El segundero del reloj de Javi marcó las 03:18 a.m. Elena lo miró por un segundo, la luz azulada de la pantalla contrastando con el resplandor cálido de la única vela que Mamá Eusebia mantenía encendida. Afuera, el mundo se caía a pedazos entre el ruido de motores y el silencio de ultratumba de la Legión, pero dentro de esas paredes de madera de mangle, el tiempo se sentía detenido.
—Bebé esto —susurró Eusebia, extendiéndole a Elena una pequeña totuma con un líquido transparente y fuerte—. Es Biche. Curado con hierbas de la azotea para que el frío del Olvido no se te meta en las coyunturas. Si el alma se te enfría, la Tunda te encuentra más rápido.
Elena bebió. El licor de caña artesanal le quemó la garganta, pero el calor se expandió por su pecho, dándole una fuerza que el miedo le estaba robando. Sofía, mientras tanto, revisaba su mochila bajo la luz de la vela. Había cambiado sus botas pesadas por unas alpargatas de lona, mucho más silenciosas para caminar sobre la madera podrida de los muelles.
—Tienen sensores de movimiento en los canales —murmuró Sofía, asomándose por una rendija de la pared—. Las lanchas de la Quimera están soltando boyas con micrófonos. Si salimos por el frente, nos detectan en un segundo.
Eusebia no parecía inmutarse por la tecnología. Estaba ocupada preparando el "avío" para que no pasaran hambre en los esteros. Envolvió con manos expertas varios trozos de pescado seco y plátano asado en hojas de bijao ahumadas, asegurándolos con fibras de palma.
—Tomen esto también —dijo, metiendo en la mochila de Sofía unas cucas (galletas negras de panela y coco) y un puñado de cocadas. —La comida de la tierra es memoria pura. Mientras tengan el sabor del coco en la lengua, la Legión no podrá hacerles creer que no son nadie.
De repente, una luz blanca y violenta atravesó las rendijas de la casa, barriendo el interior como un cuchillo de cristal. El rugido de un motor de borda se detuvo justo frente al palafito.
—¡Apaga la vela! —siseó Sofía.
Eusebia no la apagó. En su lugar, empezó a tararear un arrullo, una melodía ancestral que las mujeres del Pacífico usan para dormir a los niños y espantar a las sombras. Era un canto bajo, rítmico, que parecía vibrar en las paredes de madera.
—¿Qué hace? Nos van a oír —dijo Elena, apretando a Inti contra su pecho.
—El canto de la chonta y la voz de la madre confunden a sus máquinas —respondió Eusebia sin dejar de tararear—. Ellos buscan frecuencias de miedo. Mi canto solo les da paz, y sus radares no saben qué hacer con la paz.
Afuera, se escucharon las botas tácticas golpeando la madera del muelle.
—Sector 4 despejado —dijo una voz metálica a través de una radio—. Solo hay una civil de la tercera edad. Los sensores detectan una fluctuación de calor, pero parece ser solo un fogón de leña. La anomalía térmica de hace diez minutos desapareció. Procedemos al estero sur.
Elena contuvo el aliento. Vio la sombra de un soldado de la Quimera pasar frente a la ventana. El hombre ni siquiera se detuvo a mirar el interior; para su visor de realidad aumentada, Eusebia era solo una estadística, una anciana sin importancia en un pueblo olvidado. La arrogancia de la ciencia les estaba dando una oportunidad.
—Es hora —dijo Eusebia, abriendo una trampilla secreta en el suelo de la cocina, justo debajo de donde colgaban los racimos de plátano. Abajo, el agua negra del estero lamía los pilotes de madera—. Sigan el canal de los manglares rojos. No hablen. Si escuchan el silbido, muerdan un pedazo de cocada. La dulzura les recordará que están vivos.
Elena miró a la anciana. Su turbante blanco brillaba en la penumbra como una corona de dignidad.
—¿Por qué nos ayuda? —preguntó Elena.
Eusebia le puso una mano en la mejilla. Su piel se sentía como cuero viejo, pero cálida. —Porque si ustedes olvidan, nosotros dejamos de existir. Ahora vayan, que la marea está bajando y el Olvido tiene el sueño ligero.
Bajaron uno a uno al agua fría y silenciosa. Al sumergirse hasta la cintura, Elena sintió el peso del avío en su mochila y el calor del biche en su sangre. Eran las 03:45 a.m., y el laberinto de raíces de Nariño las esperaba para su última prueba antes de dejar la costa.