Mujer Virtuosa

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 5

"Es como nave de mercader; trae su pan de lejos." — Proverbios 31:14

Lidia no era una doncella encerrada en torres de marfil, ni una dama de salones donde el mundo se reduce a bordados y susurros. No. Era una navegante del gran mar, una comerciante audaz que surcaba olas tempestuosas con sus naves cargadas de tesoros.

De Tiatira venía, ciudad famosa por el tinte púrpura extraído con arte secreto de los múrices del océano, ese color imperial que vestía a césares y reyes.

Como la mujer virtuosa de Proverbios, "ella busca lana y lino, y con voluntad trabaja con sus manos". Pero Lidia iba más lejos: buscaba la púrpura excelsa en tierras lejanas, traía su pan —y su riqueza— de muy lejos, confiando en vientos y estrellas. Sus manos no temblaban ante el riesgo; calculaba corrientes, izaba velas y desafiaba monstruos marinos para hallar lo mejor. ¡Qué lección para vosotras, mujeres de hoy! El mundo os dice a menudo: contentaos con lo cercano, con lo pequeño, con lo doméstico seguro. Pero Lidia os grita desde las páginas eternas: ¡No! Zarpad, buscad lo excelente aunque el camino sea largo, aunque los mapas adviertan peligros. La verdadera virtud no encoge el mundo; lo expande.

Un sábado sereno, junto al río Gangites, en las afueras de Filipos, la encontramos orando con otras mujeres devotas. Allí llegó Pablo, el apóstol de fuego en los ojos, y habló de un Reino nuevo, de una gracia que no se compra ni se negocia. El Señor abrió el corazón de Lidia como se abre un cofre precioso. Y ella, la mercader que había abierto mil baúles de oro y púrpura, abrió ahora el más valioso: su alma.

Se sumergió en las aguas humildes del río, y emergió transformada. Mas su conversión no fue un sentimiento privado, efímero como rocío matutino. No, queridas mías. Con la misma audacia que en sus negocios, dijo a Pablo: "Si me habéis juzgado fiel al Señor, entrad en mi casa y posad". Y así, su hogar —antes almacén de telas suntuosas y centro de contratos millonarios— se convirtió en la primera iglesia de Europa.

Allí acogió a apóstoles, financió la misión con su fortuna, abrió su red de contactos, su influencia, su reputación. Como la mujer virtuosa, "extiende su mano al pobre; sí, al menesteroso tiende sus manos". Pero Lidia extendió más: tendió su casa, su riqueza, su vida entera al servicio de un Reino eterno. Es ancla en la tormenta y vela en el viento; sostén de los débiles y motor de la gran aventura del Evangelio.

¡Miradla, mujeres todas! En ella se cumple la paradoja sublime: comerciaba con la púrpura de los poderosos, mas se postró ante el Rey cuya púrpura fue manto de escarnio y sangre redentora. Entendió que el verdadero valor no está en el precio del mercado, sino en el amor que transforma imperios en polvo.

Lidia es la mujer virtuosa hecha carne: fuerte, inteligente, generosa, visionaria. No se limitó a lo inmediato; miró más allá del horizonte, convirtió su prosperidad en plataforma para lo eterno, manejó el riesgo con fe y coraje. No esperó que el mundo viniera a ella; salió a conquistarlo con manos abiertas y corazón valiente.

Y vosotras, hijas del siglo presente, ¿no sentís arder en el pecho el mismo fuego? Dios no os creó para mundos pequeños. Os creó para mares amplios, para tesoros que ningún barco común transporta, para un Reino cuya púrpura es la sangre de un Amor infinito.

Que la aventura de Lidia os inspire a zarpar sin miedo. La mujer virtuosa no se encuentra: ¡se forja en la gran travesía de la fe!




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