Mujer de alquiler

Capítulo 9.4. ¡Eso no es eneldo!

Capítulo 9.4. ¡Eso no es eneldo!

– ¡Si es una culebrilla! ¡Que yo de esto entiendo un rato! –berreaba María Vasílievna armada con una escoba.– ¡Sánechka y Aleksa de pequeños las traían a pares por docenas!
– ¡Qué exagerada... «a pares»! –protestó Sasha con un hilo de voz, todavía avergonzada.
– Perdonen, es que no tenía ni idea –se disculpó Vlad, fundiéndose literalmente de la vergüenza.
– ¡Ay, déjate de culebras y milongas! –intervino Stepán Mijáilovich con retranca–. Digo yo, ¿vamos a comer hoy de una vez o nos va a dar las uvas?
– ¡Anda que a ti solo te importa el yantar! –le reprochó la mujer con las manos en jarra.
– ¿Pues cuándo si no? Ahora te pondrás a encurtir los pepinos, luego tocará rastrillar el heno y ya se nos habrá echado la noche encima –le recordó el abuelo con toda la razón del mundo.
– Bueno, pues ya está. Sasha y yo vamos a ir poniendo la mesa, y vosotros os quedáis aquí lavando los pepinos, pelando el rábano picante, los ajos, lavando y secando las hojas para el fondo y... y algo más. Espera, que se me olvida algo –rezongaba la anciana intentando hacer memoria.
– Oye, que yo no soy la Cenicienta como para que me sueltes semejante carta de peticiones –bufó Stepán Mijáilovich plantándose.
– Anda, menos quejarse y manos a la obra, que con la ayuda que tienes te da tiempo de sobra –le señaló la abuela a Vlad antes de salir zumbando de la cocina de verano en compañía de Sasha.
Mientras las dos mujeres ultimaban el almuerzo, para el abuelo aquella era la excusa perfecta para someter a Vlad a un buen tercer grado.
– Te propongo dividirnos las tareas: tú encárgate de los pepinos y yo limpio el rábano y los ajos. O ¿prefieres que hagamos el cambio? –le sugirió el abuelo con picardía.
– No, no, me quedo con los pepinos –se apresuró a contestar Vlad sin soltar la manguera.
– O sea, que te gusta nuestra Sánechka, ¿eh? –atacó directo el abuelo, aprovechando que al fin estaban a solas.
– Una barbaridad. Es atractiva, inteligente, avispada, tiene un sentido del humor increíble... y canta de maravilla –recordó Vlad las palabras de Sasha, añadiendo lo último con una sonrisa.
– Sí que canta bien, sí –asintió el abuelo ensanchando la sonrisa–. ¿Y bien? Cuéntame algo de ti.
– Pues estudié fuera, ahora mismo dirijo una empresa farmacéutica, tengo piso propio en una urbanización nueva, coche, no bebo, no fumo y jamás me he casado –soltó Vlad todo de golpe, como en el confesionario.
– ¿Que nunca te has casado? ¿Y eso? Con lo bien plantado que eres –se extrañó el abuelo.
– Porque estaba esperando a Sasha –replicó el joven con total naturalidad. No sabía por qué, pero cada vez que pronunciaba su nombre se le encogía el corazón de calidez.
– ¡A lavarse las manos y a la mesa! –resonó la voz de María Vasílievna cruzando el patio.
– Venga, vámonos antes de que se enfríe todo –zanjó don Stepán.
Cuando Vlad cruzó el umbral de la cocina y vio la mesa montada, se le cayeron los palos del sombrajo. ¿Cómo narices se las habían apañado para cocinar semejante banquete en un abrir y cerrar de ojos? Había de todo: rollitos de col rellenos (golubtsí), empanadillas (varéniki) de repollo, patatas al horno, ensaladas para dar y tomar... ¿En qué momento exacto les había cundido tanto el tiempo?
– Sentaos, sentaos –invitó la abuela, radiante de orgullo por haber dejado ojiplático al invitado.
La familia tomó asiento y la abuela empezó a apilarle a Vlad raciones generosas de todo lo que había sobre el mantel.
– ¿Le ponemos un chupito de hidromiel? ¿O de licor casero? –sugirió el abuelo con malicia–. ¡Que es el invitado!
– ¡Tú ten cuidadito con tu hidromiel, no vayan a acabar con las patas tiesas antes de tiempo, que aún queda faena a espuertas! –le lanzó una mirada de advertencia María Vasílievna.
Vlad no sabía ni por dónde empezar a probar bocado, porque todo desprendía un aroma celestial. Siguiendo las directrices discretas de Sasha, intentó catar un poco de cada plato para no hacerle un feo a la anfitriona.

