¿SOMOS AUTÉNTICAS?
¿Somos auténticas? ¿Tenemos personalidad? ¿Quiénes somos realmente?
¿Tenemos respuestas para esas preguntas o simplemente creemos tenerlas?
Vivimos en una sociedad que nos enseña a mirar constantemente hacia los lados. Observamos cómo viste otra mujer, cómo habla, cómo vive, qué logra y cómo parece sentirse. Sin darnos cuenta, comenzamos a compararnos. Poco a poco dejamos de preguntarnos quiénes somos y empezamos a preguntarnos cómo podemos parecernos a alguien más.
La comparación se vuelve un hábito silencioso. A veces nace de la admiración; otras, de la inseguridad. Y cuando no somos conscientes de ello, puede llevarnos a perder aquello que nos hace únicas.
Todo empieza con pequeños cambios. Comenzamos a copiar acciones, palabras, expresiones, gustos e incluso sueños. Dejamos de actuar con espontaneidad porque creemos que existe una manera "correcta" de ser mujer. Poco a poco dejamos de vivir de acuerdo con nuestra esencia y empezamos a construir una versión de nosotras basada en la aprobación de los demás.
Ser auténtica implica un profundo proceso de autoconocimiento. Nadie nace con una identidad completamente definida; esta se construye mediante las experiencias, los aprendizajes, las decisiones y los desafíos que la vida presenta.
Una mujer auténtica se toma el tiempo de observarse, comprender sus fortalezas y aceptar sus debilidades sin convertirlas en motivo de vergüenza. Entiende que crecer no significa eliminar todas sus imperfecciones, sino aprender a convivir con ellas mientras continúa evolucionando.
La pérdida de identidad casi nunca ocurre de un día para otro.
Empieza cuando dejamos de escuchar nuestra voz para escuchar únicamente el ruido del exterior.
Comienza cuando ocultamos lo que realmente queremos para encajar en lo que otros esperan de nosotras.
Empieza cuando convertimos la vida en una competencia.
La competencia puede surgir en cualquier lugar: entre hermanas, primas, amigas, compañeras de trabajo o incluso entre desconocidas.
Aparece cuando dejamos de admirar y comenzamos a rivalizar.
Cuando pensamos:
"Ella no da para eso, pero yo sí."
"Eso me queda mejor a mí."
O cuando creemos que alguien no merece aquello que ha conseguido, sin conocer el esfuerzo, los sacrificios o las lágrimas que hubo detrás de su éxito.
En ese momento dejamos de construir nuestro propio camino para intentar demostrar que somos mejores que alguien más.
Y mientras más energía invertimos en competir, menos tiempo dedicamos a descubrir quiénes somos realmente.
Con el tiempo comprendí que no todas las personas tienen una personalidad definida. Algunas viven buscando una identidad prestada.
No porque sean malas personas, sino porque nunca aprendieron a conocerse.
En ocasiones toman como referencia la vida de quienes las rodean e intentan repetir sus pasos, creyendo que, si hacen exactamente lo mismo, obtendrán los mismos resultados.
Sin embargo, la autenticidad no funciona de esa manera.
La autenticidad no se hereda, no se compra, no se imita y tampoco se roba.
La autenticidad nace cuando una persona deja de perseguir la vida de los demás y comienza a construir la suya.
Entonces surge una pregunta aún más importante:
¿Cómo se recupera la autenticidad cuando sentimos que la hemos perdido?
Se recupera en el silencio.
En ese momento en el que dejamos de escuchar las opiniones de todos para escuchar, por fin, nuestra propia voz.
Se recupera cuando aprendemos a estar solas sin sentir la necesidad de compararnos con nadie.
Cuando dejamos de consumir aquello que nos hace sentir insuficientes.
Cuando aprendemos a decir:
"Esto me gusta."
Sin importar si está de moda o no.
Se recupera cuando dejamos de competir y empezamos a admirar.
Porque admirar inspira.
Competir desgasta.
Se recupera cuando dejamos de preguntarnos cómo podemos parecernos a otra mujer y comenzamos a preguntarnos qué versión de nosotras mismas queremos construir.
También se recupera aceptando que nunca seremos iguales a nadie.
Y esa es precisamente nuestra mayor riqueza.
Cada mujer posee una historia diferente, heridas diferentes, sueños diferentes y una forma única de mirar el mundo.
Pretender vivir la vida de otra persona es renunciar al privilegio de descubrir la propia.
La autenticidad no consiste en ser perfecta.
Consiste en ser coherente.
Es vivir de acuerdo con nuestros principios incluso cuando nadie nos está observando.
Es atrevernos a cambiar de opinión cuando aprendemos algo nuevo.
Es reconocer nuestros errores sin sentir que eso disminuye nuestro valor.
Es poder decir:
"Esto soy."
"Esto quiero."
"Esto no quiero."
"Esto estoy aprendiendo."
"Esto todavía no lo sé."
Sin sentir que necesitamos justificarnos ante todo el mundo.
Porque conocernos también significa aceptar que todavía existen partes de nosotras que estamos descubriendo.
Al final, la autenticidad es un acto de libertad.
El día que dejamos de vivir para demostrar algo y comenzamos a vivir para ser quienes realmente somos, dejamos de necesitar la aprobación del mundo.
Y entonces ocurre algo hermoso:
ya no necesitamos parecernos a otra mujer para sentirnos suficientes.
Ya no necesitamos competir para sentirnos valiosas.
Ya no necesitamos demostrar que somos mejores.
Porque comprendemos que nuestra vida no es una carrera.
No tenemos que llegar al mismo lugar, al mismo tiempo ni de la misma manera que nadie.
Tenemos nuestro propio camino.
Y la mujer que descubre quién es, deja de necesitar competir con las demás.
Porque su única competencia...
es la mujer que fue ayer.