Capítulo 11.2. El tigre
Vlad sostenía una cesta grande repleta de flores verdes y rosas con una mano, mientras con la otra sujetaba a Sasha por la cintura, sin la más mínima intención de dejarla marchar para que fuera repartiendo los boutonnières por ahí. La bloguera, por su parte, se había pegado a ellos como una lapa. ¡A ver dónde iba a encontrar semejante material para sus redes!
Todas las miradas de la sala convergían en la pareja. Y no precisamente por el estrafalario color verde de sus cabellos, sino por la química palpable que irradiaban; eran una auténtica piña. Se notaba en la forma de mirarse, en los roces cómplices, en la complicidad de sus tonos de voz. Nadie albergaba la menor duda de que estaban hechos el uno para el otro. Quienes echaban humo de rabia, en cambio, eran Angélica y Timur. Este último comprendía de sobra que Vlad tenía el camino expedito para hacerse con la dirección general de la empresa de forma oficial y con papeles de porvenir. Y el consejo lo apoyaría sin pestañear; si no, ahí estaba el exitazo con los coreanos para demostrarlo. ¿Quién iba a imaginarse que la chica dominaba el idioma a la perfección y se los ganaría a todos con esa naturalidad arrolladora? ¿Ponerse a cantar en mitad de una negociación? ¿Y marcarse unos pasos de baile con el mismísimo director ejecutivo? Nadie en su sano juicio se habría atrevido a tanto, pero ella lo hizo y la jugada salió redonda. Y por si fuera poco, un contrato global e histórico asomaba en el horizonte.
Los socios coreanos rodearon a la pareja al completo. Mientras para los invitados locales Vlad y Sasha parecían sacados de Shrek o de alguna leyenda mitológica de ninfas verdes, para los visitantes asiáticos la estampa desató una ola de furia estético-moderna y un sinfín de cumplidos, puesto que una de las cantantes de moda en Corea lucía el pelo verde y se hacía llamar el hada del bosque. Sasha apenas daba abasto para prender los alfileres a todo el que se lo pedía, mientras Vlad no se despegaba de su lado: las flores no iban a huir a ninguna parte, y si hacía falta, se guardaban unas cuantas en exclusiva para ella.
Lev Borísovich no cabía en sí de orgullo al ver que su nieto había sellado una alianza internacional tan potente, pero lo que de verdad le embargaba de felicidad era constatar que el muchacho había encontrado el amor de verdad. Y de que aquello era auténtico, el abuelo no tenía la más mínima duda.
— EstáS irreconocibles de guapos. ¡Vaya forma de plantarse en la fiesta! Desde luego, creativos y originales un rato largo —les saludó el anciano con una sonrisa de oreja a oreja.
— Muchas gracias, abuelo. Aunque esto último nos ha pillado por sorpresa hasta a nosotros —replicó Sasha mientras le colocaba con esmero una ramita verde en la solapa.
— Pues parece una estrategia de marketing perfectamente calculada —bromeó el abuelo guiñándole un ojo a Vlad.
La velada transcurrió por unos cauces inmejorables; los coreanos estaban entusiasmados con la energía de Sasha y Vlad. Tanto es así que los directivos extranjeros se animaron a cantar y bailar con ellos. El propio director ejecutivo había obligado a sus subordinados a aprenderse la letra de una canción de su hijo y los pasos del estribillo para no quedarse atrás frente a los anfitriones, demostrando que los de fuera se sabían la lección mejor que los de casa. Por si fuera poco, Vlad dio la campanada. El abuelo y Timur casi se atragantan cuando el joven se arrancó a cantar a capela «Tyi zh mene pidmanula» («Tú me engañaste, tú me defraudaste»); Sasha se sumó al instante y el salón entero rompió a aplaudir, corear el estribillo y bailar al unísono. Los músicos contratados para el evento captaron el vuelo de la melodía al instante y enlazaron un repertorio de folclore ucraniano ante la petición unánime de los asistentes que exigían más. La jefa de contabilidad, que no se perdía un sarao, entonó junto a Sasha la mítica «Krai Chornoho moria» («A orillas del mar Negro»), y uno de los analistas de estadística se atrevió con «Karii ochi» («Ojos avellana»).
