Capítulo 9.5. Uno para dos
– No es eneldo. Mira bien las hojas. ¿Y el aroma? –la abuela se frotó entre las palmas unas ramitas de eneldo de verdad y se las acercó a la nariz a Vlad para que comparara con lo que acababa de traer.
– Pues va a ser que no es eneldo –reconoció Vlad con resignación.
– Bah, no pasa nada. ¡De todo se aprende! –le animó la abuela con una palmada en la espalda–. Sánechka, corre tú a cortar un buen manojo de eneldo y tráete también hojas de grosellero.
La chica asintió con la cabeza y salió zumbando de la cocina de verano.
– Lo siento –murmuró Vlad abatido.
– ¿El qué, hombre? –preguntó la mujer extrañada.
– Por traer otra cosa que no era... Y lo de antes con la culebrilla.
– ¡Vaya tontería! ¿Y eso te parece motivo para apenarte? ¿Que te has equivocado de yuyo? Pues ya sabes distinguirlo. Hace siglos que le vengo pidiendo a Stepán que limpie esa mala hierba, así que al final me has hecho un favor y todo. ¡Gracias y mil gracias! –le celebró la mujer con una sonrisa de oreja a oreja.
– Sí, pero ya van dos veces que hago el ridículo delante de Sasha.
– ¡Ay, chiquillo, qué ridículo ni qué niño muerto! No saber las cosas no es ninguna vergüenza –zanjó María Vasílievna quitándole hierro al asunto.
– Ya estoy aquí –anunció Sasha regresando con todo lo necesario.
Una vez que hubieron sellado y guardado todos los botes de pepinos, el abuelo apareció por allí cargado con un par de rastrillos.
– Ponte algo en la cabeza, no te pase como la otra vez –le advirtió el abuelo a Sasha señalándole el sol.
Sasha rebuscó entre los bártulos hasta dar con un pañuelo de la abuela y una gorra, y se los tendió a Vlad.
– ¿Con cuál te quedas? –le preguntó con retranca.
– A ver, ¿tú qué prefieres llevar?
– Yo con la gorra voy más cómoda –reconoció ella con franqueza.
Vlad le cedió la gorra a la chica y se ató el pañuelo de la abuela a modo de bandana pirata. Acto seguido, cogió una hoja de cerezo y se la colocó sobre el ojo tapándoselo como si fuera un parche.
– ¡Y-ho-ho y una botella de ron! –bromeó el joven adoptando el acento de Long John Silver.
– ¡Visto así, ya tardamos en salir a buscar el tesoro! –le siguió la corriente Sasha entre risas.
– Pues te diré una cosa: mi mayor tesoro ya lo he encontrado –respondió él con una sonrisa cómplice y cargada de intenciones, provocando que la abuela esbozara una sonrisa enternecida.
Todos enfilaron hacia el prado para ponerse a rastrillar el heno. La abuela y el abuelo tenían una vaca y una ternera, y les hacía falta acopiar un buen colchón de forraje para pasar el invierno.
Para Vlad era la primera vez que empuñaba un rastrillo en su vida. Bueno, de pequeño había tenido un rastrillo de plástico para jugar en la arena de la playa, pero como que la comparación cojeaba un poco. El joven se dedicó a observar con disimulo lo que hacían los demás e intentó imitar sus movimientos. No era fácil; la postura era extraña y el esfuerzo físico empezaba a pasar factura, pero se mordía la lengua para no quejarse: si aquella labor la podía hacer una chica tan frágil como Sasha, ¿cómo iba a rajarse él?
Aquella montaña de heno parecía no acabarse jamás. A simple vista, la hierba seca no pesaba nada, pero a las pocas horas los brazos le pendían como hilos y las manos le zumbaban de la paliza. Ya ni veía el mundo a su alrededor, solo existía el maldito heno y el vaivén del rastrillo. En un momento dado, al levantar la vista con el cuello entumecido, divisó a Sasha que se acercaba con un botijo de agua fresca del pozo. Se bebió media jarra de un solo trago sin respirar.
– Gracias –susurró antes de volver a la carga.
– Id vosotros dos a preparar la cena a la casa, que de lo demás ya nos encargamos Vlad y yo para meterlo en el pajar –oyó decir a sus espaldas al abuelo.
Vana ilusión la suya si creía que con rastrillar bastaba; ahora tocaba acarrear todo aquel volumen de heno hasta el pajar. Codo a codo con el abuelo Stepán.
