Mujer Comensal, Parte 2 - Lisboa

Capítulo XX — El regreso a la jaula

(Narrado por Stefani)

Despierto y el aire acondicionado es lo único que suena.
Ese zumbido constante, casi clínico, llena el espacio donde debería haber ruido de vida. No hay risas, ni pasos, ni voces. Solo el murmullo de una máquina que no descansa, igual que yo.

Abro los ojos. El reloj marca las 6:04 a.m. No sé si dormí o solo dejé de pensar por unas horas. La habitación está sumida en esa penumbra gris que no es noche ni día, ese momento en el que el mundo todavía no decide despertar.

Me quedo mirando el techo un rato. Blanco, impoluto, como todo aquí.
Nueva York siempre tiene algo que ofrecer, menos consuelo.

Respiro hondo, dejo que el aire frío me llene los pulmones y me obligo a moverme. Cada gesto se siente mecánico: apartar las sábanas, buscar la ropa deportiva, recoger el cabello en una coleta. Todo sin ruido, sin música, sin intención.
El suelo está helado cuando mis pies lo tocan.

Me miro de reojo en el espejo mientras me ato las zapatillas. No hay rastro de la mujer que hace unas horas abrazaba a Tara. Solo un reflejo cansado, ojeroso, contenido. La clase de rostro que aprendí a llevar en público: el que no pregunta, el que no se quiebra.

A las 6:20, salgo del departamento. El pasillo está vacío, el ascensor me recibe con el eco metálico de sus puertas. Bajo en silencio.
El gimnasio del edificio está en el tercer piso. Siempre ha estado ahí, brillante, moderno, pero sin uso. Un lujo para mostrar, no para vivir.

Cuando entro, el olor a desinfectante me recibe como una presencia conocida. Las luces frías, el piso brillante, las máquinas alineadas como soldados dormidos.
Nadie.
Solo yo.

La música me golpea en los oídos con la fuerza exacta de aquello que intenta ahogar los pensamientos. No hay sutileza en ella, ni la busco. Dejo que el ritmo me arrastre y comienzo a correr, primero con torpeza, luego con una determinación que roza la rabia. El cuerpo protesta de inmediato: los músculos arden, la respiración se desordena, el corazón late con un frenesí que parece gritar que no estoy lista para esto, que debería detenerme. Pero no lo hago. La velocidad aumenta y, con cada zancada, algo dentro de mí se acomoda, como si el ruido físico, el golpe del pie contra la cinta, lograra imponer cierto orden sobre el caos. Corro porque necesito hacerlo, porque cada paso se convierte en una forma primitiva de exorcismo, un intento de liberar lo que no sé cómo nombrar: la culpa que se aferra, el deseo que persiste, el eco de la voz de Tara repitiéndose en mi mente como una herida abierta: “¿De qué me sirve lo que vivimos si mañana será solo un recuerdo?”

Cierro los ojos por unos segundos, no para descansar sino para hundirme más en ese ritmo que me arrastra. Sigo corriendo, con el cuerpo ardiendo y la mente vacía. Quiero que duela. Necesito que duela. Tal vez así logre sentir algo que no sea este vacío tan inmenso que me acompaña desde que la dejé.

Cuando por fin la cinta se detiene, el aire me quema los pulmones. Camino unos minutos, dejo que el pulso se aquiete, que el sudor baje por mi espalda y se mezcle con el temblor de mis manos. Paso luego a las otras máquinas, una tras otra, sin pensar en los movimientos ni en el esfuerzo. Solo hago. De algún modo, ese automatismo me salva, porque el cuerpo —a diferencia del corazón— todavía obedece sin cuestionar.

A las ocho con siete minutos regreso al departamento. El ascensor me devuelve a un silencio que se siente más pesado que cuando salí. Me quito los audífonos y el eco del vacío vuelve a ocuparlo todo, tan tangible que parece tener peso. Entro directamente a la ducha. El agua caliente me golpea con una fuerza que roza el dolor, pero no me muevo; me quedo bajo el chorro, inmóvil, viendo cómo el vapor cubre el espejo hasta borrar por completo mi reflejo. Me resulta casi poético pensar que el vapor tiene forma y el vacío no.

Cuando salgo, me visto despacio, sin apuro, como si estirando los gestos pudiera retrasar el regreso a la realidad. Elijo un pantalón oscuro, una camisa blanca, un abrigo largo. Dejo el cabello suelto y me rocío apenas un perfume tenue. Me observo de reojo antes de salir: una versión funcional, neutra, la que el mundo espera.

A las ocho cincuenta desciendo al estacionamiento. Peter y Ed ya están allí, puntuales como siempre, al lado de la camioneta negra que reluce bajo las luces frías del garaje. El aire huele a caucho, a gasolina, a rutina. Subo al asiento trasero sin decir nada, y por un instante el silencio parece más cómodo que cualquier palabra. Solo se escucha el murmullo del motor, el zumbido del aire acondicionado, el chasquido del cinturón de seguridad encajando en su sitio.

Y entonces, por primera vez en el día, uso mi voz.
—Buenos días —digo, y mi tono suena más bajo de lo que recordaba.

Peter me mira por el espejo retrovisor y asiente.
—Buenos días, Stef.

Ed, sentado adelante, gira apenas el rostro. Su expresión es la misma de siempre: calma, profesional, pero en su mirada hay un matiz que no necesita palabras. Es ese gesto silencioso que dice sé que no estás bien, pero esperaré a ver cuánto tardas en admitirlo.
—¿Dormiste algo? —pregunta, con una suavidad que no busca invadir, solo acompañar.

Le sonrío apenas, lo justo para no mentir.
—Lo suficiente —respondo, y al hacerlo le toco el hombro de forma breve, un agradecimiento sin voz.

Él asiente, sin más. Enciende el coche y arranca con la delicadeza de quien entiende que cualquier movimiento brusco podría romper algo invisible.

Mientras subimos por la rampa del garaje, miro por la ventana. Afuera, la ciudad comienza a despertarse: los cafés abren sus puertas, el vapor del asfalto asciende con el primer sol, los semáforos cambian de color aunque no haya nadie esperando. Nueva York se mueve como un organismo inmenso y ajeno, y yo me descubro observándola desde la quietud, como si todo el ruido del mundo ocurriera en otro plano.




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