Proverbios 31:12
"Le da ella bien y no mal todos los días de su vida."
Interpretación de Dra. Claudia Serrano
Departamento de Estudios de Género
Borrador de ensayo (no publicado)
Domingo, 12 de marzo, 2024
La Tiranía de la Bondad Perpetua: Proverbios 31:12 como Tecnología de Control de Género
ABSTRACT: Este ensayo examina cómo Proverbios 31:12 codifica expectativas de perfección emocional femenina que operan como mecanismo de control social. El mandato de dar "bien y no mal todos los días de su vida" establece estándar de consistencia imposible que niega humanidad completa a las mujeres mientras refuerza su función como reguladoras emocionales y proveedoras de cuidado perpetuo.
I. El Imperativo de la Bondad Constante
"Le da ella bien y no mal todos los días de su vida."
Analicemos la estructura de esta frase con precisión:
"Le da" — Verbo activo que establece labor como su función primaria. Ella existe para dar.
"bien y no mal" — Oposición binaria que elimina espacio para ambigüedad, complejidad, o humanidad falible. No hay espacio para neutralidad, para cansancio que resulta en indiferencia temporal, para días donde simplemente no tiene nada que dar.
"todos los días" — El modificador temporal más opresivo. Sin excepciones. Sin días de descanso. Sin permiso para colapso ocasional.
"de su vida" — Duración completa de su existencia. Desde que asume este rol (¿matrimonio? ¿maternidad?) hasta la muerte, sin jubilación, sin retiro, sin fin.
El versículo construye prisión temporal perfecta. Una mujer atrapada en presente continuo de bondad obligatoria, extendida a través de toda su biografía.
Simone de Beauvoir observó que "uno no nace mujer, se convierte en una." Este versículo es manual de instrucciones para esa conversión: convertirse en mujer significa convertirse en máquina de bondad perpetua que nunca falla, nunca descansa, nunca dice "no puedo más."
II. El Mito de la Consistencia Emocional
Investigación contemporánea sobre burnout femenino (Maslach & Leiter, 2016; Petersen, 2021) documenta lo que este versículo oculta: la expectativa de consistencia emocional es insostenible y patológica.
Las mujeres reportan "carga mental" desproporcionada (Hartley, 2019)—responsabilidad no solo de ejecutar tareas sino de anticipar necesidades, gestionar emociones de otros, mantener funcionamiento del sistema familiar/social incluso cuando ellas mismas están en crisis.
El mandato de dar "bien y no mal" todos los días codifica esta carga como virtud en lugar de reconocerla como explotación. Transforma agotamiento estructural en falla moral individual: si no puedes dar bien constantemente, el problema eres tú, no el sistema que demanda lo imposible.
Estudios sobre trabajo emocional (Hochschild, 1983) muestran que las profesiones dominadas por mujeres—enfermería, enseñanza, cuidado—requieren "gestión de sentimientos" constante: sonreír cuando estás cansada, ser paciente cuando estás frustrada, dar cuando estás vacía.
Proverbios 31:12 es antecedente bíblico de esta explotación emocional. Establece precedente teológico para expectativas laborales contemporáneas que extraen bondad como recurso renovable sin reconocer que los seres humanos no son recursos renovables.
III. La Asimetría de la Bondad
Pregunta crítica: ¿Dónde está el versículo que demanda que el marido le dé a ella "bien y no mal todos los días de su vida"?
No existe.
La bondad en este texto es direccional, no recíproca. Fluye de mujer hacia otros—esposo, hijos, empleados (versículos posteriores mencionan "criadas"), comunidad—pero no hay mecanismo textual que asegure flujo de regreso hacia ella.
Esto no es accidente literario. Es arquitectura de poder.
Bell hooks argumenta que el patriarcado requiere que las mujeres den amor sin condición mientras los hombres reciben amor sin reciprocidad. Este versículo es mecánica precisa de ese sistema.
La mujer virtuosa da bien. El marido recibe bien. Su virtud se mide por su dar. Su valor se mide por su recibir.