Cuando terminaron de estibarlo todo, Vlad se pasó el dorso de la mano por la frente para secarse el sudor, mientras Stepán Mijáilovich le daba una palmada cariñosa en la espalda.
– ¡Buen trabajo, muchacho! Venga, vamos a lavarnos las manos y a cenar. Ya me llega el olor a los manjares que han preparado Marichka y la Sánka desde aquí –anunció el hombre, y ambos enfilados caminaron de vuelta hacia la casa.
Junto al porche, bajo la sombra de un manzano centenario, ya estaba montada la mesa con una hilera de platos humeantes que invitaban a sentarse sin pensárselo dos veces.
– Vlad, acércate un momento –lo llamó María Vasílievna con un cuenco y una jarra en la mano–. Ven que te eche agua para lavarte.
Vlad se acercó y ahuecó las palmas de las manos para recibir el chorro que la abuela se dispuso a verter.
– ¡Virgen santísima del Carmen! ¡Pero alma de cántaro, a qué extremos habéis llegado! ¡Sánechka, se puede saber por qué no le has dado unos guantes al muchacho?! –estalló en cólera María Vasílievna al verle las palmas de las manos llenas de ampollas reventadas y con regueros de sangre seca–. ¡Corre, trae el botiquín del armario para curarle esto ahora mismo!
Sasha salió escopetada hacia el interior de la casa en busca de las gasas y el yodo.
– ¡Mire que es mala pata! ¡Viene el invitado a pasar el día y me lo devolvéis hecho unos zorros! Y tú, viejo chocho, ¿dónde tenías los ojos? ¡Con lo que te gusta mandar y no miras por nada! –le recriminaba la mujer a su marido cargándole toda la culpa.
– No se preocupe, señora, si no es nada grave –intentaba calmarla Vlad con una sonrisa forzada.
– ¡Hombre, para cuando te cases ya habrá cicatrizado del todo! –añadió su granito de arena el abuelo con guasa.
– Pues ojalá que Sasha también acepte casarse conmigo a pesar de los callos y las ampollas –bromeó Vlad al ver aparecer a la chica con la caja de primeros auxilios.
– ¡Y a dónde iba a escaparse de un currante tan terco y apañado como tú! –le rio la gracia María Vasílievna.
– Oye, Marichka, ¿y a mí no me echas agua para lavarme? ¿O también tengo que esperar a que me case otra vez? Que ya va siendo hora de cenar y me ataca el hambre –protestó el abuelo con retranca.
– ¡Ay, que no tienes fondo, hombre! ¡Te pasas el día zampando por la mañana, al mediodía y ahora por la noche! Más que un marido pareces un cocodrilo de pantano –le soltó la mujer muy seria.
– Menos mal que no ha dicho un hipopótamo –susurró Sasha con una sonrisa traviesa al colocarse al lado de Vlad.
– Ya veo que en esta familia hay debilidad por la fauna exótica –le devolvió el chiste él con complicidad.
– A ver esas manos –le pidió Sasha con voz suave, aunque se le encogió el corazón al verle los destrozos de la piel.
Eran manos finas, de oficina, que no sabían lo que era rozar el campo. Y a ella se le había pasado por completo darle unos guantes de protección. ¡Menuda prometida de pacotilla estaba hecha! Sasha se esmeró en desinfectarle las heridas, soplando con delicadeza cada vez que el peróxido espumaba sobre la carne viva, mientras Vlad aguantaba el tipo sin rechistar ni un segundo.
– ¡Las cicatrices hacen al hombre, y las ampollas al buen jornalero! –sentenció el abuelo ceremonioso mientras plantaba en el centro de la mesa una botella bien fría de hidromiel casero.
Todos tomaron asiento. No se sabía si era porque Vlad se había quedado famélico tras la paliza en el pajar o porque los platos de la abuela rozaban la perfección culinaria, pero el caso es que devoraba con auténtica devoción todo lo que le ponían por delante. La comida estaba para chuparse los dedos y el hidromiel del abuelo pegaba con fuerza.
– A ver, jovencito: ya nos ha quedado claro que no eres ningún cobarde —porque lo de la culebra tuvo su aquél—, que eres un currante de los de verdad —visto cómo se te han quedado las manos en el heno—, que hablas de nuestra Sánka como Dios manda y que la cocina de Marichka te entusiasma... Pero aún te queda una última prueba de fuego por superar –anunció el abuelo con los ojos chispeantes por el alcohol.