Mujer de alquiler

Capítulo 10. Una estrella brillante

Capítulo 10. Una estrella brillante

– Cariño, ¿pasa algo malo? –preguntó la abuela, que había entrado sigilosamente a la habitación y vio la reacción de su nieta.
– No, todo bien. Solo que Vlad es tan alto que a lo mejor no cabe en esta cama –improvisó Sasha.
– Bueno, discúlpate, no tenemos otra. A tus hermanos, que miden lo mismo que Vlad, les venía bien a todos –respondió la abuela.
– No se preocupe, a mí también me viene bien todo. Ya me apañaré –respondió Vlad. ¡Menudo rinoceronte! ¡Y encima se ríe!
– Buenas noches, muchachos. Que descanséis –dijo la mujer y salió de la habitación.
– Oye, ¿qué estás haciendo, Marichka? ¡Si todavía no se han casado y ya los metes en la misma cama! Ahí está la plegable, voy a traerla ahora mismo –terció Stepán Mijáilovich.
– ¡No hace falta!
– ¿Por qué no? Si entre ellos hay fuego para dar y regalar. ¿Acaso tienes tanta prisa por ser bisabuela? –no entendía Stepán a su mujer.
– ¡Ay, si eres más terco que una mula! –le recriminó la mujer moviendo la cabeza–. Si apenas se tiene en pie después de lo del heno. Casi nos cargamos al muchacho con tanto trabajo. ¿Qué bisabuelos ni qué niño muerto? ¡Con que consiga arrastrarse hasta la cama me basta! –concluyó ella agitando la mano.
– ¡Pues yo a su edad...!
– ¿Tú qué? ¿Acaso no me acuerdo de que después de trabajar no te despertaba ni un cañonazo? Vete a dormir ya... «Yo a su edad...» –le imitaba María Vasílievna por lo bajo.
– ¿Y ahora qué hacemos? –preguntó Sasha, mirando la cama.
– Dormir –respondió Vlad con total sencillez, deseando tumbarse de una vez y quedarse dormido.
– ¿¡Juntos!?
– Shhh, baja la voz –le siseó Vlad a la chica–. Prometo dormir en mi lado de la cama como un tronco.
– ¡Más te vale! –le amenazó Sasha mientras sacaba la ropa de dormir de la bolsa–. Date la vuelta.
Vlad se dio la vuelta, pero el maldito espejo estaba justo enfrente de sus ojos. ¡Todo jugaba en su contra! Dio un paso al costado y cerró los ojos para evitar encontrarse con el reflejo de Sasha en la ventana.
– Ya está, cámbiate y acuéstate –oyó la voz de Sasha, que ya no solo se había cambiado, sino que además se había metido debajo de las mantas. ¿Acaso se había quedado dormido de pie o qué?
Vlad se quitó la ropa y se disponía a acostarse.
– ¡Espera! –lo detuvo Sasha–. Ponte una camiseta y unos pantalones cortos.
– Si acabo de quitármelos –protestó Vlad con voz adormilada.
– ¡Esos no! Los otros. Te los preparé yo en la bolsa.
Vlad obedeció y rebuscó en la bolsa una camiseta y unos shorts limpios.
Sasha no se dio la vuelta. Con semejante maromo al lado, ¿cómo iba a conciliar el sueño? ¡Que al menos se cubriera ese cuerpo de infarto con la camiseta! Él había dado su palabra, ¡pero Sasha no! ¡Ay, qué difícil a veces ser mujer!
– ¿A que aún no os habéis acostado? –asomó de nuevo la abuela la cabeza por la puerta.
– Ya mismo. Buenas noches –contestó Sasha sin demasiadas ganas.
En cuanto la puerta se cerró tras la abuela, Sasha miró a Vlad, que seguía sin atreverse a tumbarse al lado.
– ¡Acuéstate ya de una vez! –se indignó Sasha haciéndose a un lado.
Vlad se tumbó en el mismo borde, pero no paraba de sonreír. ¡Vaya abuela y vaya instigadora que estaba hecha!
– Oye, Sasha, ¿dónde se apaga la luz? –preguntó Vlad, ya que la habitación estaba iluminadísima. Con semejante claridad y con Sasha justo al lado, ¿cómo iba a pegar ojo?
– ¿A que no se puede apagar? –respondió Sasha.
– ¿Cómo? ¿Se ha roto algo? Entonces podemos tapar la lámpara con algo. O es que tú duermes con la luz encendida? –preguntó Vlad extrañado.
– Qué va, si está todo apagado. Lo que brilla así son las estrellas y la luna. Ya te dije que en el pueblo el efecto es distinto –explicó Sasha.
– ¿Cómo que las estrellas y la luna? –no se lo creía Vlad, que se incorporó de golpe en la cama.
– Mira la fuente de luz. La claridad viene de la ventana –indicó Sasha, y Vlad se dio un mental manotazo en la nuca por no haberse dado cuenta antes.

