Capítulo 1: El Eco en la Memoria
El segundero del reloj de pulsera de Javi avanzó con un clic metálico. Primero de enero de 2026.
Elena, ahora de treinta años, observó cómo la bruma del Pacífico se tragaba la línea del horizonte. Estaba sentada en el muelle de madera de una pequeña caleta escondida en la provincia de Esmeraldas, el último rincón de Ecuador antes de que el mapa se fragmentara en los esteros de Colombia. Había pasado exactamente un año desde que Javi se fundió con la tierra. Trescientos sesenta y cinco días en los que el luto se había transformado en una vigilancia fría y constante, marcada por el latido rítmico del medallón en su pecho.
Durante ese 2025, el grupo había encontrado refugio entre los pescadores de la costa. Elena aprendió a leer las mareas no solo con los ojos, sino con el instinto que Javi le dejó como herencia.
A su lado, Sofía, que había cumplido treinta y cinco años en junio, ajustaba las correas impermeables de sus mochilas. La artista que antes temía a lo desconocido ahora se movía con una eficiencia militar. Sus cuadernos de bocetos ya no retrataban la luz del sol, sino los patrones de las patrullas costeras y los diagramas de cómo la Legión del Olvido silenciaba el canto de las marimbas en los pueblos vecinos. Se había convertido en el ancla táctica del grupo, la hermana mayor que mantenía a Elena conectada a la realidad mientras ella lidiaba con los susurros del medallón.
—Está mirando hacia el mar otra vez —susurró Sofía, señalando al pequeño Inti.
El niño, que cumplió cuatro años en marzo, estaba de pie al borde del muelle. No le temía a la oscuridad del océano. Su pecho emitía un destello ámbar tenue, una luz que parecía buscar algo entre las raíces de los manglares que se alzaban como dedos negros hacia el norte. Inti ya no era el bebé que rescataron; sus ojos tenían la profundidad del mar y una calma que a veces resultaba inquietante.
—El dispositivo marcó la señal —dijo Elena, mostrando la pantalla satelital—. La estrella desdibujada está brillando justo en las coordenadas de Nariño. La tregua en la costa se terminó.
No hubo necesidad de más palabras. Bajaron a una pequeña lancha de madera, un "potrillo" diseñado para navegar por los canales estrechos donde los barcos grandes encallan. Allí los esperaba Taita Eliécer. En la costa, Eliécer no era un boga de río, sino un conocedor de los esteros, un hombre que sabía que los manglares tienen oídos y que el mar nunca olvida.
—El agua está pesada esta noche —murmuró Eliécer, empujando la embarcación hacia el canal del Mataje, la frontera líquida—. Los antiguos dicen que cuando la marea sube sin viento, es porque el Olvido está empujando. Tengan cuidado, en las raíces de Tumaco el tiempo se enreda.
A mitad del cruce, el silencio del mar fue desgarrado por un sonido electrónico. Sobre los acantilados, un dron de la Iniciativa Quimera encendió un potente reflector led. No era una búsqueda al azar; estaban escaneando la biomasa del manglar buscando la frecuencia del medallón.
—¡Abajo! —ordenó Elena, cubriendo a Inti mientras Eliécer maniobraba para meter la lancha bajo el túnel natural de las raíces aéreas de los manglares.
El haz de luz pasó sobre ellos, iluminando el agua turbia y revelando por un segundo miles de peces muertos flotando en la superficie, víctimas de la apatía que ya empezaba a infectar el océano.
Elena apretó el medallón contra su pecho. El año de preparación en Esmeraldas había llegado a su fin. Al cruzar hacia las aguas colombianas de Nariño, bajo la mirada de drones y el acecho de leyendas que cambian de forma, supieron que la verdadera cacería acababa de comenzar.