Mujer Virtuosa

Capítulo 7

CAPÍTULO 7: LA MUJER VIRTUOSA QUE INVIRTIÓ EN TIERRA AJENA

Proverbios 31:16-17
"Considera la heredad, y la compra, y planta viña del fruto de sus manos. Ciñe de fuerza sus lomos, y esfuerza sus brazos."
En los días de sequía que azotaban el reino de Acab, cuando el cielo se negaba a dar lluvia y la tierra se agrietaba como piel vieja, vivía una viuda en Sarepta de Sidón. No era israelita de nacimiento, pero su corazón había aprendido a temer al Dios de Israel a través de las historias que llegaban con los mercaderes fenicios. Su marido había muerto joven, dejando solo deudas y un hijo flaco que lloraba de hambre. La viuda no se quedó mirando el horizonte seco; salió a evaluar.
Oyó hablar de un campo abandonado en las colinas cercanas a la frontera, tierra que nadie quería porque el dueño anterior había muerto sin herederos y los impuestos seguían acumulándose. Ella caminó bajo el sol implacable, midió los límites con pasos cuidadosos, probó la tierra con las manos, calculó cuánta agua podría captar de un arroyo cercano si cavaba un canal. No era impulsiva; consideraba la heredad con ojo de comerciante y corazón de madre.
Con las pocas monedas que le quedaban —fruto de vender su último cántaro de aceite— compró el campo. Nadie creyó que pudiera hacer algo con él. Pero ella ciñó de fuerza sus lomos, se ató la túnica alta para no estorbar, y esforzó sus brazos en el trabajo. Cavó, plantó vides que había guardado de temporadas mejores, regó con lo poco que tenía y esperó. No esperó pasivamente: cada día salía al alba, podaba, abonaba con estiércol que recogía de caminos, cantaba salmos para ahuyentar el desaliento.
Cuando llegó la primera cosecha pequeña, vendió el vino y compró más simientes. El fruto de sus manos no se quedó en su mesa; parte lo compartió con vecinos que también sufrían, parte lo reinvirtió. Su viña creció, y con ella su reputación: la viuda que había convertido tierra muerta en viña viva.
Elías el profeta llegó a Sarepta en medio de la sequía mayor. Pidió agua y pan a la viuda, y ella, que solo tenía un puñado de harina y un poco de aceite, lo compartió. Dios multiplicó lo poco, y la viuda vio en ese milagro el sello de su propia audacia: invertir en lo improbable, esforzar los brazos en lo que parecía perdido, y confiar que el fruto vendría.
La viuda de Sarepta no era solo proveedora de su casa; era inversionista estratégica, trabajadora física, mujer de chayil que no se conformaba con sobrevivir, sino que multiplicaba vida en tierra ajena. Su fuerza no era decorativa; era el músculo que transformaba sequía en abundancia.




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