(Narrado por Tara)
Despierto con el sonido suave de algo que se arrastra por el suelo. Tardo unos segundos en abrir los ojos, todavía envuelta en esa tibieza espesa del amanecer que se niega a volverse día. Entre la penumbra, distingo una figura pequeña, despeinada, que arrastra su peluche por el pasillo. Mi chiquita. Su osito cuelga de una pata, y sus pasos son lentos, torpes, como si aún caminara entre los restos del sueño. Cuando llega a la cama no dice nada; solo se sube, me busca con sus manos tibias y se acurruca contra mi pecho, justo en el hueco donde el corazón se acostumbra a doler.
—¿Tuviste una pesadilla? —murmuro con la voz áspera todavía.
Ella niega con la cabeza sin mirarme.
—Solo… quería estar contigo.
Asiento, aunque ya se ha dormido. Su respiración se vuelve lenta, tranquila, y por un instante me permito cerrar los ojos otra vez, dejando que ese pequeño peso cálido sobre mi pecho me devuelva una paz que creía perdida.
Despierto una hora después. El sol se filtra entre las cortinas con un tono ámbar, y la habitación respira ese silencio suave que anuncia el comienzo del día. Mi pequeña sigue dormida, hecha una bolita perfecta entre las cobijas. Su cabello se mezcla con las sábanas y sus dedos permanecen aferrados al borde de mi camiseta, como si el sueño dependiera de ese contacto mínimo. Me quedo observándola un largo rato; es hermosa de una forma que duele, con esa luz en los ojos —cuando los abre— que me recuerda a alguien que ya no está. Por un momento me permito pensar que Stef la imaginó antes de conocerla, que su ternura dejó una huella en esta casa, en nosotros, como si su presencia se hubiera quedado suspendida en el aire, en los gestos, en la manera en que mi hija sonríe sin saber por qué.
Con cuidado deslizo su pequeño brazo fuera del mío y me levanto. El aire está fresco, el piso helado. Camino hasta la mesita y tomo el teléfono. La pantalla se enciende, y el brillo me golpea directo a los ojos. Una notificación. Stef. El nombre que no quiero ver, pero que siempre espero. El corazón me da un vuelco. Abro el mensaje con el pulgar… pero me detengo. No puedo. No porque no quiera saber de ella, sino porque abrirlo sería volver a caer en algo que todavía no he aprendido a soltar. Me cuesta regresar a la vida normal cuando todo en esta casa, incluso el silencio, me habla de ella. Dejo el teléfono sobre la barra, boca abajo, como si así pudiera callar su eco.
Pongo la cafetera en marcha. El olor a café recién hecho se mezcla con el de la mantequilla derritiéndose en la sartén; un aroma cálido, casi doméstico, que me hace sentir dentro de una rutina que no sé si me pertenece. Preparo hot-cakes: uno para mí, dos pequeños para mi hija. Les pongo mermelada de fresa, crema batida y unas cuantas nueces. Sonrío apenas, un gesto leve, pero sincero. Mi niña entra arrastrando su osito, con el cabello revuelto y los ojos hinchados de sueño.
—¿Hot-cakes? —pregunta con esa voz ronca de quien aún vive entre sueños.
—Hot-cakes —respondo, sirviéndole en su plato azul de estrellitas.
Se sube a la silla, toma el tenedor con ambas manos y me mira con esa inocencia que desarma.
—Mamá…
—¿Sí?
—¿Tú crees que Stefani va a volver?
El aire se me queda atascado en la garganta. No esperaba la pregunta. Intento sonreír, pero no me sale. Miro su plato, las migas, la mermelada extendida como un dibujo torpe, y pienso en cómo responderle sin romperle algo que no se repara.
—No lo sé, amor —digo al fin, despacio—. Pero si alguna vez lo hace, sabrá dónde encontrarnos.
Ella asiente, como si esa respuesta bastara. No dice nada más, solo sigue comiendo, concentrada en su desayuno, mientras su osito descansa sobre la mesa con una oreja manchada de crema batida. Yo la observo en silencio, sintiendo que cada palabra me ha dejado una herida nueva. Porque sé lo que en realidad me está preguntando: no si Stefani volverá a visitarnos, sino si volverá la magia que trajo con ella esa semana, esa ilusión frágil que llenó esta casa de risas, de historias imposibles, de la sensación de que el mundo podía ser algo más que rutina y miedo.
Y sé la respuesta. Esa magia se fue con ella. Le di a mi hija algo que tarde o temprano tenía que perder: la idea de una familia completa, de un lugar donde todo encajaba, aunque fuera por unos días. Le di una fantasía hermosa y cruel. Respiro hondo. Afuera, el día termina de nacer; la cafetera emite un último burbujeo y el vapor empaña la ventana. Todo parece tan simple desde aquí —el desayuno, mi niña, la luz—, pero debajo de esa calma hay una grieta invisible, una tensión que no se va. Porque, por mucho que me esfuerce en mantener este mundo de mermelada y rutinas suaves, sé que no es real.
Después del desayuno, la mañana avanza con esa calma artificial que sigue a los momentos que no queremos pensar demasiado. Mi chiquita insiste en llenar la tina y cedo sin discutir. El baño se convierte en un pequeño ritual que, sin saber por qué, logra suavizarlo todo: el agua tibia, las burbujas cubriéndole la piel como una capa de espuma blanca, las risas que llenan el baño como música improvisada. Me siento en el borde de la bañera y la observo jugar, haciendo montañas de burbujas sobre su osito de peluche, dándole nombre a cada pompa que se rompe antes de tiempo. Me pregunta cosas sin importancia, y yo respondo sin pensar. Hay una especie de tregua en ese instante, una paz frágil sostenida por el sonido del agua.
Cuando por fin salimos, el aire del pasillo se siente más frío. Le pongo su vestido, le recojo el cabello y la llevo conmigo al estudio del segundo piso. Es extraño subir allí. Normalmente pinto en la sala, donde ella puede corretear o sentarse junto al ventanal mientras riega las flores del jardín, pero el estudio es distinto: es el único lugar de esta casa donde el recuerdo de Stefani no llega del todo, donde su voz no se mezcla con los colores. Es mi refugio, mi silencio.