El texto ni siquiera contempla que ella podría tener necesidades propias, días donde necesita recibir bien, momentos donde dar sería vaciarse hasta destrucción.
IV. Autosacrificio como Virtud Máxima
Sara Ruddick, en Maternal Thinking (1989), analiza cómo la maternidad ha sido romantizada como autosacrificio total. La "buena madre" se borra a sí misma, existe solo como función.
Este versículo hace lo mismo pero expande el modelo más allá de maternidad hacia feminidad completa. Ser mujer virtuosa es ser perpetuamente auto-sacrificial.
No hay versículo que diga "y ella también se da bien a sí misma." No hay instrucción de autocuidado, de límites, de decir no cuando dar bien significa darse mal a sí misma.
Adrienne Rich escribió sobre "institución de la maternidad" versus "experiencia de la maternidad"—cómo el sistema oprime incluso cuando el acto individual puede ser amoroso. Aquí vemos lo mismo: "institución de la feminidad virtuosa" que requiere disolución del yo.
Las consecuencias son documentadas: depresión femenina, ansiedad, enfermedades psicosomáticas vinculadas a supresión de necesidades propias. Dar bien a otros mientras te das mal a ti misma no es virtud. Es síntoma de sistema enfermo.
[El ensayo se interrumpe aquí. Las siguientes líneas están escritas a mano, en los márgenes, claramente añadidas más tarde]:
No puedo terminar este ensayo.
He escrito veinte páginas más. Citas perfectas. Argumentos sólidos. Deconstrucción implacable.
Pero todo es mentira.
No. No es mentira. Es verdad. Pero es verdad incompleta.
No puedo escribir este ensayo porque cada palabra es sobre mi madre y no puedo enfrentarla en estas páginas.
Mi madre, Rosa Serrano, llegó a Barcelona desde un pueblo en Andalucía con dieciocho años, embarazada de mí, sin dinero, sin educación formal más allá de primaria.
Mi madre trabajó limpiando casas durante el día y de camarera durante la noche. Mi madre aprendió catalán fonéticamente porque no sabía leer bien en ningún idioma. Mi madre me llevaba atada a su espalda mientras trapeaba pisos de gente que la trataba como invisible.
Mi madre me dio bien y no mal todos los días de su vida.
Cuando yo tenía siete años y otros niños se burlaban de mi ropa de segunda mano, ella cosió uniforme nuevo con tela que compró vendiendo su único abrigo de invierno. Pasó frío ese invierno. Yo no.
Cuando yo tenía catorce y quería libros que no podíamos pagar, ella trabajó turnos extras. Cuando yo tenía diecisiete y gané beca para universidad, ella lloró de orgullo y terror porque significaba que me iría.
Cuando yo tenía veintitrés y le dije que era lesbiana, ella tardó tres años en entenderlo completamente, pero nunca—ni un solo día—me dio mal. Me dio confusión, preguntas torpes, silencios incómodos. Pero siempre amor.
Ella vivió este versículo. Literalmente. Dio bien todos los días de su vida.
Y yo, con mi doctorado y mi puesto académico y mi teoría feminista sofisticada, la juzgo por ello. La compadezco. Pienso "qué desperdicio de vida, qué prisión autoimpuesta."
Pero ella salvó mi vida. Su autosacrificio—y sí, fue autosacrificio—me permitió escapar la pobreza que la atrapó a ella.
¿Cómo escribo ensayo denunciando este versículo cuando debo mi existencia entera a una mujer que lo encarnó?
¿Cómo critico el texto que describe a mi madre con precisión?
Odio este versículo. Lo odio con intensidad visceral.
Pero no lo odio porque sea falso. Lo odio porque es verdadero y esa verdad me parte en dos.
Es verdad que mi madre dio bien todos los días. Es verdad que eso la vació. Es verdad que ella merece ser honrada por ello. Es verdad que ninguna mujer debería tener que vivir así.
Todas estas cosas son verdad simultáneamente.