Mundo Ancestral, Libro 2: Colombia

Capítulo 8: El Lamento del Urabá

El 6 de enero llegó con un cambio de aire. El olor a selva húmeda y cerrada del Chocó fue cediendo ante una brisa salada y violenta. Habían pasado casi veinte horas desde que dejaron atrás a la Madremonte, remando por los estrechos canales que conectan los ríos del Darién con el Golfo de Urabá. Para Elena, cada minuto pesaba como una piedra; la falta de sueño empezaba a crear grietas en su percepción, haciendo que las sombras de los manglares parecieran soldados de la Quimera y el rugido de las olas, el silbido de algo que aún no quería identificar.

A las 23:45 p.m., el potrillo se detuvo ante una barrera invisible. Sofía bajó el remo, haciendo una señal de silencio absoluto. Frente a ellas, el golfo se abría como una boca oscura, pero no estaba vacío.

—Bloqueo de frecuencia —susurró Sofía, ajustando sus binoculares—. La Quimera ha soltado boyas de luz negra. Si cruzamos esa línea, los sensores de biomasa nos marcarán como "objetivos no identificados" en menos de un segundo.

Elena miró el agua. No era el azul profundo del Caribe, sino un gris aceitoso que apenas reflejaba la luna. El aviso de la Madremonte resonó en su cabeza: «No miren a la Llorona a los ojos».

De repente, el silencio del bloqueo fue desgarrado. No fue una sirena ni una explosión. Fue un llanto. Un lamento largo, agudo, que parecía nacer del fondo del fango y subir por la columna vertebral. No era el llanto de una mujer, era el sonido de una frecuencia rota.

—Ese no es un mito, Elena —dijo Sofía, apretando los dientes mientras la tableta en su regazo mostraba una onda de sonido errática—. Es un Lazo de Apatía. La Legión ha capturado el eco de la Llorona y lo está usando como una antena de dispersión.

En la orilla opuesta, bajo la sombra de un muelle abandonado de la Quimera, apareció ella. No era el espectro de los cuentos de abuelas; era una figura traslúcida, una distorsión en el aire que emitía pulsos de una luz blanca y fría. La Llorona caminaba sobre el agua, pero donde sus pies tocaban el mar, el agua se congelaba en una costra de gris ceniza. Estaba buscando a sus hijos, pero en esta versión de la historia, sus "hijos" eran los recuerdos de todos los que habían cruzado el golfo.

—¡Inti, no mires! —ordenó Elena, cubriendo los ojos del niño.

Pero el llanto era magnético. El medallón de Inti comenzó a vibrar con un tono azul pálido, una luz de tristeza que intentaba consolar al espectro. Elena sintió que sus propios recuerdos de Javi empezaban a deshilacharse. La cara de su esposo se volvía borrosa, como una fotografía expuesta demasiado tiempo al sol. La Legión estaba usando el dolor de la Llorona para "succionar" la identidad de quienes la escuchaban.

—¡Sofía, el biche! —gritó Elena, luchando contra la parálisis que el llanto le provocaba.

—¡Ya no queda mucho! —respondió Sofía, sacando la última botella—. ¡Si lo usamos ahora, entraremos en calor pero nos quedaremos sin combustible espiritual para el Magdalena!

—¡Hazlo! Si olvidamos quiénes somos ahora, no habrá un mañana que salvar.

Sofía roció el licor sobre los remos y sobre sus propias sienes. El olor fuerte y terroso del biche actuó como un escudo químico. Elena tomó un trago largo, sintiendo el fuego quemar la bruma mental que el lamento le estaba imponiendo. Con una fuerza nacida de la desesperación, empezaron a remar directamente hacia la zona de las boyas.

La Llorona se giró hacia ellas. Su rostro no tenía facciones, solo un vacío grisáceo que emitía una tristeza capaz de detener un corazón. El llanto se convirtió en un grito ensordecedor. Las boyas de la Quimera se encendieron, detectando la "anomalía emocional" en el agua.

—¡Fuego de cobertura de memoria! —gritó Elena.

En lugar de esconderse, Elena empezó a gritar el nombre de Javi, las fechas de nacimiento de Inti, los ingredientes del tapao de pescado, las coordenadas de su casa en Guayaquil. Sofía se unió, recitando versos de canciones que ya nadie cantaba. Era un bombardeo de memoria pura contra la apatía del espectro.

El choque de frecuencias hizo que el agua del golfo saltara en chorros de espuma gris. El espectro de la Llorona vaciló, su figura se fragmentó por un segundo, dejando ver a la mujer que alguna vez fue antes de que la Legión la convirtiera en un arma. En ese instante de confusión, el potrillo cruzó la línea de las boyas, rompiendo el bloqueo.

A las 03:00 a.m. del 7 de enero, las luces de las patrullas de la Quimera quedaron atrás, perdidas en la bruma del golfo. Elena y Sofía estaban exhaustas, temblando por el esfuerzo de haber mantenido su identidad intacta frente al vacío.

Habían cruzado al Caribe. Pero el precio había sido alto: la última reserva de biche se había agotado, y el medallón de Inti ahora tenía una pequeña grieta en el borde, una cicatriz del encuentro con el lamento. El camino hacia el Magdalena y el encuentro con el Hombre Caimán las esperaba, pero el aire del Caribe ya no olía a libertad, sino a una vigilancia que nunca duerme.



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En el texto hay: misticismo, leyendas, colombia

Editado: 30.04.2026

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