Mujer Virtuosa

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 3:

LA MUJER VIRTUOSA QUE REPARÓ LA NECEDAD DE SU MARIDO

"Le da ella bien y no mal todos los días de su vida." — Proverbios 31:12

Imaginad, amigas mías, las áridas colinas en los tiempos antiguos, donde los rebaños pacían bajo un sol implacable y la riqueza se medía en miles de ovejas y cabras.

Allí vivía Nabal, un hombre cuyo nombre significaba "necio" y que hacía honor a él con creces: áspero, grosero y ebrio de su propia fortuna. Su casa rebosaba de prosperidad, mas su corazón era una roca dura. En contraste, su esposa Abigaíl era descrita como una mujer de "buen entendimiento y de hermoso semblante": sabiduría profunda y dignidad radiante. Ella era la verdadera guardiana del hogar, no con gritos o lamentos, sino con inteligencia fría y diplomacia maestra.

Llegó la temporada de la esquila, época de fiesta y abundancia.

Por meses, David —el guerrero fugitivo, ungido futuro rey— y sus hombres habían protegido aquellos rebaños de bandidos del desierto. Era una alianza tácita, sellada por la gratitud. David envió mensajeros humildes pidiendo una ofrenda: pan, agua, un gesto de reconocimiento.

Mas Nabal, inflado de arrogancia, respondió con insolencia mortal: "¿Quién es ese David, hijo de Isaí? ¿Voy a dar mi pan y mi vino a desconocidos?". Insultó al futuro rey, tratándolo como esclavo fugitivo. El bien recibido lo devolvió con mal venenoso.

El mensajero regresó aterrorizado. David, herido en el honor, ciñó su espada y juró venganza: cuatrocientos hombres armados marcharían al alba para no dejar vivo a un solo varón de la casa de Nabal.

La necedad del marido había condenado a muerte a familia, siervos y patrimonio entero.

Un siervo leal corrió a Abigaíl: "¡El mal está resuelto contra nosotros, y Nabal es tan necio que no escucha a nadie!". Abigaíl no vaciló, no rogó a su esposo inútilmente. Tomó el mando con resolución de capitana en batalla. Ordenó rauda una ofrenda regia: doscientos panes, odres de vino, ovejas guisadas, grano, pasas e higos. Un regalo digno de un rey.

Sola, montada en su asna, cargada de provisiones, salió al encuentro de la muerte que avanzaba.

Al ver a David y sus guerreros, se postró en tierra con humildad estratégica. Mas su arma verdadera fue el discurso: sabio, profético, irresistible.

"No haga caso mi señor de ese Nabal, pues cual su nombre, tal es él. Yo no vi a tus mensajeros". Tomó la culpa sobre sí, excusó a David de venganza sangrienta y lo elevó: "Jehová te ha impedido derramar sangre. Cuando Él te haga príncipe sobre Israel, no tendrás remordimiento por haber matado sin causa".

No suplicaba misericordia; recordaba a David su destino real. Le ofrecía el camino noble, preservando su futuro trono de mancha.

David, desarmado por tanta sabiduría, bendijo a Dios y a ella: "Bendita seas tú, que me has estorbado de venganza".

Abigaíl regresó. Nabal banqueteaba ebrio, ajeno al abismo del que ella lo había salvado. Al día siguiente, al contárselo, su corazón se paralizó; diez días después, murió por su propia necedad.

El mal que él provocó lo reparó el bien de Abigaíl. David, admirando no solo su belleza sino su valor inestimable —esa capacidad de pensar con claridad en la crisis—, la tomó por esposa.

¡Qué lección eterna para vosotras, mujeres fuertes de hoy! Abigaíl es la mujer virtuosa que administra la paz en la tormenta, que con inteligencia y acción rescata a los suyos de las consecuencias de la locura ajena. No se rinde ante la necedad; la contrarresta con bien estratégico, preservando el futuro.

Vosotras también podéis ser gestoras de crisis: en el hogar, en el trabajo, en la vida. Cuando la imprudencia amenaza, levantad vuestra voz sabia, actuad con decisión, dad bien donde hay mal. Vuestra sabiduría puede desarmar espadas y abrir caminos reales.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.