiden poco después del tercer whisky. Ella me abraza con ese entusiasmo cálido que siempre me deja desarmada, y antes de soltarme, se inclina hacia Tara para darle un abrazo también.
—Cuídala —le dice, casi en un susurro.
Tara asiente, sorprendida, y Natali le dedica una sonrisa cómplice, de esas que dicen mucho más que las palabras.

Los veo alejarse hacia la salida, de la mano, riendo, perdiéndose entre el ruido suave del bar y el reflejo dorado de las luces. Quedan solo las copas vacías, el eco de las risas, y Tara frente a mí, con esa serenidad suya que me hace sentir que todo puede esperar un poco más.




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