Mujer de alquiler

Capítulo 12.3. Cálmate. ¡No te pongas nervioso!

Capítulo 12.3. Cálmate. ¡No te pongas nervioso!

Al día siguiente, Olya debía regresar del pueblo de su abuela, por lo que Sasha acordó con Vlad salir de la oficina sobre las doce. Había revisado minuciosamente toda la documentación y tenía la tarde libre. La pareja acordó encontrarse en un parque cercano, ya que Olya se moría de ganas por conocer a Vlad, de quien Sasha le había hablado hasta por los codos; incluso le había enviado un par de fotos advirtiéndole que en persona era todavía más guapo.
— Te has enamorado hasta las trancas, amiga —comentó Olya saboreando un helado.
— ¡Es que es genial! Imagínate que ya se ha aprendido varias canciones de Jimin, y eso que tú siempre refunfuñabas diciendo que aquello sonaba a chatarra.
— Me alegro un montón por ti, de verdad —dijo Olya con sinceridad.
— Y tú, ¿qué tal? ¿Te ha llamado Alekséi? —se interesó Sasha.
— Me llamó, sí, pero ¿de qué sirve? Suelta dos palabras contadas, se queda en silencio y lo único que hace es respirar agitado por el teléfono —se desahogó Olya.
— Vaya un acosador de pacotilla —bromeó Sasha para animar a su amiga.
— ¡Y que lo digas!
— ¿Quieres que le pongamos las cartas sobre la mesa de una vez? ¿Hasta cuándo va a seguir mareando la perdiz?
— La verdad es que ya empiezo a dudar de que sienta algo por mí... —suspiró Olya con tristeza.
— ¡Eh, alto ahí! Quítate esos pajaritos de la cabeza, amiga. Mi hermano es un mentecato, de eso no hay duda, pero te aseguro que está colado por ti. Mira, hablando del rey de Roma —exclamó Sasha al ver que en la pantalla de su móvil brillaba la foto de su hermano embadurnado con antiséptico verde y con la pedicura rosa hecha. ¡No había podido resistirse en su momento! ¡Aquel recuerdo no tenía precio!—. ¡Hola, Pepinillo! ¿Qué quieres?
— ¡Hola! ¿Cómo estás?
— Comiendo un helado con Olya —lanzó el anzuelo Sasha.
— ¿Con Olya? ¿Dónde estáis?
— En el parque, al lado de la fuente. Si quieres, vente —ofreció Sasha.
— Estoy cerca. Voy para allá ahora mismo —respondió Alekséi antes de colgar.
— Listo, tu Pepinillo viene volando —sonrió Sasha.
— No lo llames así —protestó Olya.
— A ver, ¡un pepinillo es un pepinillo aquí y en la China!
— ¡¿Olya?! —resonó una voz masculina a sus espaldas.
— ¡Hola, Antón! Qué alegría verte —respondió Olya dirigiéndose a un chico bastante apuesto—. Sasha, te presento: él es Antón. Sus padres compraron una casa cerca de la de mi abuela y me ha traído en coche.
— Hola, encantada —saludó Sasha cordialmente, felicitándose en silencio porque su hermano estuviera a punto de atrapar a Antón al lado de Olya. ¡Que sufra un poco de celos, que se ha dormido en los laureles!
— Olya, no me habías dicho que tenías una amiga tan radiante y atractiva. Parecéis dos flores —soltó Antón, e hizo ademán de rodear con los brazos a ambas chicas. ¿A este qué le pasaba? ¿Acaso le sobraban las extremidades?
En ese mismo instante, Vlad salía de la oficina para acudir a su cita con Sasha cuando recibió una llamada de Alekséi. El hermano de Sasha le rogaba que lo recogiera al otro lado de la ciudad para ir juntos al encuentro con las chicas. Vlad, sabiendo que Alekséi no encontraba el momento de declararse, decidió echarle una mano. Puso rumbo a toda prisa hacia el punto acordado, lo recogió y se dirigieron al parque.
Entre charla y charla, el tema derivó inevitablemente hacia los asuntos del corazón.
— ¿Se puede saber por qué no le confiesas de una vez lo que sientes? —preguntó Vlad sin rodeos.
— No te lo vas a creer, pero me he entrenado mil veces delante del espejo, me he escrito los discursos en papelitos, pero en cuanto la tengo delante... ¡me quedo en blanco! ¡Como si me hubieran hecho un mal de ojo, te lo juro! Si no supiera que Sasha quiere con locura que salgamos juntos, pensaría que fue a ver a una bruja para echarme un hechizo —admitió Alekséi.

— Pues no la mires a los ojos al hablar.
— Tampoco funciona. Lo he intentado por teléfono un par de veces, pero nada: me quedo hiperventilando como un perturbado —se confesó el chico.
— Espera... ¿quién es ese que está al lado de las chicas? —inquirió Vlad aparcando el coche a unos metros.
— Un kamikaze —masculló Alekséi apretando los puños al ver cómo el desconocido comenzaba a abrazar a Olya.
— Cálmate. ¡No te pongas nervioso! —intentó apaciguarlo Vlad.
Sin embargo, al segundo siguiente, el intruso extendió el otro brazo para estrechar también a Sasha.
— ¿Es que le ha cansado la vida o qué le pasa? —manifestó Vlad en voz alta, saliendo del coche a la par que Alekséi.
— Cálmate. ¡No te pongas nervioso! —le devolvió Alekséi sus propias palabras como un eco.
Y ambos avanzaron a paso firme hacia las chicas y hacia el desconocido, que evidentemente creía que sus brazos eran eternos e irrompibles.




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