– Pero si brilla muchísimo...
– Uf, esto no es nada –descartó Sasha agitando la mano–. Desde el pajar se ve todo el cielo abierto. Mis hermanos y yo nos pasábamos las noches contemplando el cielo estrellado. En verano, cuando hace buen tiempo, se ve la Vía Láctea y la Osa Mayor de maravilla.
– ¿Hasta la Vía Láctea? –repitió Vlad con los ojos como platos.
– ¡Arriba! –ordenó Sasha. A ver, ¿qué se podía hacer con ella? ¡Una general en falda! O mejor dicho, en pantalones cortos de pijama.
Vlad se levantó y ambos, en completo silencio y de puntillas, se encaminaron hacia el pajar. ¡Alguien tenía que enseñarle a Vlad la Vía Láctea en persona!
– ¿Se puede saber qué traman esos dos? –susurró despacito Stepán Mijáilovich.
– Se han ido al pajar –informó María Vasílievna.
– Pues decías que estaban agotados y sin fuerzas para darnos bisnietos –le pinchó Stepán a su mujer.
– Ay, ignorante de la vida... Cuando les apetezca, ya se apañarán ellos solos para organizarnos los bisnietos sin necesidad de que los empujemos –mascullaba la mujer mientras espiaba cómo la pareja se acercaba al pajar.
La luna brillaba con tanta fuerza que no hacía falta ni linterna. Al llegar al pajar, Sasha abrió de par en par las puertas y se dejó caer de golpe sobre el heno.
– Ven aquí –lo invitó ella con una sonrisa traviesa.
A Vlad no hubo que repetírselo dos veces; cogió carrerilla y saltó de un brinco sobre el heno que él mismo había rastrillado y acarreado aquella tarde.
Al instante les golpeó el olor penetrante de la hierba seca y las flores silvestres. Vlad respiró hondo llenando los pulmones.
– Huele increíble –murmuró él.
– Ajá... Y ahora túmbate boca arriba y mira al cielo –propuso Sasha.
Vlad hizo caso y se quedó boquiabierto con lo que vio. Parecía que las estrellas estaban tan cerca que con solo estirar la mano se podía tocar cualquiera.
– ¿Ves aquella de ahí? Es la Polar –señaló Sasha con el dedo.
– ¿Dónde? No la veo –mintió Vlad arrastrándose un poquito más hacia ella. ¡Menudo picarón!
– ¡Pues ahí mismo!
– Ah... Ya la veo. Una auténtica estrella brillante –respondió Vlad, quedándose embobado mirando a Sasha.
– Mis hermanos y yo nos pasábamos horas aquí mirando las constelaciones, hasta que la abuela nos obligaba a entrar a empujones con la toalla –recordaba Sasha con una sonrisa nostálgica.
– Qué abuela más maja tienes –comentó Vlad mientras colocaba con sumo cuidado su brazo bajo la cabeza de la chica.
– Ya te digo –asintió Sasha justo en el instante en que la abuela asomaba la nariz por la ventana, intentando vigilar qué demonios se traía la pareja entre manos.
– ¡Stepán, ¿estás dormido?!
– ¡Rrr-zzZ... Ah?! ¡¿Qué?! ¡¿Dónde?! ¡No, si no estoy durmiendo! –saltó el hombre sobresaltado.
– Coge una manta y llévasela al pajar. Aunque sean jóvenes y vayan sobrados de calor, por la noche refresca de verdad ahí fuera.
El abuelo se levantó de mala gana y arrastró los pies hasta el pajar. Cubrió con delicadeza a la pareja con la manta y se marchó en silencio, echando una última mirada cómplice hacia atrás. Vlad abrazaba tiernamente a Sasha, que ya se había quedado profundamente dormida contra su pecho. No era la misma cama, pero estaban juntos...




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