Mujer Virtuosa

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 4

CUANDO EL OFICIO ES CARIDAD

"Busca lana y lino, y con voluntad trabaja con sus manos." — Proverbios 31:13

Imaginad, amigas mías, la antigua ciudad portuaria de Jope, bañada por el sol ardiente del Mediterráneo, donde las olas rompen contra los muelles y los barcos traen ecos de mundos lejanos.

En medio de aquel bullicio, vivía Dorcas, no como una princesa de cuentos ociosos, ni como dama de riqueza vanidosa que pasa los días en salones perfumados. No. Dorcas era una mujer de manos incansables, famosa en toda la comunidad por su habilidad con la aguja y el telar.

Mientras otras mujeres de posición holgaban en la sombra, ella buscaba con diligencia la lana más cálida y el lino más fino, no para adornar su propia casa con vestidos suntuosos, sino para vestir a los desamparados: viudas, huérfanos, pobres que el mundo olvidaba. Sus manos trabajaban con voluntad alegre, transformando fibras crudas en túnicas gruesas contra el frío invernal y en ropas ligeras para el calor del verano. Cada puntada era una oración silenciosa, cada dobladillo una promesa de amor, cada prenda un acto de justicia que cubría la desnudez de los marginados.

¡Qué lección tan poderosa para vosotras, mujeres del presente! La sociedad os dice a menudo que la caridad es arrojar unas monedas de limosna desde la distancia, o firmar un donativo sin esfuerzo. Pero Dorcas os enseña que la verdadera virtud femenina invierte tiempo, habilidad y corazón. Su oficio no era mero pasatiempo; era su limosna viva, su manera de tejer la comunidad entera. No se medía su valor en oro acumulado, sino en el calor que ponía sobre los hombros temblorosos de los necesitados. Como la mujer virtuosa de Proverbios, extendía sus manos al pobre y al menesteroso, no con palabras vacías, sino con obras tangibles.

Y he aquí el giro dramático de esta aventura: en la cumbre de su servicio, Dorcas cayó gravemente enferma. El hilo de su vida, delicado como el lino que tanto amaba, se rompió. Murió, y con ella pareció enfriarse el corazón de Jope para los más vulnerables.

Su cuerpo fue lavado con honor y colocado en un aposento alto. La noticia voló hasta Lida, donde estaban los discípulos, y dos hombres partieron raudos a buscar a Pedro, el apóstol de milagros. "Ven sin tardar", le suplicaron.

Pedro llegó, y lo condujeron al cuarto superior. Mas lo que halló no fue un luto silencioso y resignado, sino una escena conmovedora: las viudas rodeaban el lecho, llorando no con palabras huecas, sino mostrando las pruebas irrefutables de una vida santa. Alzaban las túnicas, los vestidos, las ropas que Dorcas había cosido con sus propias manos.

"¡Mira, apóstol! —decían entre lágrimas—. Esto es lo que ella hacía siempre. Esto es su legado".

El aposento se convirtió en una galería viva de caridad: cada prenda, un testimonio elocuente de la mujer virtuosa que no solo enriquecía su hogar, sino que vestía a todo un pueblo.

Pedro comprendió la profundidad del vacío. No era solo dolor personal; era la interrupción de un río de bondad que el mundo no podía permitirse perder. Hizo salir a todos, se arrodilló en oración ferviente, y luego se volvió al cuerpo sin vida:

"Tabita, levántate".

Y Dorcas abrió los ojos. Al ver a Pedro, se incorporó, viva de nuevo.




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