Capítulo 9.1. El tamaño importa
No había terminado Vlad de abrir la portezuela de madera del cercado cuando se topó de bruces con la mirada del Bandido. El gallo lo evaluó de arriba abajo y comenzó a afilarse las espuelas contra la tierra. Por algún motivo, a Vlad se le vinieron a la cabeza las películas del oeste que tanto le gustaba devorar de pequeño; esas en las que dos vaqueros se jugaban la vida cara a cara, mano a mano, esperando a ver quién disparaba primero. Aquel duelo siempre terminaba de forma fulminante: solo sobrevivía el más rápido, el más astuto y el más audaz.
Vlad clavó sus ojos en aquel insolente plumífero, que ya escarbaba el suelo con furia dispuesto a arremeter contra el intruso que había osado pisar sus dominios. Como si de un hipnotizador se tratase, el joven fijó la vista en el animal, que arrancó a correr hacia él a toda pastilla para propiciarle un picotazo mortal. Justo a un metro de distancia, Vlad dio un giro seco y cerró la portezuela de un portazo justo a tiempo para que el gallo se estampara de lleno con el pico contra la madera. Aprovechando que su contrincante se había quedado grogui y totalmente desorientado, Vlad se agachó a la velocidad de la luz y lo encajó bajo el brazo, con la cola hacia atrás. El animal empezó a patalear y a armar escándalo; no se esperaba semejante fiasco bajo ningún concepto, pero ya era tarde. Vlad caminaba con paso triunfal hacia la casa, aprisionando al Bandido contra su costado. ¿Acaso no le habían pedido que atrapara un gallo? ¡Pues ahí lo tenía, en bandeja de plata!
– ¡Madre del amor hermoso! ¡Pero si has pillado al mismísimo demonio! –se llevó las manos a la cabeza María Vasílievna al reconocer las plumas de la cola del Bandido y examinar a Vlad de arriba a abajo por si chorreaba sangre, sabiendo de sobra las pulgas que se gastaba aquel energúmeno con plumas–. ¿Estás entero, hijo?
– Todo bien, muchas gracias –contestó Vlad, desconcertado ante el repentino giro diplomático de la mujer.
– ¡Sasha, corre al gallinero a recoger los huevos mientras Vlad retiene a este asesino con patas! –le chilló la anciana a su nieta–. ¡Mira qué jeta de delincuente tiene el bicho!
– ¡Pero qué pasa aquí! –salió corriendo de casa una Sasha desencajada al escuchar los gritos de su abuela y mentar a la bicha.
– Que tu invitado ha cazado al Bandido. ¡Hay que ver! Venga, nieta, entra a recoger los huevos con tranquilidad mientras este lo sujeta –le pidió la mujer, y Sasha esbozó una sonrisa de oreja a oreja al percatarse de que la abuela por fin se dirigía a él por su nombre.
El Bandido hacía honor a su fama y pataleaba con furia ciega. ¡A ver si iba a resultar que aquel pisaverde le iba a arruinar el prestigio delante de todo el gallinero! Pero ya se apañaría para cobrarse venganza a la mañana siguiente; todavía no sabía el pobre Vlad lo que era el repertorio matutino de sonidos rurales al romper el alba.
Sasha cogió un cuenco y recolectó los huevos sin contratiempos. A continuación, atrapó un pollo más joven y apañado, porque aunque el Bandido fuera un incorregible forajido, nadie tenía intención de meterlo en la perola. El gallo seguía forcejeando con tanta energía que Vlad tuvo que seguir agarrándolo por la cola para evitar que saliera volando antes de tiempo. En cuanto Sasha cumplió su misión, Vlad dejó en libertad al animal, aunque se quedó con un buen puñado de plumas de la cola en la mano como recuerdo. El gallo lo miró con rencor puro, pero ya no se atrevió a lanzarle otro envite.
– ¿Y eso de ahí? –le preguntó Stepán Mijáilovich acercándose a Vlad, que aún sostenía las plumas triunfantes.
– Se las he quitado al Bandido de recuerdo –sonrió el joven.
– ¿Al Bandido? –parpadeó el abuelo.
– Ujum –asintió Sasha.
– ¡Vaya! ¿Así que es un trofeo de guerra? –insistió el abuelo señalando las largas plumas ornamentales.
– Sí –respondió Vlad.
– Dámelas por favor. Esto no se puede desperdiciar; con esto le voy a poner un avío la mar de apañado a mi sombrero –sentenció Stepán Mijáilovich guardándose las mejores piezas.
– ¡Ay, es que no se os puede dejar solos ni un segundo! ¡Otra vez plantados de cháchara! ¿A qué venís a hacer el monumento? Si ya tengo los botes preparados para los pepinillos en salmuera. Sasha, coge un cubo y vete a por ellos a la huerta. Eso sí, selecciona los medianos y los pequeños. A los hipopótamos ni los mires –ordenaba la abuela a pleno pulmón.
– A los hipopótamos los dejo en paz. ¿Pero los rinocerontes sí valen? –soltó Sasha dedicándole una mirada de reojo de lo más elocuente a Vlad. ¿De verdad pensaba que se iba a olvidar de lo de la «cabra»? ¡Pues iba listo el rinoceronte con patas!
– ¿Qué dices? –preguntó la abuela sin pillar la indirecta.
– Que me da que es un señorito –respondió Sasha con sorna.
– Anda, menos bromitas y a mover las caderas que se te hace tarde. Hala, a la huerta a por los pepinos.
– ¿Y cuántos llevo? –quiso cerciorarse ella, sabiendo por experiencia propia que en casa de su abuela valía más prevenir que curar.
– Llévate el cesto y el cubo. Y de paso recógeme hojas de cerezo y de grosellero negro con sus ramitas, al menos un centenar –le asignó la tarea la anciana antes de girarse hacia Vlad–. ¿Y tú qué haces ahí plantado con cara de paspán? Vete a cavar el rábano picante.
Cada uno emprendió su camino, mientras la abuela se quedaba mirando al Bandido con cara de incredulidad. ¿Cómo narices se las había apañado Vlad para cazarlo? ¡Si ella misma se había recorrido medio corral armada con una azada y un saco sin conseguir más que aspavientos del maldito bicho, y él lo había tumbado a la primera de cambio!
Sasha condujo a Vlad hasta los bancales de los pepinos.
– ¡Vaya! ¿Hasta sandías cultiváis por aquí? –preguntó extrañado el joven al ver las matas.
– Sí, hombre. No son como las de Jersón, claro, pero de jugosas no se quedan atrás –le explicó Sasha–. Primero vamos a acabar con los pepinos, y a la vuelta elegimos una buena sandía para merendar.
Se detuvieron ante unas hileras de pepinos tan rectas que parecían dibujadas con regla.
– Córtalos con cuidado de no machacar la mata. Acuérdate: pequeños y medianos –le indicó Sasha en modo manual.
– ¿Y uno de estos? –le señaló Vlad un ejemplar monstruoso y amarillento.
– Ni hablar, los hipopótamos se quedan aquí madurando. Esos para los encurtidos no sirven.
– ¿Ah, no? Si en las tiendas venden esos tochos tan grandes... –manifestó su incomprensión Vlad.
– Créeme si te digo que aquí el tamaño importa de verdad. Limítate a los pequeños y a los medianos –le aleccionó ella con aire atareado, metida de lleno en la faena.
– Vaya, ¿así que a ti te ponen más los pequeños y los medianos que los grandes? –le soltó Vlad con una sonrisa llena de segundas intenciones.