Proverbios 31:12
"Le da ella bien y no mal todos los días de su vida."
Interpretación de Aisha Al-Yassin
Campo de refugiados de Eleonas, Grecia | Carta privada
Sábado, 11 de marzo, 2024
Mamá:
Hoy encontré el libro que me diste antes de morir. No sé cómo sobrevivió el viaje —el mar, las fronteras, las noches durmiendo en parques— pero aquí está. Las páginas manchadas de agua salada, las esquinas dobladas. Tu caligrafía en los márgenes, en árabe, anotaciones que hiciste cuando eras joven.
Proverbios 31. Me pediste que lo leyera cuando me casara. Nunca imaginaste que lo leería aquí, en una carpa que comparto con otras tres familias, mientras Karim duerme en el colchón delgado que nos dieron.
"Le da ella bien y no mal todos los días de su vida."
Bien, no mal, todos los días de su vida.
Mamá, ¿te acuerdas cuando la guerra comenzó? Yo tenía catorce años.
Ahora tengo veintinueve. Ahora tengo a Karim. Ahora entiendo.
El bien que le doy a mi hijo no es abstracto. Es concreto. Es leche cuando hay leche disponible. Es chocolate cuando el voluntario reparte dulces y yo empujo a otros para asegurarme que Karim reciba uno. Es mi porción de cena cuando él dice que tiene hambre y ya no queda comida.
El bien es mentirle cuando pregunta dónde está su papá. "Vendrá pronto," le digo. No le digo que su padre está muerto. No le digo que lo vi morir. Cuatro años es demasiado joven para cargar esa verdad. El bien, en este momento, es la mentira que lo protege.
Tú me diste bien, mamá. Cada día de tu vida.
Cuando enfermaste —¿te acuerdas?— y el hospital no tenía medicinas, pagaste soborno al doctor. Dinero que necesitábamos para comida. Pero dijiste: "Si muero, ¿quién cuidará a Aisha?" Entonces el soborno era bien. El soborno me salvó.
Cuando llegamos a Turquía y el traficante quería más dinero del acordado, tú negociaste. Usaste tu cuerpo como moneda de cambio sin decírmelo directamente, pero yo sabía. Yo vi tu cara cuando regresaste de "arreglar los papeles." Yo vi cómo no me mirabas a los ojos durante días.
Nunca hablamos de eso. Pero yo sabía que habías dado bien y no mal. Habías sacrificado tu dignidad —cosa abstracta— por mi seguridad —cosa concreta.
Aquí en el campo, doy bien a Karim de formas que me avergüenzan.
Hago amistad con los voluntarios que controlan las distribuciones de comida. Sonrío más de lo necesario. Uso ropa que muestra más piel de la que usaría normalmente. No es prostitución —nunca he cruzado esa línea— pero es cercano. Es transaccional. Es estratégico.
¿Es eso mal? ¿O es bien disfrazado de supervivencia?
Cuando otra madre me pidió que cuidara a su hija enferma mientras ella iba al hospital, dije que no podía. Porque si su hija tiene algo contagioso y Karim se enferma, no tengo dinero para doctores. Entonces protejo a mi hijo rechazando a su hija.
¿Es eso bien? ¿O es egoísmo necesario?
Robé una vez. Pan de la cocina comunal. No para mí —para Karim que había llorado de hambre toda la noche. Alguien más no comió ese día porque yo robé su porción. No sé quién. No quiero saber.
¿Eso cuenta como dar bien?
Mamá, el versículo dice "todos los días de su vida." Como si fuera posible ser consistentemente buena. Como si cada día ofreciera opciones claras entre bien y mal.
Pero mis días aquí no ofrecen esas opciones. Mis días ofrecen opciones entre mal menor y mal mayor. Entre sacrificar extraño o sacrificar hijo. Entre dignidad propia y seguridad de Karim. Entre honestidad absoluta y protección práctica.
Elijo a mi hijo. Siempre elijo a mi hijo. Eso significa que alguien más pierde. Eso significa que mi bien es el mal de otro.
¿Cómo reconcilio eso con este versículo que hace que dar bien suene tan simple, tan puro, tan consistente?
Creo que finalmente entiendo lo que tú entendías, mamá.
El bien no es perfección moral. El bien es hacer lo que sea necesario para proteger a quien amas mientras mantienes tanto de tu humanidad como sea posible bajo circunstancias imposibles.
Tú me diste bien cada día de tu vida. No porque fueras santa. No porque nunca hicieras cosas cuestionables. Sino porque cada decisión —cada mentira, cada sacrificio, cada compromiso— fue calculada para maximizar mi oportunidad de sobrevivir.
Yo hago lo mismo por Karim.
Mentí en mi solicitud de asilo. Exageré la persecución. Enfaticé mi herencia judía más de lo que realmente practicamos porque los oficiales responden mejor a ciertas narrativas. ¿Es mentira? Técnicamente. ¿Es mal? No lo sé. ¿Me da ventaja que mejora las posibilidades de Karim de tener futuro fuera de este campo? Sí.
Entonces lo hice. Y lo haría de nuevo.
Usé conexiones. Llamé favores. Prometí cosas que tal vez no pueda cumplir. Manipulé. Persuadí. Hice lo que cualquier madre haría.
Le di bien a mi hijo. No mal.
Pero "bien" aquí no significa lo que significaba en tu casa de Damasco antes de la guerra. No significa generosidad universal o bondad desinteresada o pureza moral.
Significa protección feroz. Significa priorizar. Significa hacer cálculos imposibles sobre quién merece tu limitado bien cuando no hay suficiente para todos.
Anoche, Karim tuvo pesadilla. Me abrazó llorando. Le canté la canción que tú me cantabas. La misma en árabe que tu madre te cantó a ti.
En ese momento, le di bien puro. Amor sin cálculo. Consuelo sin costo. Ternura que no requiere sacrificar a nadie más.
Esos momentos son raros aquí. Pero existen.
Y creo que esos momentos —esas pequeñas islas de bien puro en océano de decisiones imposibles— son suficientes para cumplir el versículo.
"Todos los días de su vida."
No todos los momentos. No cada acción. Pero todos los días contienen al menos un momento donde doy bien sin compromiso, donde mi amor por mi hijo no requiere quitarle a otro, donde soy simplemente madre sosteniendo a su niño en la oscuridad.