Capítulo 12.2. El caballo con abrigo
Después de pasar por la universidad, la pareja regresó a la oficina, donde Irina Petróvna le dejó arreglada toda la documentación a Sasha para las prácticas. Vladislav insistió en hacerle un contrato oficial en regla. Al fin y al cabo, ella había salvado y sacado adelante el contrato con los coreanos.
— He reservado mesa en un restaurante —comentó Vlad cuando se quedaron a solas en su despacho.
— ¿Una reunión de trabajo? —se extrañó Sasha.
— No. Vamos a celebrar tu primer día de trabajo oficial —dijo Vlad, tirando suavemente de ella por la mano para acercarla.
— Me estás mimando demasiado —murmuró Sasha, plantándole un beso en la punta de la nariz.
— Me encanta mimarte y ver cómo sonríes.
En ese instante, el teléfono de Sasha comenzó a sonar.
— ¡Anda, mi madre! —exclamó la chica antes de descolgar—. Hola, mamá.
— Hola, cielo. ¿Cómo estáis? La abuela me contó que estuvisteis el fin de semana por allí. No paró de alabar a Vlad y amenazó con desheredar a Aleksa —comentó Alla Stepánovna.
— ¡Hola! Todo bien. Aún estamos en el trabajo. Alekséi durmió anoche en nuestra casa. ¿Ya ha vuelto por ahí o al final se fue a un hotel? —inquirió Sasha.
— Ya ha vuelto. Ahí lo tengo limpiando los cristales —respondió la madre—. Prometió no volver a meterse contigo. Así que podíais pasaros esta noche por casa a cenar.
— Es que hoy tenemos planes para la cena.
— Pero qué planes ni qué niño muerto, si voy a preparar un pato al horno. Os echo de menos, hija —admitió la madre.
Vlad, que estaba al lado y escuchaba cada palabra de Alla Stepánovna, le hizo un gesto con la mano a Sasha para que le pasara el teléfono.
— Buenas tardes, Alla Stepánovna —saludó Vlad con voz cordial—. Hoy ha sido el primer día oficial de trabajo de Sasha y teníamos pensado celebrarlo. ¿Qué les parece si se unen a nosotros en el restaurante? —propuso Vlad.
— ¿En el restaurante? —repitió la mujer, empezando a pensar a toda prisa qué demonios ponerse para la ocasión.
— Sí. Le prometo que esta vez no habrá ostras —sonrió Vlad.
— Ay, pero si no me he peinado ni nada, y Nikolay no llega a casa hasta dentro de una hora. Vengan hoy a nuestra casa y el fin de semana nos vamos de restaurante —ofreció la mujer. Vlad miró a Sasha pidiéndole aprobación con la mirada, y la chica asintió alegremente. Ella también echaba de menos a sus padres.
— Trato hecho. Nos vamos para allá y reservo mesa para el sábado.
— Perfecto. Os esperamos para cenar —zanjó la madre.
Tras hablar con Alla Stepánovna, la pareja decidió recoger temprano para comprar unos detalles y cambiarse.
— A mamá le va a dar un patatús en cuanto me vea con este pelo —dijo Sasha mirándose al espejo.
— ¿Y si me tiño yo también de verde? —propuso Vlad.
— Ni se te ocurra, ¿quieres que le dé una apoplejía? Le diré que me dio por cambiar de imagen. Total, me queda una semana así.
Sasha no se equivocaba. Cuando Alla Stepánovna vio la cabellera de su hija, se llevó la mano al pecho sofocada.
— ¡Virgen del Carmen! Pensaba que ya habías sentado cabeza y que habías dejado atrás estos experimentos con tu pelo —soltó la madre en shock, mirando a Vlad con ojos acusadores como preguntando: «¿Por qué le has consentido esto?».
— Mamá, no es para siempre. Pronto volverá a ser rosa. Ha sido por exigencias del guion en el trabajo.
— Vaya trabajito el tuyo. ¿Es que no había nadie más a quien destrozarle la melena de esa manera? Menos mal que tu abuela no te ha visto —rezongó la madre.
— Esto es para usted —dijo Vlad entregándole un ramo espectacular con flores verdes y tonos verde claro.
— Qué raro, pero qué bonito —admitió la mujer, pues el ramo era una auténtica maravilla.
— Pues lo mismo pasa con Sasha. Puede que el color de su pelo resulte inusual para algunos, pero ella está preciosa tenga el pelo del color que tenga —sostuvo Vlad saliendo al rescate.
