Mujer Virtuosa

CAPÍTULO 2: 

CAPÍTULO 2:

LA MUJER VIRTUOSA SE LLEVÓ BIEN CON SU SUEGRA

"En ella confía de corazón el marido, y no carecerá de ganancias." — Proverbios 31:11

La arena de Moab era un recuerdo amargo. Lo único que Rut se había llevado de allí era la ropa desgastada, la tierra estéril y, lo más pesado de todo, el título de viuda.

El hambre no solo mata; despoja de dignidad. Después de que su marido y su suegro murieran en aquella tierra extranjera, a Noemí no le quedaba nada salvo el polvo del camino y la pesada conciencia de ser una carga. Su única directriz fue la lógica de la supervivencia: deshacerse de lo inútil.

—Anda, volveos cada una a la casa de vuestra madre —dijo Noemí a sus nueras, con la voz seca por el duelo y la fatiga—. Que Jehová os haga merced, como la habéis hecho con los difuntos y conmigo.

Orfa, la otra nuera, lloró. Besó a Noemí y se fue, abrazando la lógica. Regresaría a su tribu, a su gente. A la seguridad. Era la decisión razonable. Era la decisión que la ley de supervivencia demandaba.

Pero Rut no se movió.

Noemí intentó persuadirla, empujarla hacia la seguridad de su hogar.

—Mira, tu cuñada se ha vuelto a su pueblo, y a sus dioses. Vuelve tú tras ella.

Y en ese instante, en ese camino polvoriento entre Moab y Judá, Rut hizo la elección que la inmortalizaría, la elección que desafió toda convención social, legal y económica de su tiempo. Eligió el amor sobre la ley.

La respuesta de Rut no fue un susurro de súplica; fue un juramento de hierro, el verdadero manifiesto de una Eshet Ḥayil.

—No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.

Noemí entendió que esa obstinación no era negociable. No era solo lealtad; era la estima inquebrantable que se manifiesta en la dedicación total. El corazón de Noemí se llenó de una esperanza nueva, nacida en la desesperación y sellada por la palabra de una extranjera.

Juntas llegaron a Belén en medio de la cosecha de cebada. Rut era una Moabita, una forastera que no solo era viuda y pobre, sino que estaba legalmente desfavorecida en una tierra que apenas toleraba a los suyos.

La estima de Rut no se demostraría con la palabra, sino con el trabajo.

En cuanto a la ganancia de Noemí, esta no se obtendría del marido que el versículo prometía, sino de la diligencia de Rut.

Cada mañana, antes de que el sol quemara los campos, Rut iba a espigar. Recogía lo que los segadores dejaban caer, el alimento de los más pobres. Era un trabajo humillante, agotador, pero ella lo hacía con la diligencia feroz de quien sabe que la dignidad se gana en la acción.

En un campo que pertenecía a Booz, un pariente rico y respetado, Rut trabajaba con la cabeza baja. Booz la vio. No vio a la mujer pobre o a la extranjera. Vio su persistencia, su humildad y su fuerza silenciosa.

Cuando preguntó quién era, supo la historia completa: la forastera que había abandonado todo para mantener a su suegra.

Booz se acercó a ella con una generosidad inusual. No era caridad; era reconocimiento. Le ordenó a sus siervos que la trataran bien, que no la molestaran, y que deliberadamente dejaran más grano para que espigara.

—Jehová recompense tu obra —dijo Booz—, y tu remuneración sea completa de parte de Jehová Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte.

El valor de Rut no era el valor de las joyas o de la dote. Su valor era su nobleza moral, tan grande que la obligaba a sacrificar su futuro por su pasado.

La culminación llegó cuando, siguiendo las instrucciones de su suegra, Rut se presentó ante Booz en la era en mitad de la noche. Ella buscaba protección, redención.

Cuando Booz la encontró, no había burla, solo asombro.

—Bendita seas tú de Jehová, hija mía —dijo él, y sus palabras fueron un bálsamo sobre las leyes de la exclusión—. Toda la gente de mi pueblo sabe que eres mujer virtuosa (Eshet Ḥayil).

Booz no le estaba dando el título. Solo estaba reconociendo lo que ya era un hecho público. El título de Eshet Ḥayil no se lo ganó en el hogar, sino en el sacrificio público y la lealtad inquebrantable.

Booz, confiando plenamente en ella como la mujer de valor que era, asumió su responsabilidad de redentor. Se casó con Rut.

Y así, la Moabita, la viuda y la pobre, se convirtió no solo en la esposa de un hombre rico (cumpliendo el versículo: En ella confía de corazón el marido), sino que su linaje se unió al de Israel, dando a luz a Obed, abuelo del rey David.

La ganancia prometida (no carecerá de ganancias) no fue solo económica. Fue la ganancia de la historia.

La Estima Invaluable de Rut fue la lealtad que no preguntó por el costo y la dignidad que se mantuvo firme aun en los campos de los extraños.




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