La fiesta desbordó tanta espontaneidad, calidez y camaradería que terminó uniendo al equipo como nunca antes.
Todo el mundo flotaba en una nube de satisfacción, salvo Angélica, que seguía clavada en un rincón con cara de funeral. Aprovechando el momento, Vlad le pidió a Irina Petróvna que vigilara de cerca a Sasha, invitó a su abuelo a retirarse a un reservado VIP que había reservado para la ocasión y arrastró hasta allí a Angélica, quien ya barruntaba que aquella charla no iba a terminar bien para sus intereses.
— ¿Se puede saber por qué me traes aquí a rastras? —protestó el abuelo a regañadientes—. ¡Me voy a perder lo mejor del sarao!
— Será solo un minuto, abuelo —respondió Vlad con expresión de granito.
— Angélica, exijo que mañana a primera hora presentes tu dimisión formal y la carta de baja voluntaria. Llevas meses sin cumplir con tus responsabilidades laborales mínimas. He revisado personalmente los registros y fichajes de entrada al despacho durante el último trimestre, y afortunadamente tenemos cámaras de seguridad en el acceso. Tengo las estadísticas diarias de asistencia bien guardadas. Podría haber dejado pasar otras cosas, pero lo que le has hecho hoy en el pelo a Sasha cruza todas las líneas rojas admisibles. Mañana mismo firmas tu salida... —le espetó Vlad con tono implacable.
— Pero es que yo no... —intentó balbucear ella a la defensiva.
— No te estoy pidiendo opinión, te estoy comunicando una decisión irrevocable. Si te niegas por las buenas, cuento con la confesión firmada de la peluquera y de la dueña del salón de belleza. Están más que dispuestas a declarar ante un juez si hace falta. Ya sabes de sobra que en esto no voy a escatimar recursos económicos. ¡No voy a consentir que nadie vuelva a vejar a Sasha!
La última frase resonó con tanta autoridad y frialdad en la estancia que Angélica retrocedió un paso de manera instintiva.
— Espera... ¿así que ha sido esta individua la artífice de que acabaran los dos con el pelo verde? —cayó por fin en la cuenta Lev Borísovich, atando cabos.
— ¡A mí no me mires! ¡Esa petarda tiene el gusto en el trastero! —escupió Angélica con bilis.
— ¡Sasha no es ninguna petarda, y cállate la boca de una vez! Si no te vas por voluntad propia, te despediré fulminantemente por incompetencia y abandono de puesto. Si ni siquiera te dignas a aparecer por la oficina, para qué quieres seguir figurando en plantilla —sentenció Vlad de piedra.
— ¡Tengo derechos adquiridos! ¡Poseo un paquete de acciones de la compañía! —bufó ella sacando carta de socorro.
— Puedes conservar tus títulos como inversora y acudir a las juntas anuales de accionistas si procede, pero fuera de eso, no quiero volver a pisar el edificio en lo que te queda de vida —marcó cada sílaba Vlad, levantando la palma de la mano para cortar en seco cualquier réplica—. Mañana a las nueve firmas los papeles y te largaras de la oficina. Si te encaras, pasado mañana presento la demanda judicial y emito la orden de despido disciplinario por fraude laboral.
Dicho esto, Vlad se giró hacia su abuelo, le indicó con un gesto que salieran y dejó a Angélica sola con su propia hiel.
— ¡Así se hace, carajo! ¡Muy bien por ti! ¡Has defendido a tu chica con uñas y dientes como un auténtico tigre! —alardeó el abuelo con orgullo desbordado de camino al salón.
— ¿Y qué esperabas? —respondió Vlad con una sonrisa torcida, pensando para sus adentros que aquel apelativo que acababa de usar su abuelo era, sin duda, el que mejor describía a su indomable y fascinante Sasha...