Mujer Virtuosa

INTERLUDIO A

Proverbios 31:11

"El corazón de su marido está en ella confiado, y no carecerá de ganancias."

Interpretación de Jennifer Morrison
Plano, Texas | Diario privado (no compartido inicialmente)
Jueves, 9 de marzo, 2024 — 9:47 PM

Agua caliente. Espuma. Plato tras plato tras plato.

El corazón de su marido está en ella confiado.

Mark confía en mí.

Por supuesto que confía.

Confía porque los niños están alimentados. Confía porque su camisa está planchada. Confía porque la casa no huele a basura acumulada. Confía porque su madre recibe su tarjeta de cumpleaños a tiempo. Confía porque hay leche en el refrigerador y papel higiénico en el baño y que alguien programó la cita del dentista para Ethan y que alguien se acordó que Sophia necesitaba disfraz para el día del libro y que alguien llamó al plomero cuando el fregadero goteaba.

Ese alguien soy yo.

Entonces sí, su corazón confía.

Confía en que el mundo seguirá girando. Confía en que su vida funcionará sin fricción. Confía en que cuando llegue a casa habrá cena y conversación agradable y que los problemas del día ya estarán resueltos antes de que él se entere que existieron.

Vidrio ahora. El de Lily. Con mantequilla de maní pegada. Remojo primero.

¿Y si no hago todo esto? ¿Y si mañana simplemente... no?

¿En qué confiaría entonces su corazón?

No carecerá de ganancias. Eso dice el versículo.

Ganancias.

Como si el matrimonio fuera negocio. Como si yo fuera inversión. Y supongo que lo soy. Él fue a la universidad. Yo también, pero dejé el trabajo cuando nació Ethan porque "tenía más sentido" y "alguien tiene que estar con los niños" y "tu salario apenas cubría la guardería de todos modos."

Ocho años después, aquí estoy. Lavando platos a las 9:47 de la noche.

Las ganancias son suyas. Su carrera avanza. Sus contactos se expanden. Su currículum se fortalece.

¿Mis ganancias? Un espacio en blanco de ocho años que ningún empleador tomará en serio.

Cuchara. Tenedor. Cuchillo. Otro tenedor. ¿Por qué usamos tantos tenedores?

Mark dice que "ayuda." Esa palabra. Ayuda.

"Cariño, dime qué necesitas, yo ayudo."

"Hoy ayudé con los niños."

"¿En qué puedo ayudar con la cena?"

Ayudar implica que es mi trabajo y él es asistente generoso. Ayudar implica que la responsabilidad es mía y él, cuando tiene tiempo y energía, me hace un favor.

No dice "hice mi parte." No dice "también soy padre de estos niños." No dice "esta también es mi casa."

Dice "ayudo."

Y yo debería estar agradecida. Todas mis amigas me dicen que tengo suerte. "Al menos Mark ayuda. El mío no hace nada." Como si la barra estuviera tan baja que "ayudar ocasionalmente" fuera motivo de medalla.

Olla grande. La del espagueti. Necesita tallarse.

Su corazón confía en mí.

¿El mío confía en él?

No me atrevo a hacer esa pregunta en voz alta porque la respuesta me aterra.

Confío en que me amó alguna vez. Confío en que sigue aquí. Confío en que paga las cuentas. Confío en que no es cruel.

Pero ¿confío en que me ve? ¿En que sabe quién soy más allá de lo que hago por él? ¿En que si me derrumbo, si digo "no puedo más," él sabrá qué hacer?

No.

No confío en eso.

Porque nunca he fallado. Nunca me he permitido fallar. Su confianza existe porque yo sostengo todo. Si dejo caer algo, si colapso, si admito que estoy exhausta hasta los huesos... no sé qué pasaría.

Tal vez me sostendría. Tal vez tomaría las riendas. Tal vez finalmente vería cuánto hago.

O tal vez se sentiría traicionado. Tal vez su confianza se rompería. Tal vez descubriría que su confianza nunca fue en mí como persona sino en mí como función. Como sistema. Como máquina que mantiene su vida andando.

Taza de café. Suya. Con residuo marrón en el fondo. La dejó en la sala. Como siempre.

Esta noche, después de cenar—pollo al horno, arroz, brócoli, nada especial pero nutritivo y a tiempo—Mark dijo "estuvo bueno, gracias" y se fue a su oficina. Tiene proyecto importante. Entiendo. Yo limpié la cocina. Bañé a Lily. Leí cuentos. Metí a los tres en cama. Doblé la ropa. Revisé que las mochilas estuvieran listas para mañana.

Ahora estoy aquí. Sola con los platos y el zumbido del refrigerador.

Y su corazón confía.

Confía en que estaré aquí mañana haciendo exactamente esto. Y pasado mañana. Y el siguiente.

Confía en que no me romperé. Confía en que no gritaré. Confía en que no empacaré una maleta y desapareceré (aunque a veces fantaseo con eso, Dios me perdone).

Confía en que mi amor es infinito. Mi energía, renovable. Mi paciencia, ilimitada.

Confía en que soy la mujer virtuosa del proverbio.

Pero no soy virtuosa. Estoy agotada.

No soy fuerte. Estoy aguantando con uñas rotas.

No me levanto de noche con gozo para servir a mi familia. Me levanto porque Lily tiene pesadillas y porque Ethan moja la cama y porque alguien tiene que hacerlo y ese alguien siempre soy yo.

Última olla. La pongo en el escurridor.

Manos arrugadas del agua caliente. Espalda doliendo. Ojos cansados.

Subo a la habitación. Mark ya está dormido. Confía en que yo cerraré la casa, apagaré las luces, pondré la alarma.

Y lo hago.

Porque su corazón confía.

Y el mío está demasiado cansado para sentir nada.




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