– Lo que no me ha dado tiempo es a hacer borshch. Es nuestro plato estrella de la familia –comentó la mujer con un deje de pena.
– Muchas gracias, pero el borshch ya lo conozco bien. Me lo ha preparado Sasha –respondió Vlad con total inocencia, provocando que la abuela se volviera hacia su nieta con los ojos como platos.
– ¿A que con eso me estás diciendo que no vas a probar mi borshch mañana? –inquirió ofendida la anfitriona.
– ¡Claro que lo probaré, pero ya le adelanto que el de Sasha me parece insuperable! –contestó Vlad con aplomo, consciente de que le tocaba torear en plaza difícil.
– ¡Vaya, vaya con el señorito! ¡Mira que tenía ganas de ponerme flamenca y no me deja! Ahora ya voy entendiendo por qué nuestra Frambuesita te ha elegido a ti –concluyó la abuela rindiéndose a la evidencia y celebrando la complicidad de la pareja.
Tras el homenaje gastronómico, tocaba volver a la carga. Mientras las mujeres recogían los bártulos y fregaban los platos, Vlad y el abuelo retomaron la misión de los pepinos.
– ¡Sois unos soles! ¡Ya lo habéis dejado todo avío! –les alabó la abuela al verlos terminar–. ¡Ay, si se me olvidaba el eneldo! Sánechka, corre a cortar un poco.
– Te acompaño –se ofreció raudo Vlad, siguiendo a la chica.
– Y dime, ¿cómo te apañas con mi abuela? –quiso saber Sasha de camino.
– A base de bien –confesó él–. Oye, ¿tú también sabes preparar esos varéniki tan ricos?
– ¡Anda que a ti solo te importa el yantar! –le devolvió la réplica Sasha clavadita a la de su abuela, imitando hasta el cruce de brazos.
– Te acabo de ver a ti, pero me ha parecido estar oyendo a María Vasílievna –se rio Vlad con ganas–. Tienes una familia fantástica.
En un abrir y cerrar de ojos reunieron el eneldo necesario y regresaron al tajo. Entre los cuatro pares de manos, los pepinos quedaron listos en un periquete, aunque pronto comprobaron que se habían quedado cortos de hierba aromática.
– Sánechka, haz el favor de ir a por otro poco –le pidió María Vasílievna.
– ¡Voy yo! –saltó Vlad dándose media vuelta hacia la huerta.
– ¡Eso sí, busca que tengan las umbelas bien verdes! ¡Ni se te ocurra coger las marrones, que esas ya son viejas y amargan! –le gritó la abuela a la espalda.
El joven se arrepintió de su exceso de celo nada más poner un pie en los bancales. La vez anterior había ido acompañado de Sasha, pero ahora estaba solo ante el peligro. ¿Dónde narices se metía el dichoso eneldo? A ver: color verde, con su ramillete de florecillas en lo alto y un olor inconfundible. Cerca del sendero avistó unas cuantas umbelas verdes, y un poco más allá otras de tonos marrones.
– A ver, la consigna era clara: las marrones tabú –murmuró para sus adentros mientras segaba plantas a puñados con decisión. Recogió un buen fajo y regresó a la cocina de verano con el pecho henchido de orgullo.
– Toma –le entregó el botín a la abuela, encantado de haberse librado de las culebras y presumiendo de su cosecha verde.
– Ay, Vlad... menos mal que no ha sido otra culebrilla, pero hijo mío, esto no es eneldo ni por asomo –le compadeció Sasha con una media sonrisa. Ya sabía ella que tenía que haberle acompañado.
– ¿Cómo que no es eneldo? –parpadeó el joven mirando el mazo desconcertado–. ¿A que tiene florecillas en sombrilla? ¡Pues claro! ¿A que es verde? ¡Verde fosforito! ¿Entonces qué es?




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