Mujer de alquiler

Capítulo 10.2. Defensas

Capítulo 10.2. Defensas

Sasha salió escopetada al exterior en zapatillas y se quedó de piedra al ver la escena. Por el patio venía corriendo un Vlad aterrorizado, cargado con un cubo y las cañas de pescar, y ataviado únicamente con sus calzoncillos rojos y las zapatillas de deporte. Detrás de él venía un bando de gansos y pavos furiosos, desbocados y empeñados en arrancarle la única prenda que le quedaba. ¡Qué descarados!
Los gritos de Vlad alertaron a la abuela María, que andaba preparando el desayuno, y acudió rauda al ver el percal.
Sasha abrió la cancela de par en par para dejar entrar a Vlad y cerrar el paso a los monstruos con plumas. Vlad se coló en el patio de un salto y Sasha cerró de golpe, aunque un par de gansos consiguieron colarse en el recinto y otros intentaron sortear la valla volando. ¡Vaya alimañas! ¿A qué venía tanta inquina si los alimentaban de maravilla?
Al verse dentro de terreno ajeno, los gansos despistados decidieron cambiar de objetivo y se lanzaron a por Sasha, viéndola como una presa más fácil. En cuanto uno de los ansarones se precipitó tras ella, Vlad dejó caer por fin el cubo y las cañas al suelo, corrió tras el animal y lo agarró firmemente de la cola. ¡Se armó la marimorena! Gritaba Sasha, graznaban los gansos y pavos al otro lado de la valla, rebuznaba el ganso atrapado por la cola (hasta el mismísimo Bandido guardaba silencio, ya escarmenado de sus encontronazos con Vlad), y para rematar la cacofonía, se sumó a los gritos María Vasílievna.
– ¡Malditos bichos del infierno! ¿Se puede saber qué os creéis que hacéis picando a mis críos? ¡En mi propia casa! –bramaba la mujer agitando un trano de cocina con furia. Por lo visto, los plumíferos ya sabían de sobra cómo gastárselas con la abuela, porque se olvidaron de Sasha y de los calzoncillos de Vlad y salieron pitando hacia la valla. María Vasílievna echó a patadas a los gansos del patio, aprovechó para echarle una bronca monumental a los vecinos por dejar a los bichos sueltos y regresó junto a los jóvenes.
– ¿Se puede saber qué pintas llevas? –le preguntó Sasha mirando de hito en hito los calzoncillos de los patitos–. Con razón te han tomado por asalto los gansos y los pavos. Yo a esos bichos siempre los rodeo por el camino más largo, ¡y a ti se te ocurre ir de rojo chillón! ¿Dónde te has dejado la ropa?
– Pues verás, pescamos una buena pieza, la ropa se me empapó y la dejé secando en la hierba. Me despisté un momento y se la han comido a mordiscos. Mira –le enseñó los restos de la camiseta y los pantalones.
– No me digas más. O sea, ¿que estuviste pescando con el abuelo? ¿Y dónde se ha metido él? ¿No te pudo dejar algo de su ropa? –preguntó Sasha escudriñando a espaldas de Vlad a la espera de ver aparecer al anciano.
– A mí también me gustaría saber dónde anda el flor –intervino la abuela.
– Se ha ido a enseñarle la captura al alcalde, a Vasili –admitió Vlad.
– ¡Como aparezca por la puerta, le voy a enseñar yo a él la captura! ¡Mira qué hora es! ¡Tiene a la nieta y al novio de visita y se larga de picos pardos! ¡El pescador del año! –se encendió la mujer.
– Pero si hemos pescado un pez buenísimo –intentó excusarlo Vlad.
– Lo habréis pescado vosotros, pero a mí me toca limpiarlo y cocinarlo. Sea cual sea la pieza, eso no justifica que te deje tirado en calzoncillos esquivando gansos.
– Abuela, oye... ¿no se te está quemando algo en el fuego? –interrumpió Sasha al percibir un claro olor a quemado procedente de la cocina de verano.
– ¡Ay, Dios bendito, el desayuno! –exclamó la mujer saliendo escopetada hacia los fogones.
– Gracias por las flores –le susurró Sasha con una sonrisa traviesa.
– ¿Te han gustado?
– Un montón. Aunque habría estado mejor que te hubieras puesto unos pantalones –apuntó Sasha al ver que por la cancela asomaba la «primera moza del pueblo» (como ella misma solía autoproclamarse), aunque los vecinos ya la conocían simplemente como la tía Nadia. No fallaba: igual que los gansos, había picado al ver los calzoncillos de Vlad.

El joven huyó despavorido hacia la casa para vestirse.
– ¡Hola, Sashuñe! ¿Has venido a ver a la abuela? Veo que tenéis visita –soltó la vecina con meliflua curiosidad.
– Buenas tardes, tía Nadia –enfatizó maliciosamente Sasha la antepenúltima palabra.
– Ay, chica, ¿qué tía ni qué niño muerto? –soltó una risita falsa la mujer.
– Tercera, Nadia, de tercer grado –resonó la voz de la abuela desde el fondo–. ¿A qué has venido por aquí?
– Pues a ver cómo estabas. Y ya veo que ha venido la pequeña Sasha. Y encima acompañada –añadió la mujer estirando el cuello por encima del hombro de la chica con la secreta esperanza de avistar al maromo de los calzoncillos. ¡Porque hay que ver qué tipazo se gastaba el muchacho!
– Sí, no ha venido sola, sino con su prometido –respondió la abuela. Y de este modo tan rotundo, zanjaba el asunto reconociendo oficialmente a Vlad como el novio de su nieta.
– ¡Pues nos los tendrías que presentar! –sonrió la vecina colocándose el pelo.
– Nadia, hazme el favor y piérdete de vista. Por muy lejana que seas de la familia, a ti, pécora, te conozco como si te hubiera parido. Como no te largues ya mismo por donde has venido, te saco del patio tirando de los pelos –soltó de repente la abuela con tal vehemencia que Sasha se quedó boquiabierta. Jamás en su vida le había oído hablar así a nadie.
– ¡Vaya hospitalidad de m... ! –protestó la vecina ofendida.
– ¿No me has entendido bien o prefieres que salga a buscar la horca? –dio un paso al frente la abuela con cara de pocos amigos.
Nadia juzgó prudentemente que por allí no iba a rascar nada y puso pies en polvorosa.
Vlad, ajeno a todo aquel sainete, se había metido en la habitación a vestirse cuando el móvil comenzó a zumbar con una retahíla de llamadas perdidas del abuelo. Contestó al instante y oyó la voz preocupada del anciano al otro lado de la línea:
– ¡Vlad, hijo, dónde te has metido! ¿Por qué no coges el teléfono? Ya estaba pensando en llamar a la benemérita.
– Hola, abuelo, tranquilo, todo va bien. Estamos Sasha y yo en el pueblo con su familia. Como había tanto jaleo, me dejé el móvil en la casa –se explicó Vlad. Tranquilizó al abuelo asegurándole que no había pasado nada malo, a lo que Lev Borísovich respondió comentándole que ya estaban ultimando los preparativos para la firma de los contratos con los coreanos.
– Es un éxito rotundo cerrar un acuerdo así. Vosotros dos habéis hecho un trabajo impecable –lo felicitó el abuelo.
– Sí, la verdad es que Sasha es un cerebro con patas –admitió Vlad con orgullo mientras levantaba la vista y reparaba en las fotos de la infancia de la chica colgadas en la pared. De pequeña ya se le veía una carita adorable, aunque el carácter indomable asomaba por cada poro.




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