Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XVIII — Antes de que caiga la tarde

(Narrado por Stefani)

El amanecer llega sin permiso.
Una línea de luz pálida atraviesa las cortinas, lenta, obstinada, iluminando el borde de la cama. Me toma unos segundos entender que no soñé nada, que la realidad sigue aquí, igual de silenciosa, igual de frágil.

Tara está a mi lado, recostada de espaldas, quieta. Su respiración es pausada, pero sé que no duerme. No desde hace rato.
Tampoco yo.
Pasamos la madrugada enteras en el mismo espacio, pero no en el mismo lugar. Después de aquella conversación, el silencio fue un muro, una tregua sin acuerdo. Ninguna se movió. Ninguna supo cómo hacerlo sin romper algo que aún dolía demasiado.

Me incorporo despacio. El suelo está frío, el aire más aún.
El reloj marca las seis.
Tomo mi abrigo de la silla y me visto sin encender las luces. No quiero interrumpir ese silencio que pesa más que cualquier palabra. Frente al espejo, mi reflejo me devuelve una versión de mí que apenas reconozco: los ojos hinchados, el cabello desordenado, una tristeza contenida justo detrás del gesto.
Me paso los dedos por los labios, todavía con el recuerdo del beso, y me obligo a respirar.
Hoy me voy.
Otra vez.

Cuando salimos de la habitación, el pasillo del hotel huele a café recién hecho y flores. Ed ya nos espera abajo, puntual, siempre puntual. La niña corretea un poco delante de nosotras, todavía medio dormida, con un peluche bajo el brazo y la bufanda torcida. Tara camina detrás, con una serenidad que me desarma. No dice nada. Y ese silencio suyo me duele más que cualquier reproche.

El coche nos aguarda en la entrada. El cielo está gris, y París parece desperezarse a cámara lenta. Hay humedad en el aire, ese tipo de humedad que se pega a la piel como si el día también estuviera triste.
Ed abre la puerta trasera con una sonrisa leve, la que usa cuando sabe que no debe hablar demasiado.
Subimos.

El interior del coche está tibio, perfumado con ese aroma limpio del cuero recién tratado. La ciudad desfila tras el cristal, aún envuelta en la niebla.
Nadie dice nada.
Tara mira por la ventana del otro lado, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Su perfil, recortado contra la luz, parece tallado en melancolía.
La niña, en cambio, no puede quedarse callada. Tiene una energía que no entiende de despedidas.

—¡Adiós, París! —dice, pegando la nariz al vidrio empañado y dibujando un corazón con el dedo—. ¡Nos vemos pronto!
Peter la observa por el espejo retrovisor, divertido.
—Parece que alguien no quiere irse.
—¡No! —responde ella, con esa convicción que solo tienen los niños—. ¡Quiero quedarme hasta que se apaguen todas las luces!
Tara sonríe apenas, sin girar la cabeza. Yo también sonrío, pero siento el nudo formarse en el pecho.

La niña se gira hacia mí. Sus ojos grandes me buscan con una mezcla de ilusión y tristeza.
—¿Volveremos, Stefani? —pregunta, con voz suave, como si tuviera miedo de romper el aire.

Por un instante, el tiempo se detiene.
Tara levanta la mirada. Nuestros ojos se encuentran. En su gesto hay algo vulnerable, una pregunta que no formula pero que arde en el aire entre nosotras.
Yo trago saliva. Mi voz tiembla antes de salir, pero la mantengo firme.

—Seguramente volveremos, pequeña —le digo, acariciándole el cabello—. París no se va a ninguna parte.

Ella sonríe, se endereza en el asiento y da un pequeño brinco de felicidad.
—¡Entonces volveremos! —grita, riendo.
Su risa llena el coche, limpia, luminosa, como una bocanada de aire en medio de tanta gravedad.
Luego se acerca, trepa hasta apoyarse contra mí y me rodea con sus brazos delgados. Su nariz se encuentra con la mía, y me da un beso esquimal, frotando suavemente la punta contra la mía.

—Gracias —susurra.

Solo una palabra.
Pequeña, pero inmensa.
La siento clavarse en mí con una ternura que duele.

Le devuelvo el gesto, cerrando los ojos un segundo.
—No tienes por qué agradecerme nada, mi amor —le digo, aunque sé que me estoy hablando también a mí misma.

Ella se acomoda de nuevo en mi brazo, abrazando su peluche. En minutos se queda quieta, mirando por la ventana cómo la ciudad se aleja.
Las luces de París van quedando atrás, borrosas en la neblina, como un recuerdo reciente que se resiste a borrarse.

Tara sigue mirando hacia afuera. El reflejo de su rostro en el cristal es suficiente para saber lo que siente: ese mismo vacío que me llena a mí.
Quisiera decirle algo —una promesa, una excusa, una certeza— pero sé que no serviría.
Después de todo, ya lo hicimos una vez: prometer y romper.
No quiero repetirlo.
Esta vez, si vuelvo, será distinto.
Esta vez no pienso perderlas. Ni a ella. Ni a la pequeña luz que vino con ella y me cambió la forma de ver el mundo.

Apoyo la frente contra el vidrio y dejo que el paisaje se difumine.
Las calles, los puentes, el río, los tejados grises: todo parece despedirse sin ruido.
Peter enciende la radio, una melodía suave, casi imperceptible.
La niña tararea sin darse cuenta, y su voz se mezcla con el rumor del motor, con el peso de lo que no decimos.

Miro a Tara otra vez.
Ella nota mi mirada, pero no me devuelve la suya. Solo aprieta un poco las manos sobre el regazo.
Y yo pienso que, tal vez, no hay castigo más grande que amar en silencio a quien está a solo un brazo de distancia.

El coche dobla hacia la autopista.
El cielo, gris y pesado, se abre lentamente sobre nosotras.
París queda atrás.
Y con cada kilómetro que se aleja, siento que una parte de mí se queda allí, en algún punto entre las luces del amanecer y el reflejo de su mirada.

No sé cómo voy a hacerlo.
Solo sé que no puedo perderlas otra vez.

El coche se detiene suavemente frente a la casa de Tara. El sonido del motor apagándose deja un silencio que pesa más de lo que debería.
La niña es la primera en moverse: abre la puerta antes de que Peter siquiera alcance el manubrio y sale disparada hacia el patio trasero con esa energía que solo tienen los niños cuando la felicidad les desborda. La oigo reír, su vocecita resuena entre las flores y el césped húmedo. Su risa se mezcla con el canto de los pájaros y, por un momento, parece que nada malo podría existir en el mundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.