Mujer de alquiler

Capítulo 9.2. Un sabor curioso

Capítulo 9.2. Un sabor curioso

– No te sigo. ¿A qué te refieres con los pepinos? –preguntó Sasha, poniéndose como un tomate.
– Bueno, si prefieres podemos hablar de otra cosa –volvía a provocarla Vlad.
– ¡Ya estás pidiendo a gritos que te arranque también a ti tu pepino! –se plantó Sasha con las manos en jarra, imitando a la perfección la postura con la que la abuela los había recibido.
– Vaya, así que al final no estábamos hablando de pepinos –siguił vacilándole él.
– ¡Te vas a enterar! –lo amenazó Sasha, pero en ese preciso instante tropezó con una raíz y se fue directo a los brazos de Vlad. El joven soltó los pepinos que le estaba enseñando y la atrapó al vuelo en el último segundo.
– ¡ pillada! –le susurró Vlad a la cara, examinando sus facciones a escasos centímetros de distancia, sin ninguna prisa por soltarla.
– ¡Es verlos un segundo solos y ya están pegados como lapa! ¡Jesú, Jesús, a dónde vamos a parar! ¡Aquí magreándose en mitad de la huerta para que los vea todo el mundo! –berreó la abuela apareciendo de la nada al ver a su nieta en los brazos de Vlad.
– ¡Ay, que aquí nadie se está magreando, abuela! Que he tropezado con una piedra y Vlad me ha cogido al vuelo. ¿Y quién nos va a ver en medio de la huerta? ¿Los pepinos? –le replicó Sasha a su manera, zafándose de los brazos de Vlad con desparpajo.
– ¡Tú lo único que tienes en la cabeza son pepinos, pedazo de desvergonzada! –le riñó la abuela con cara de pocos amigos.
– ¡Pero bueno, si no he hecho nada!
– Si ya habéis cogido suficientes pepinos. Ahora toca arrancar las hojas. Stepán ya ha cavado el rábano picante –sentenció la mujer d media vuelta hacia la casa mientras mascullaba–: ¡Vaya juventud sinvergüenza que nos ha caído encima! ¡Solo tienen una cosa en la cabeza!
– Ahora la abuela se creará que soy una especie de pervertida –bufó Sasha con cara de circunstancias–. Venga, vamos hacia el cerezo.
A Sasha le dio por gastarle una broma, así que guio a Vlad hasta un peral cargado de fruta madura.
– Hala, a recolectar. Necesitamos más de cien hojas –le indicó con una sonrisa traviesa.
– Sasha, que no habré pisado un pueblo en mi vida, pero un peral de un cerezo todavía sé distinguirlo –respondió él con un punto de fingida ofensa.
– ¡Míralo qué listillo! ¡Al final de ti van a sacar algo provechoso! –le rió la gracia Sasha, y ambos enfilaron hacia el cerezo de verdad–. ¡Ostras! ¡Mi árbol preferido! Después del cerezo, lo que más me chifla es el nogal donde teníamos nuestra casa en el árbol.
– ¿Una casa en el árbol? –inquirió Vlad intrigado. Aquello solo lo había visto en las películas.
– Sí, nos subíamos con mis hermanos a lo Tarzán y podíamos tirarnos allí medio día entero, hasta que la abuela nos echaba a escobazos amenazando con trepar ella misma a buscarnos –recordaba Sasha con una sonrisa nostálgica en los labios–. ¡Anda! ¡Esto está más rico que un chicle! –exclamó arrancando de la corteza del tronco un trozo de resina reseca de cerezo. Se metió la mitad en la boca y le tendió el resto a Vlad, que se lo llevó a la boca sin pensárselo dos veces.
– Mmmm... ¡Tiene un sabor de lo más curioso! –reconoció Vlad con los ojos abiertos como platos.
– ¡Madre del amor hermoso! ¡Pero de qué le estás dando de comer al pobre muchacho, Sasha! –saltó la abuela reapareciendo por arte de magia–. ¡Ya nos contará en su ciudad que aquí le damos de comer porquerías! –se aporreaba las rodillas la mujer.
– Está bueno, abuela –la defendió Vlad con nobleza.
– ¡A ver, escupid eso ahora mismo! ¿Cómo se os ocurre llevaros a la boca cualquier guarrería que encontráis? ¡Escupid, he dicho! –ordenó la anciana, y la pareja obedeció al unísono, soltando el pegote de resina al instante.
– Abuela, si ya tenemos los pepinos y las hojas de cerezo. Ahora pillamos las de grosellero y listo. ¿Hay que cavar los ajos también? –cambió de tercio rápidamente Sasha para despistar a la artillería pesada de su abuela.

– Los ajos ya están apañados. Tú limítate a cortar las hojas de grosellero y que tu señorito de ciudad coja los pepinos y los lleve a la cocina de verano –ordenó la mujer, mientras Vlad obedecía al instante y cargaba con el cubo y el cesto–. No lo cargues todo de golpe. Coge las cerezas con la otra mano –le indicó la abuela, llevándoselo con ella.
El joven hizo exactamente lo que le mandaba la matriarca y se dispó a marchar tras sus pasos.
– A ver, muchacho, ¿cuánto lleváis vosotros dos saliendo? –le lanzó un tercer grado la abuela sin anestesia.
– No demasiado tiempo, pero sí el suficiente como para darme cuenta de que Sasha es la única chica con la que quiero estar el resto de mi vida –respondió Vlad con total sinceridad.
– ¿Y no te espanta su genio de mil demonios? –inquirió ella desconfiada.
– No es genio, es sentido del humor. Me encanta que con ella jamás te aburras –confesó el joven.
– ¡Eso de aburrirte, te aseguro que no! –le dio la razón la abuela–. ¿Y de verdad estás dispuesto a aguantar ese «no aburrirte» el resto de tus días? –se detuvo en seco la anciana, girándose para clavarle los ojos de hito en hito a Vlad.
– ¿Y por qué iba a ser un suplicio? –replicó él con firmeza, aguantando el examen minucioso de María Vasílievna–. Estoy dispuesto a quererla, cuidarla, mimarla, protegerla, comprenderla y respetarla tal y como lo hacen Nikolay Stepánovich y Stepán Mijáilovich con las suyas.
– Vaya... –fue lo único que acertó a decir la mujer, descolocada ante semejante despliegue de franqueza. Pero aquel argumento la dejó plenamente satisfecha–. Y tu familia, ¿aceptará a Sasha? Porque ya ves cómo es: tiene chispa y un carácter que no se aguanta ni ella.
– Mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo era muy pequeño. Me crió mi abuelo. Él me dio todo su cariño, me ayudó a formarme y me dejó al frente del negocio familiar. Mi abuelo adora a Sasha desde el primer minuto en que la conoció.
– Vaya, perdóname, no lo sabía –se disculpó la anciana con un deje de pesar en la voz–. ¿Y hermanos? ¿Alguna hermana?
– Soy hijo único. Siempre he soñado con tener una familia grande, de esas que se sientan juntas a la mesa, que se apoyan y en las que siempre hay un hombro en el que apoyarse. Qué suerte tiene Sasha de tener a sus hermanos mayores cuidando de ella.
– Ya, sobre todo el granuja de Aleksa –masculló la abuela por lo bajo, jurando en arameo que ya se encargaría ella de ponerle las pilas a ese nieto díscolo en cuanto pisara la casa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.