Mujer Virtuosa

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 6

LA CENTINELA DEL ALBA.

"Se levanta aun de noche y da comida a su familia y ración a sus criadas." — Proverbios 31:15

Imaginad, amigas mías, los campos al alba, cuando la noche aún abraza la tierra y el rocío cubre las hierbas como un velo plateado. Antes de que el primer rayo de sol ose asomarse por el horizonte, antes de que el gallo anuncie el día, un paso firme y ligero rompe el silencio de la casa. No es el paso arrastrado del cansancio, sino el de una mujer que lleva en las manos el fuego sagrado de la previsión.

La Sunamita no era una dama común, encerrada en ocios vanos. Las Escrituras la llaman "insigne", una mujer de nobleza verdadera, cuya corona no era de oro ni joyas, sino de esa voluntad que domina el tiempo. Ella entendía que un hogar no se sostiene por casualidad; requiere un corazón que late primero, una mano que organiza el caos de la oscuridad para que el día nazca en orden y paz.

¡Qué secreto sublime nos revela Proverbios! "Se levanta aun de noche": no por insomnio o angustia, sino por soberanía. Ella es la dueña del amanecer, la centinela que no permite que el día la sorprenda.

Primero, sustento para los suyos: es la primera en encender el fuego, en amasar el pan, en preparar la comida que dará fuerza a su familia. No son meras calorías; es amor tangible, la seguridad de saberse cuidados. Cuando sus hijos y esposo abren los ojos, el mundo ya está listo, porque ella lo ha preparado en el silencio.

Segundo, justicia para sus criadas: observad este detalle divino, queridas mías. Les da "ración" antes de exigirles labor. No las despierta con órdenes frías, sino con provisión generosa. Su liderazgo no es tiranía; es responsabilidad compartida. Sabe que para que la casa florezca, incluso las más humildes deben estar fortalecidas.

Y esta virtud de la previsión la elevó a lo sagrado. Fue ella quien vio pasar al profeta Eliseo y, con ojo visionario, no se limitó a ofrecerle un plato fugaz. ¡No! Diseñó un refugio permanente: una habitación en lo alto de la casa, con cama, mesa, silla y lámpara. Administró la hospitalidad con precisión de arquitecta, atrayendo así la bendición divina a su vientre estéril, que dio a luz un hijo milagroso.

Mas la tragedia acecha incluso a las más virtuosas: el niño murió de pronto. Y entonces, esa misma mujer que se levantaba de noche para alimentar su casa, se levantó en la oscuridad del dolor. Con disciplina de acero, cabalgó veloz hacia el monte Carmelo, en busca de Eliseo. Su vigilia cotidiana se convirtió en arma de combate; la que dominaba las madrugadas rutinarias fue capaz de desafiar a la muerte y arrebatarle su presa.

¡Escuchadme bien, mujeres que sentís que vuestras horas silenciosas pasan desapercibidas! El mundo aplaude los triunfos bajo el sol del mediodía, pero Dios celebra a la que enciende la lámpara cuando nadie ve. Ser la Centinela del Alba significa vencer el caos con orden amoroso: preparar el desayuno, la ropa, la agenda, creando un escudo contra las tormentas del día.

Significa liderar con alma: sea en el hogar, en el trabajo o con quienes os ayudan, proveed primero, y el respeto florecerá. Significa dar no solo pan material, sino la primera palabra de bendición, la oración silenciosa que fortalece espíritus.

La mujer virtuosa no es esclava del reloj; es su arquitecta. No deja que el día "suceda"; lo forja con manos firmes en la penumbra.

Que la Sunamita os inspire, mis valerosas lectoras, a honrar vuestra vigilia. No os canséis de ser el primer fuego que se enciende en casa. Vuestras manos, moviéndose antes del alba, tejen la luz eterna para vuestras familias. Sois centinelas invencibles, guardianas del futuro.




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