Capítulo 9.3. ¡No soy un blando!
Vlad llevó el cubo a la cocina de verano y regresó raudo a por el cesto que se había dejado olvidado junto a los bancales de los pepinos. Sasha acababa de llegar con las hojas requeridas para el encurtido cuando el joven irrumpió en la cocina con el rostro desencajado y el susto en el cuerpo.
– ¡Ahí... ahí fuera hay serpientes! ¡Un nido entero! ¡Y son un montón! –exclamó aterrorizado.
– ¡Virgen santa! ¿Dónde?! –se alarmó María Vasílievna. ¡Lo que faltaba para el duro! ¡Apenas acababan de librarse de los topos y ahora les caía otra desgracia encima!
– Ahí... ahí mismo –señalaba Vlad hacia la huerta con aspavientos.
La abuela de Sasha empuñó la azada con determinación y le lanzó a Vlad una mirada de mil demonios:
– ¡Guíame!
– ¡Pero si hay muchísimas! –intentó frenarla él.
– ¿Y qué? ¿Acaso no soy yo la dueña y señora de mi huerta? –replicó la mujer dejando bien claro que no pensaba dar un paso atrás.
Vlad condujo a Sasha y a María Vasílievna hasta el lugar exacto donde pululaba aquel «nido de serpientes». El joven se detuvo a prudente distancia, haciendo ademanes con las manos para impedir que las mujeres dieran un paso en falso.
– ¿Dónde? –preguntó María Vasílievna entornando los ojos para escrudiñar la hierba que crecía a ras de suelo en el sendero entre los bancales.
– Esas de ahí que se arrastran. En colonias enteras. Está plagado. Habría que echarles insecticida o veneno del fuerte para que no campen a sus anchas por la huerta –propuso Vlad muy serio, justo antes de escuchar cómo Sasha empezaba a ahogar una carcajada a su lado.
– ¿Qué serpientes ni qué niño muerto? Si son babosas –le destapó el pastel la chica, dejándolo con la palabra en la boca.
– Pero si son larguísimas y enormes... –intentó defenderse él.
– Babosas, te digo. Se han pimplado tanto los pepinos de la abuela que ya parecen cochinillos –trató de contener la risa Sasha.
– ¿De qué te ríes, descarada? Normal que no haya visto una babosa en su vida. ¡Si es un crío de asfalto que no ha pisado el campo! –le riñó la abuela a la nieta antes de girarse hacia él–. Venga, Vlad, anda y trae los pepinos de una vez para ponernos a encurtir.
– Si es que en mi vida me había topado con bichos así... –se justificaba Vlad con media lengua.
– Como se te ocurra ir por ahí diciendo que te han dado miedo las babosas... –volvió a mofarse Sasha.
– ¡Chitón! –le cortó en seco María Vasílievna con un ramalazo de autoridad.
Todos juntos regresaron a la cocina de verano, donde ya aguardaban los botes de cristal y todo lo necesario para la faena.
– Falta traer agua fresca. ¿A qué esperáis ahí plantados? Id al pozo a por un par de cubos –mandó la abuela señalando los recipientes vacíos.
Vlad cogió los cubos, aunque no sabía dónde meter la cara de vergüenza. ¡A ver quién le mandaba a él espantarse por unas simples babosas! ¿Qué iba a pensar Sasha ahora? ¿Que era un bllandengue?
Llegaron juntos hasta el brocal del pozo; Sasha le explicó con paciencia cómo funcionaba la polea, y Vlad, deseando redimirse, sacó el agua a toda velocidad y acarreó los cubos hasta la cocina.
– ¿A qué venía tanto griterío hace un rato? Lo he oído desde el fondo del bancal –preguntó el abuelo apareciendo con un buen manojo de eneldo fresco.
– Que a Vlad le han dado miedo las babosas –soltó Sasha sin poder aguantar la risa.
Vlad dejó caer los cubos al suelo con estrépito y dio media vuelta a paso firme para largarse de allí.
– ¡Sasha, hija, cómo se te ocurre! –le recriminó la abuela a su nieta–. No le pises la dignidad al muchacho de esa manera.
– ¡Ay, que no le va a pasar nada por una broma! –protestó ella.
– ¡Pues os equivocáis! ¡No me han dado miedo ninguna clase de babosas! –bramó Vlad reapareciendo en la puerta de la cocina con el puño cerrado, agitando algo que se retorcía en su interior.
– ¡Pero bueno, muchacho, qué traes ahí! –chilló espantada la abuela María–. ¡Si eso es una culebrilla de agua!
– ¿Una culebrilla? –se extrañó Vlad, bajando la vista para examinar con más detalle lo que sostenía en la mano.
Aquel bicho se le retorcía con una energía inusitada y era bastante más largo que las dichosas babosas. ¡Maldita la hora y maldita su suerte por volver a hacer el ridículo de aquella manera...!