— ¡Vaya, vaya! O sea que ahora ya no eres nuestra Frambuesita, ¡sino la Pepinilla! Tengo un bote de antiséptico verde en la cocina, si quieres te lo traigo para rematar el look —se burló Alekséi, apareciendo por la puerta enfundado en el delantal de su madre.
— Tú ríete, ríete. Ayer me llamó Olya para decirme que vuelve mañana, y no viene sola. La trae al pueblo el nuevo vecino de su abuela. Y me alegro un montón por mi amiga. Por fin ha aparecido en su vida un príncipe de verdad con un coche blanco, porque tú solo sirves para hacer el papel del hermano tonto —le devolvió el golpe Sasha.
La velada en familia transcurrió de maravilla. Comida deliciosa, charla amena y los piques habituales entre Sasha y Alekséi. Acordaron que el fin de semana irían todos al restaurante para conocer al abuelo de Vlad. En un momento dado, Alekséi sacó una máscara de caballo para asustar a Sasha. ¡A saber de dónde la había sacado! Como era de esperar, su hermana se la quitó al instante. ¡Seguro que le encontraba algún uso!
Y no tardó nada en darle uso. Apenas Vlad y Sasha se despidieron y salieron del piso, se fue la luz de golpe en todo el bloque. Sasha encendió la linterna del móvil porque fuera ya estaba oscuro como la boca de un lobo y empezaron a bajar las escaleras. No habían llegado ni al tercer piso cuando oyeron una retahíla de palabrotas de alto voltaje.
— Ah, es el vecino del séptimo que viene cocido otra vez. De sobrio es un pedazo de pan, pero cuando bebe, la Serpeverde lo convierte en una fiera —comentó Sasha con lástima, pues el hombre tenía dos niños y una mujer estupenda que sufrían sus borracheras.
— Ahora mismo lo solucionamos —dijo Vlad, poniéndose la máscara de caballo que le habían requisado a Alekséi y pidiéndole a Sasha que apagara la linterna.
Sasha también decidió sumarse al número. Se levantó por detrás el sobrio vuelo de la falda del vestido, improvisando una especie de capucha siniestra.
— Serán desgraciados... Se han llevado las bombillas del rellano, y yo aquí currando como un caballo... —filosofaba el borracho a oscuras.
— ¡Como un caballo, no! —retumbó la voz de Vlad, distorsionada y cavernosa a través de la máscara. Vlad encendió la linterna enfocándose directamente a la cara.
— ¿Y tú quién coño eres? —preguntó el hombre, frotándose los ojos para intentar descifrar lo que tenía delante. No se podía creer que tuviera enfrente a un caballo parlante.
— ¡Un caballo con abrigo! —respondió Vlad en rima.
— ¿Y qué haces tú aquí? Los caballos duermen... duermen en... ¡Ah, sí, en el establo! —se le ocurrió al borracho, dando un paso atrás espantado. Jamás había hablado con un equino.
— Pues vengo a por ti —soltó Vlad, extendiéndole una mano rígida que le provocó un ataque instantáneo de hipo al vecino.
— ¿Y p-por qué a por mí? —empezó a tartamudear del susto.
— ¡Para llevarte al reino de la Serpeverde! —intervino Sasha modificando la voz, mientras se enfocaba la cara con la linterna e iluminaba su melena verde fluorescente.
— ¡Mamáaaaa! —grito el hombre aterrado, lanzándose a toda prisa entre Sasha y Vlad para subir las escaleras como un rayo. Llegó a su piso más sobrio que una vela. No todos los días se topa uno en el rellano con un caballo con abrigo y una Serpeverde de ultratumba...
— Menudo artista estás hecho —se rio Sasha cuando Vlad se quitó la máscara para no asustar a las vecinas, no fuera a ser que la patrulla de ancianas del banco les tirara piedras al Caballo.
— Gracias por el cumplido —sonrió Vlad—. Aunque tú has estado sublime como Serpeverde.
— Ni se te ocurra contárselo a Alekséi, que si se entera me lo está recordando hasta el fin de sus días.
— Descuida. Pero apuesto a que el vecino no vuelve a probar una gota de alcohol.
— Podríamos montar una empresa: "Serpeverde y el Caballo con abrigo contra el alcoholismo" —bromeó Sasha.
— Si es contigo de socia, me apunto a lo que sea —sonrió Vlad, abrazando con ternura a su preciosa chica de pelo verde.