Mundo Ancestral, Libro 2: Colombia

Capítulo 9: La Piel de la Ciénaga

8 de enero de 2026. Hora: 22:10 p.m.

Habían pasado casi cuarenta horas desde que cruzaron la línea de las boyas en el Urabá. El viaje del 7 de enero fue un ejercicio de resistencia pura bajo un sol caribeño que no perdonaba. Sin el biche para proteger sus mentes, Elena y Sofía tuvieron que turnarse para remar y vigilar, sintiendo cómo el aire salado intentaba llenar los huecos que el lamento de la Llorona había dejado en sus recuerdos. Elena pasó gran parte del día intentando reconstruir en su mente el mapa de su cocina en Guayaquil, aterrada de que, si dejaba de pensar en los detalles pequeños, la Legión se los llevaría primero.

A las 22:10 p.m. del 8 de enero, el potrillo se internó en las aguas mansas de la Ciénaga Grande, justo antes de que el río Magdalena entregue su alma al mar. El paisaje aquí era distinto: ya no era la selva asfixiante del Chocó, sino un laberinto de manglares bajos y pueblos palafitos que parecían flotar en el tiempo. Sin embargo, la Iniciativa Quimera había transformado este santuario en una zona de vigilancia total.

—Mira hacia el puente —susurró Sofía, señalando con el mentón hacia la silueta masiva de la estructura que cruzaba el río—. Luces de búsqueda de espectro completo. Si intentamos pasar por el canal principal, nos van a desintegrar antes de que podamos decir nuestros nombres.

La Quimera había instalado en el Magdalena su "Filtro de Identidad", una red de sensores láser que cruzaba el río de orilla a orilla. Cualquier cosa que no tuviera un chip de registro ciudadano era considerada "desecho biológico" y eliminada.

—Necesitamos al contacto que nos dio el Guardián —dijo Elena, mirando hacia la orilla donde la vegetación se volvía más espesa—. El que conoce los "caminos de piel".

De repente, una sombra masiva se deslizó bajo el potrillo. El agua, antes tranquila, se onduló con una fuerza que casi vuelca la pequeña embarcación. No era un motor eléctrico, era algo vivo, algo pesado. Un par de ojos amarillentos, grandes como platos y brillantes con una luz de inteligencia antigua, emergieron a pocos metros.

Era el Hombre Caimán.

Pero la Legión del Olvido no lo había dejado intacto. Al igual que la Madremonte, el guardián del Magdalena estaba sufriendo. Su piel escamosa no era verde, sino de un tono gris metálico, y en su lomo tenía incrustadas placas de rastreo de la Quimera que parpadeaban con una luz roja intermitente. La ciencia intentaba rastrearlo como a una bestia salvaje, mientras el Olvido intentaba convencerlo de que ya no era humano.

La criatura emitió un gruñido que hizo vibrar el pecho de Elena. Al abrir las fauces, no hubo un rugido de animal, sino un susurro de mil voces humanas mezcladas.

—Traen el calor del sur... —dijo la criatura, su voz era un siseo áspero—. Pero huelen a vacío. La Llorona les robó un pedazo de sombra.

—Buscamos paso hacia el norte, hacia la Sierra —dijo Elena, tratando de mantener la voz firme mientras Inti se asomaba por el borde, fascinado—. El Guardián del Fortín dijo que tú eras el único que aún recuerda los túneles bajo el barro.

El Hombre Caimán se acercó al bote. Elena pudo ver las cicatrices donde los drones de la Quimera le habían disparado dardos marcadores. El monstruo miró a Inti, y por un segundo, el brillo ámbar del medallón agrietado del niño se reflejó en las pupilas amarillas del guardián.

—La Quimera ha puesto redes de acero en el fondo —dijo el Hombre Caimán—. Y la Legión está borrando el canto de los tambores en Palenque. Si el tambor deja de sonar, el río se detiene. Yo puedo llevarlas por debajo de los sensores, pero el precio es alto. Necesito una historia. Una que la Legión aún no me haya quitado.

Sofía miró a Elena, preocupada. Entregar una historia a un guardián afectado por la Legión era arriesgado; era darles una parte de sí mismas que quizás no regresaría. Pero no había otra opción. El bloqueo de la Quimera bajo el puente era impenetrable para los humanos.

Elena se inclinó hacia la criatura. Cerró los ojos y, con un hilo de voz, empezó a contarle el día que Javi le enseñó a leer las estrellas en la costa de Ecuador. Le entregó el detalle exacto de cómo olía el aire esa noche y el calor de la mano de su esposo. Al hacerlo, sintió un vacío gélido en su pecho, como si una parte de su alma se hubiera desprendido.

El Hombre Caimán cerró los ojos, absorbiendo la memoria como si fuera oxígeno. El gris de sus escamas retrocedió un milímetro, volviéndose un verde oliva profundo. Con un movimiento poderoso de su cola, se colocó debajo del potrillo.

—Agárrense —advirtió—. Vamos por el camino del lodo.

A las 23:50 p.m., el potrillo desapareció bajo la superficie de la ciénaga, envuelto en una burbuja de aire creada por la magia vieja del guardián. Pasaron justo por debajo de los sensores térmicos de la Iniciativa Quimera, cruzando el Magdalena mientras los soldados arriba, en sus torres de alta tecnología, no veían más que una lectura errática de sedimentos en sus monitores.

Habían burlado al río. Pero mientras emergían del otro lado, cerca de los senderos que llevaban a Palenque, Elena se dio cuenta de que ya no podía recordar el color exacto de los ojos de Javi esa noche en la playa. El pago había sido real.



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En el texto hay: misticismo, leyendas, colombia

Editado: 30.04.2026

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