Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XIX — La tarde finalmente cayo

(Narrado por Tara)

Salgo de la habitación con cuidado, procurando que la puerta no emita ni un solo sonido. La niña duerme al fin, rendida por el cansancio, con el rostro aún húmedo y los rizos enredados sobre la almohada. Durante un instante me quedo en el umbral, observándola; esa calma post–llanto tiene algo de cruel, porque sé que no es paz, sino apenas un descanso momentáneo del corazón.

El pasillo está en penumbra. Al fondo, desde la cocina, llega un olor que no esperaba: algo se está cocinando, y por un segundo me sorprende no ser yo quien maneja el fuego. Camino despacio, sintiendo el frío del suelo en los pies descalzos, hasta que la escena se revela ante mí: la mesa está puesta, con dos platos servidos y un pequeño jarrón con flores del jardín en el centro. Stefani está allí, de pie junto a la barra, moviendo nerviosa una cuchara entre las manos.

Cuando me ve, su expresión cambia: no es sonrisa ni tristeza, sino algo a medio camino entre la culpa y la esperanza.
—Tómalo como una disculpa —dice, con una voz suave que casi se confunde con el sonido de la olla aún caliente—. Por hacer llorar a Stefani.

La miro un momento sin responder. Mis ojos van de los platos a su rostro, y hay algo en esa escena que me resulta demasiado familiar: la delicadeza con que intenta reparar lo que duele, como si pudiera coser el aire con gestos pequeños.
—Más que una disculpa —respondo, caminando hacia la mesa—, parece una despedida.

Su cuerpo se tensa de inmediato.
—No lo es —dice rápido, casi atropellando las palabras—. No, Tara. No lo es.
Su voz suena firme, pero sus ojos la traicionan.

Me cruzo de brazos y me quedo de pie, mirándola.
—Entonces ¿qué es? —pregunto sin alzar la voz.
—Es… —titubea—, es solo una cena. Un momento. No quiero que esto termine como la última vez.

No respondo. Me limito a observarla mientras juega con el borde del mantel, intentando controlar ese temblor leve en sus manos. Finalmente, se atreve a mirarme.
—Ya sé dónde están —dice con una calma ensayada—. Sé perfectamente cómo volver.

Sus palabras me atraviesan como un hilo helado.
—¿Y eso qué significa? —le pregunto, aunque en el fondo ya lo sé.
—Que no es un adiós —responde, dando un paso hacia mí.

Me río, apenas. No hay burla, solo cansancio.
—Entonces, según tú, tanto mi hija como yo deberíamos quedarnos aquí, esperándote eternamente, por si un día decides volver a tocar la puerta.

Su respiración se corta. Baja la mirada y niega despacio con la cabeza.
—No… no es eso.
—¿No? —repito.
—No, Tara, no lo es —dice, con un tono que intenta ser firme pero suena derrotado.

Parece querer decir algo más, pero no la dejo. Hago un gesto con la mano, como quien aparta un pensamiento que duele.
—Mejor comamos —murmuro, sentándome frente a uno de los platos.

Ella asiente, sin insistir. Se sienta también, frente a mí, y durante unos segundos solo se escucha el roce de los cubiertos y el murmullo distante del viento entrando por la ventana entreabierta. La comida está tibia, casi intacta, pero ninguna de las dos parece tener hambre. Cada bocado sabe a despedida, aunque ninguna quiera nombrarlo.

El tiempo se estira, lento, espeso. Pasan minutos, quizá una hora. Los platos siguen casi llenos. Hay palabras que buscan salir, pero ambas las contenemos por miedo a lo que puedan destruir.

Entonces, de pronto, Stefani rompe el silencio.
—¿Sabes que podría arreglarlo todo? —dice, con esa mezcla de convicción y fragilidad que le conozco bien.

Levanto la vista.
—¿Arreglar qué?
—Esto —responde, señalando sin mirar la mesa, pero refiriéndose a mucho más que eso—. Sé lo que tengo que hacer para que sean felices.

La observo unos segundos antes de responder.
—No, no lo sabes. Y aunque lo supieras, no voy a pedírtelo.

Sus labios se entreabren, confundidos.
—Tara…
—No —repito, con calma, pero firme—. No voy a pedirte nada, Stefani. Después de todo y de tanto… ya no puedo pedirte que te sacrifiques otra vez.

Su mirada se apaga un poco, como si mis palabras le hubieran robado el último destello.
Yo bajo la vista, empujo el plato hacia adelante y respiro hondo.
El olor de la comida, las flores en el centro, la luz dorada que cae sobre la mesa… todo parece un cuadro detenido en el tiempo, un intento desesperado por hacer que algo tan frágil como la calma dure un poco más.

No lo digo en voz alta, pero lo pienso con una claridad punzante:
no quiero volver a perderla,
aunque tal vez ya la esté perdiendo otra vez, aquí mismo,
en esta mesa puesta como una disculpa que sabe a despedida.

La tarde se apaga despacio, con esa lentitud engañosa que solo tienen los finales que una intenta negar. La luz dorada del sol se estira sobre la mesa, tiñendo los platos intactos, las flores marchitas en el centro, el vino que nadie tocó. El silencio pesa. La casa entera parece contener el aliento.

No llamaron a la puerta, ni siquiera el teléfono de Stefani sonó, pero ambas lo sentimos al mismo tiempo: la camioneta se detiene afuera. Es un ruido bajo, casi imperceptible, y aun así es suficiente para que el aire cambie.

Levanto la vista. Stefani me mira. No hay palabras, ni gestos, solo esa comprensión silenciosa que se instala entre nosotras y que lo dice todo.
Ella se pone de pie con calma, pero sus movimientos son torpes, como si cada músculo se resistiera. La luz del atardecer cae sobre su rostro, y en sus ojos hay algo que me destruye: tristeza, sí, pero también ese brillo tenue de quien está haciendo un esfuerzo sobrehumano por sostenerse.

Y yo no puedo.

El cuerpo me traiciona antes de que el pensamiento llegue. Me levanto, doy dos pasos, y me lanzo a sus brazos. No la abrazo con delicadeza, no esta vez. Me aferro a ella con toda la fuerza que me queda, como si de ese contacto dependiera mi propia respiración. La rodeo con los brazos, hundiendo el rostro en su cuello, y el olor a su piel —esa mezcla de perfume, aire y algo que siempre fue solo suyo— me golpea con la violencia de un recuerdo vivo.




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