Mundo Ancestral, Libro 2: Colombia

Capítulo 2: El Abrazo del Manglar

El lodo de Nariño no te recibe, te reclama. Al bajar de la lancha de Taita Eliécer, Elena sintió que el fango gris se tragaba sus botas con un sonido de succión que parecía un susurro. El aire en los esteros de Tumaco era tan espeso que no se respiraba, se bebía; era una mezcla de salitre, vegetación en descomposición y una humedad que pesaba en los hombros como una armadura de plomo.

—No se quiten el sombrero de suán —advirtió Eliécer por última vez, su voz perdiéndose entre la bruma—. El sol de aquí no solo quema la piel, quema los recuerdos. Si sienten que el corazón se les enfría, busquen el humo.

Caminaron por un sendero de tablas de madera crujiente que conectaba los palafitos, casas levantadas sobre el agua que parecían insectos gigantes de patas largas. Debería haber sido la hora de la cena, el momento en que el aroma del tapao de pescado y la chillangua fresca inunda los canales. Pero no había humo en las chimeneas. No había rastro del coco hirviendo. El pueblo estaba sumido en una apatía gris.

Elena observó a una mujer sentada en un umbral. Llevaba un turbante blanco impecable, pero sus manos, que debían estar tejiendo redes o limpiando pescado, descansaban inertes sobre su regazo. Sus ojos estaban fijos en el agua negra, vacíos. La Legión del Olvido ya había pasado por aquí, dejando a los habitantes como cáscaras vacías que habían olvidado hasta el hambre.

—Mamá —susurró Inti, apretando la mano de Elena. El destello ámbar de su pecho parpadeó con una urgencia débil—. Esa sombra tiene una pata de palo.

Elena se giró. Entre las raíces de un manglar rojo, vio una silueta que le detuvo el pulso. Era él. La misma estatura, la misma forma de ladear la cabeza mientras observaba el horizonte. El olor a café recién colado y madera de cedro —el aroma de Javi— la golpeó con la fuerza de un naufragio.

—¿Javi? —murmuró, dando un paso hacia la sombra.

—¡Elena, no! —Sofía la agarró del hombro, su mano derecha apretando el mango del machete—. Mírale los pies. ¡Mírale los malditos pies!

La figura dio un paso hacia la luz de la luna. Al moverse, el sonido no fue el de una bota sobre la madera, sino un golpe seco, pesado y desigual: Clac... clac... clac. Una de sus piernas terminaba en un madero retorcido, un molinillo de cocina hecho de madera vieja que se hundía en el fango. Era la Tunda, el hambre de la selva usando el rostro de su duelo.

Justo cuando la criatura iba a hablar con la voz de su esposo muerto, un aroma rompió el hechizo. Era un olor real, terroso y potente: leña de mangle y coco fresco.

—¡Por aquí, antes de que el frío les muerda el alma! —llamó una voz firme.

A pocos metros, una pequeña casa de palafito vibraba con una luz de vela que no era azulada ni fría. En la puerta estaba Mamá Eusebia. Su turbante no estaba caído, y sus manos sostenían una totuma humeante. Era la única casa donde el fogón seguía encendido.

—Entren, rápido —ordenó la anciana, lanzando un poco de agua bendita con hojas de albahaca hacia la oscuridad.

Al entrar, el calor del hogar chocó contra ellos. Eusebia tenía una olla de barro sobre las brasas donde el arroz con coco burbujeaba junto a un trozo de pescado envuelto en hojas de bijao.

—En este pueblo ya nadie recuerda a qué sabe su tierra —dijo Eusebia, mirando a Elena a los ojos—. Por eso la Tunda se pasea como si fuera dueña. Ella solo entra donde el fogón se apaga y la memoria se rinde.

Afuera, el silencio de la Legión fue desgarrado por un rugido mecánico. Una luz blanca, violenta y eléctrica, barrió las paredes de madera de la choza. La Iniciativa Quimera acababa de entrar al estero con sus lanchas rápidas. Los mercenarios buscaban anomalías térmicas, pero no tenían idea de que estaban entrando en un territorio donde el mito y el olvido ya habían declarado la guerra.

—Coman —dijo Eusebia, extendiéndoles la totuma—. En Colombia, recordar es la única forma de no morir.



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En el texto hay: misticismo, leyendas, colombia

Editado: 30.04.2026

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