Mujer Virtuosa

Capítulo 9

CAPÍTULO 9: LA MUJER QUE ABRE SU MANO AL POBRE Proverbios 31:20-24 "Alarga su mano al pobre; sí, al menesteroso tiende sus manos. No teme por su casa la nieve, porque toda su familia está vestida de ropas dobles... Hace para sí alfombras; de lino fino y púrpura es su vestido. Su marido es conocido en las puertas..."

En las colinas de Sunem, donde los vientos del invierno traían frío cortante desde el Hermón, vivía una mujer cuya casa era conocida no por su grandeza, sino por su puerta siempre entreabierta. La llamaban la Sunamita, y su reputación se extendía más allá de su pueblo: era la que alargaba la mano al pobre y tendía sus manos al menesteroso sin preguntar nombres ni méritos.

Su generosidad no nacía de abundancia ilimitada. Había conocido años de esterilidad, de pérdida —el hijo que Dios le había dado y luego le había quitado—, de sequías que secaban los pozos y los corazones. Pero en medio de todo eso, ella había aprendido que la provisión no era solo para guardar, sino para extender. Construyó una habitación alta para el profeta Eliseo no por cálculo de recompensa, sino porque vio a un hombre de Dios pasar con frecuencia y pensó: "Este hombre pasa por nosotros a menudo; hagámosle un lugar". Cuando su hijo murió, no se quedó llorando en la casa; cabalgó hacia el profeta para reclamar lo que Dios había dado, porque sabía que la mano extendida a otros regresaba multiplicada.

En los inviernos duros, cuando la nieve amenazaba con cubrir los caminos, su familia no temía. Toda su casa estaba vestida de ropas dobles: túnicas de lana gruesa por dentro, mantos reforzados por fuera. Ella misma hilaba, tejía y teñía. Hacía para sí alfombras de colores vivos y se vestía de lino fino y púrpura —no por vanidad, sino por dignidad. El púrpura, color de reyes y mercaderes como Lidia, le recordaba que su valor no dependía de la aprobación ajena, sino de la capacidad de proveer y de mantenerse erguida.

Su marido era conocido en las puertas de la ciudad, no porque fuera el más rico ni el más fuerte, sino porque todos veían en él el fruto de una alianza verdadera. Cuando los ancianos se reunían para juzgar y decidir, él hablaba con autoridad serena. No necesitaba gritar; su reputación lo precedía. Y aunque el texto no lo dice explícitamente, la Sunamita sabía que su propia chayil lo elevaba: sus manos extendidas al pobre fortalecían la casa entera, y su dignidad propia hacía que él fuera respetado. Pero en las noches tranquilas, cuando la lámpara ardía baja, ella a veces se preguntaba en silencio: ¿y cuándo extenderá él su mano para levantarme a mí? La reciprocidad no estaba escrita en el poema, pero ardía en su corazón como pregunta sin respuesta.

La Sunamita enseñó que la generosidad verdadera no espera abundancia para empezar; empieza en la escasez y crea dignidad propia. Abre la mano al pobre porque sabe que la bendición fluye en ambas direcciones. Viste de púrpura porque su valor es inconmensurable, y su marido es conocido en las puertas porque una mujer de fuerza hace que toda la casa resplandezca. Pero la pregunta queda suspendida: ¿dónde está el verso que alaba al hombre que extiende su mano a ella?

INTERLUDIO A Proverbios 31:20-24 "Alarga su mano al pobre; sí, al menesteroso tiende sus manos..." Interpretación de Aisha Al-Yassin Atenas, Grecia | Carta digital enviada a su grupo de apoyo – 5 de febrero de 2026

Queridas hermanas del grupo,

Hoy recibí la noticia: asilo concedido. Karim y yo podemos quedarnos. No es el paraíso —el apartamento es pequeño, el trabajo escaso, el idioma aún me traiciona—, pero es seguridad. Por primera vez en años, duermo sin calcular cuántos días más podremos estirar el dinero.

Este versículo me ha perseguido desde que lo leí en el campo de refugiados: "Alarga su mano al pobre". Lo leí y lloré de rabia. ¿De qué abundancia habla? ¿De qué nieve en la casa cuando yo no tenía ni techo? Di al pobre cuando apenas tenía para Karim: compartí mi pan con la niña de al lado que tosía sangre, di mi manta a una anciana siria que temblaba más que yo. No fue generosidad heroica; fue supervivencia compartida. Porque si no compartía, me rompía.

El versículo ignora lo que muchas vivimos: dar desde la escasez, no desde la abundancia. La Sunamita tenía una casa, un profeta que pasaba, un hijo que Dios le devolvió. Yo tenía una carpa, un niño con hambre y una guerra que no terminaba. Di de lo poco porque no dar significaba morir por dentro. Y cuando di, no siempre regresó multiplicado como en los cuentos. A veces regresó en forma de una sonrisa de la niña, o en un voluntario que me dio comida extra porque vio que compartía.

Ahora que estamos "seguros", sigo dando: a la vecina ucraniana que llegó la semana pasada, a la familia afgana del edificio. Pero ya no desde el fondo del pozo. Desde un lugar que empieza a tener fondo. Y aun así, el versículo me pincha: ¿por qué siempre nosotras las que alargamos la mano primero? ¿Por qué el poema no dice nada de la mano que nos tiende a nosotras cuando estamos vacías?

No rechazo el versículo. Lo vivo. Pero lo vivo con cicatrices. Dar al pobre cuando apenas tienes es el acto más santo y más doloroso que conozco. Y sí, lo seguiré haciendo. Porque Karim me mira y aprende que la mano que da no se cierra nunca del todo.

Con gratitud y rabia mezcladas, Aisha

INTERLUDIO B Proverbios 31:20-24 "...Su marido es conocido en las puertas..." Interpretación de Daniel Morales Pastor asociado, Iglesia Comunidad de Fe, Houston, Texas | Publicación en su newsletter "Hombres que Levantan" – 10 de febrero de 2026

Hermanos,

He leído Proverbios 31 cientos de veces. Siempre me detengo en este verso: "Su marido es conocido en las puertas". Tradicionalmente lo vemos como bendición: gracias a la mujer virtuosa, él tiene reputación, respeto, posición. Y es verdad. Pero este año, en 2026, el Espíritu me ha estado confrontando con la otra cara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.