Capítulo 10.1. ¡Socorro!
Vlad se despertó sobresaltado por un sonido infernal. El Bandido, fisgando a través de las rendijas del pajar, había descubierto a Vlad durmiendo plácidamente con Sasha entre los brazos y había decidido cobrarse su venganza. El gallo se había aupado al poste más cercano al pajar y desgañitaba los pulmones a capón. Y no cantaba una sola vez: bramaba como si lo hubieran cuerda. ¡Menudo bicho rencoroso y puñetero! Vlad se moría de ganas de taparse las orejas para no escuchar aquel estruendo, mientras que Sasha dormía a pierna suelta como si la algarabía no fuera con ella. Y es que la chica ya estaba más que acostumbrada a que, con los primeros rayos del alba, el Bandido se dedicara a despertar a todo bicho viviente y a cosechar una buena retahíla de maldiciones por parte de su vecina, la abuela Liuba.
Al abrir los ojos, Vlad comprobó al instante que el sueño se le había esfumado por completo y contempló a su estrellita de pelo rosado durmiendo en paz. Arrancó una brizna larga de hierba y le hizo cosquillas con suavidad en la mejilla. Sasha arrugó la nariz con gracia, pero no mostraba ninguna prisa por abrir los ojos. Estaba curtida en mil batallas: las serenatas del Bandido, los jaleos matutinos de sus hermanos en el cuarto de al lado, el repiqueteo de la vajilla en la cocina cuando su madre refunfuñaba que no era la criada de nadie, o el vecino que a las cinco de la mañana decidía que era el momento perfecto para clavar un cuadro... Vlad, en cambio, vivía solo y estaba acostumbrado al silencio absoluto. El Bandido acababa de dinamitarle la idílica mañana. Temiendo que aquel despertador con plumas anduviera demasiado cerca del pajar y se oyera con estrépito dentro de la casa, Vlad envolvió con sumo cuidado a Sasha en una manta y la cargó en brazos hacia la vivienda. Al llegar al porche se cruzó con Stepán Mijáilovich, quien le dedicó un gesto cómplice y le abrió la puerta para que dejara su valioso cargamento en la habitación. El joven depositó a Sasha con delicadeza sobre el colchón, la contempló embobado unos segundos, la arropó bien y decidió salir al fresco.
– ¿Se puede saber por qué madrugas tanto? –le preguntó el abuelo extrañado–. ¿Has pasado frío?
– Buenos días. Qué va. Me ha despertado vuestro despertador con plumas –señaló Vlad hacia el gallinero, donde el gallo seguía desgañitándose a pleno pulmón.
– ¡Vaya pieza de cuidado! –bramó el abuelo cogiendo una rama del suelo y lanzándola en dirección al animal–. ¡Si es que hace honor a su nombre: un auténtico bandido!
– Tenéis un sitio precioso –comentó Vlad respirando hondo.
– Ya lo creo. Oye, ¿no te apetecería venirte a pescar conmigo un rato mientras las chicas duermen la mona? –le propuso el abuelo de sopetón.
– ¡Encantado! Lo único que... bueno, la verdad es que nunca he ido a pescar en mi vida –admitió Vlad con franqueza.
– No te preocupes por eso. Eso sí, ponte unos pantalones largos, no sea que los mosquitos te devoren vivo antes de echar el anzuelo –le aconsejó el anciano.
– En un momento. Oiga, ¿puedo coger aquel tarro de ahí? –preguntó el joven señalando un recipiente sobre la mesa.
– ¿Para qué lo quieres? –se extrañó el abuelo.
– Quiero hacerle un ramo a Sasha. ¿Qué flores me deja cortar María Vasílievna sin que me monte un buen pollo? –sonrió Vlad.
– Corta las que te den la gana, menos las rosas y los gladiolos –le rió la ocurrencia el abuelo, pensando para sus adentros que a él tampoco le vendría mal tener un detalle floral con su Marichka. ¡Vaya idea brillante!
Vlad se pateó el terreno hasta reunir un vistoso ramo de flores silvestres: margaritas, campanillas, lirios... Tuvo buen cuidado de no tocar los arriates de María Vasílievna si no quería ganarse una reprimenda histórica. Tras llenar el tarro de agua, entró de puntillas en la habitación, dejó el obsequio en la mesilla de noche junto a la bella durmiente de pelo rosado, se cambió de ropa tal como le había aconsejado el abuelo y cogió el regalo que traía preparado para él. ¡A ver si se pensaban que lo habían comprado para nada!
El abuelo Stepán tampoco perdió el tiempo. Aprovechando el brillante plan de Vlad sobre las flores, cortó un hermoso ramo, pero lo hizo directamente de las macetas predilectas de su mujer. ¡A ver, para quién iba a ser si no? ¿Iba a estar él regándolas religiosamente dos veces al día para nada? Dejó el ramo bien visible en un gran jarrón dentro del dormitorio, aunque calculó mal los tiempos y no logró escapar a hurtadillas.
– ¿Esto es para mí? –oyó que le espetaban en lugar del habitual «Buenos días».
– ¡Pues claro que sí, Marichka! ¿De quién iba a ser si no?
– ¡Muchas gracias! Hacía cien años que no me regalabas flores. A ver, suelta: ¿qué se cuece? –se puso a la defensiva la mujer al instante–. ¿Qué traes entre manos?
– ¡Que no traigo nada malo hombre! Solo quiero que sepas que sigues siendo mi florecilla –replicó el abuelo dándole un tierno beso en la mejilla–. Nos vamos a pescar con Vlad.
– ¡Como me lo ahogues, no vuelvas a pisar la casa! –le gritó María Vasílievna a la espalda, contemplando las flores con ojitos enternecidos. ¡Eran preciosas!
Stepán Mijáilovich salió al patio y vio que Vlad ya lo estaba aguardando con todo listo.
– Mire, Sasha y yo le hemos traído un regalito. Creemos que le va a venir de perlas –anunció Vlad entregándole un ahumador nuevo y una silla plegable de pesca.
– ¡Un ahumador flamante! ¡Madre mía! ¿Y la silla...? ¡Pero si pesa menos que pluma! –saltaba el abuelo de alegría como un crío con zapatos nuevos.
– Me alegro de que le guste –respondió el joven observando la cara de felicidad del anciano–. Con el ahumador ya nos apañaremos, pero la silla llévesela a todas partes, porque la viejita que tiene en casa ya pide la jubilación a gritos.
Los dos hombres cogieron las cañas y el resto de aparejos y enfilaron hacia el estanque.
¡Menos mal que don Stepán le había advertido que se pusiera pantalón largo! ¡Los mosquitos junto al agua no eran simples insectos, sino auténticos potros con trompas de elefante! Vlad no paraba de manotearse los brazos y las piernas para espantar a aquellos vampiros voladores. El abuelo, por su parte, estrenó la silla y aseguró que no había encontrado otra igual ni pagando oro; en cambio, la vieja silla de lona de Vlad se vino abajo a las primeras de cambio, desgarrándole los pantalones justo por la parte más inoportuna.
– Tranquilo, Marichka te lo cose en un pispás y te los deja como nuevos –le animó el abuelo al ver que por el roto asomaban claramente unos divertidos calzoncillos rojos con estampados de patitos.
– Bah, no pasa nada, tampoco es un boquete tan grande...
– ¡Pica! ¡Tira de la caña! –bramó el abuelo preso de la emoción.
Vlad se metió raudo al agua con la sacadera para evitar que la pieza se escapara en el último momento.
– ¡Vaya pedazo de bicho! ¡Menudo ejemplar! ¡No sabía yo que por aquí nadaran semejantes monstruos! –presumía el abuelo hinchado de orgullo.
Los hombres sacaron a tierra una carpa descomunal que apenas cabía en el cubo, donde ya reposaban otras capturas más modestas.
– Estás empapado de sudor. Quítate el pantalón y déjalo secar en la hierba mientras recogemos los bártulos, no sea que Marichka me eche la bronca si pillas una pulmonía.
Vlad no puso objeción alguna: se quitó los pantalones y la camiseta, pues andar con la ropa pegada y fría no era lo más agradable, a pesar de que el sol ya empezaba a calentar con fuerza.
Lo que ni el abuelo Stepán ni Vlad podían sospechar ni en su peor pesadilla era que la cabra del vecino, a la que habían llevado a abrevar junto al estanque, iba a considerar un manjar exquisito una pernera entera de los pantalones y la manga de la camiseta de Vlad dejadas a secar sobre la hierba.
– ¡Eh, tú, suelta eso ahora mismo, bicho asqueroso! –resonó de repente la voz del pastor, que intentaba rescatar lo que quedaba de la ropa del joven a base de aspavientos.
Los dos pescadores se giraron sobresaltados al oír los gritos y comprobaron con horror que el vestuario de Vlad acababa de sufrir un drástico e involuntario rediseño por obra y gracia de la cabra.
– Buenas tardes nos den –saludó el pastor–. Perdonen la distracción, se me ha ido el santo al cielo. Pero, hombre de Dios, ¿cómo dejáis la ropa tirada así como así?
– Si no estaba tirada, ¡estaba secándose! –respondió don Stepán dándole un apretón de manos al recién llegado.
– ¡Madre del amor hermoso, qué pedazo de pescado! ¿Lo habéis sacado ahora mismo? –se asombró el pastor al ver el tamaño de la carpa.
– ¡Ya lo creo! ¡Mira cómo todavía aletea! –presumía Stepán Mijáilovich sacando pecho.
– ¡Tienes que enseñárselo al alcalde de inmediato, o no se lo va a creer! Con lo presumido que es él de pescador y jamás ha hincado el diente a un ejemplar semejante –le aconsejó el hombre.
– ¡Pues tienes toda la razón del mundo! ¡Hay que llevárselo a Vasili, que si no lo ve con sus propios ojos no se lo traga! –se encendió al instante el abuelo con la idea–. Oye, Vlad, vete tirando para casa y llévate esto. ¿Te acuerdas del camino?
– Sí, perfectamente –contestó el joven.
– Pues dile a Marichka que enseguida vuelvo –zanjó el anciano mientras recogía los bártulos a toda prisa.
Stepán Mijáilovich estaba tan abrumado y cegado por la vanidad de lucir su trofeo ante el alcalde que ni por un segundo se detuvo a pensar en cómo narices iba a atravesar el pueblo Vlad ataviado con aquel «traje de diseño caprino». El abuelo cogió las cañas, la flamante silla (¡seguro que Vasili no tenía una igual!) y el pescado y salió disparado.
Vlad recordaba perfectamente el camino de vuelta. Recogió los bártulos que el abuelo había dejado atrás en su huida y echó un vistazo a su ropa, o más bien a lo que quedaba de ella.
– Bueno, pensaremos que esto es una sesión de entrenamiento matutino –se consoló a sí mismo, asumiendo con deportividad que le tocaría caminar de regreso embutido únicamente en sus calzoncillos rojos con patitos. Confiaba en que, al ser domingo por la mañana, la gente aún estuviera remoloneando en la cama. Y oye, por suerte casi acertó: las calles estaban desiertas de vecinos... lo que no se podía decir de los gansos y los pavos salvajes.
Sasha se despertó arropada por un delicioso aroma a flores silvestres. Abrió los ojos extrañada. Si se había quedado dormida con Vlad en el pajar, ¿cómo es que ahora aparecía en su cama y con un ramo recién cortado en la mesilla? Está claro que Vlad tenía un lado romántico impensable. ¡Un momento! ¿Y dónde se había metido él? Sasha se levantó de un salto y salió en busca del desaparecido. Como en el pajar no había rastro, decidió preguntar a la abuela, que ya andaba atareada con los fogones en la cocina de verano. Pero no había dado ni tres pasos cuando oyó un alarido desgarrador procedente del exterior:
– ¡Socorro!