10 de enero de 2026. Hora: 03:12 a.m.
El 9 de enero fue un día de transición brutal. Caminaron bajo un sol que parecía querer evaporar lo poco que quedaba de sus almas. Cruzaron las zonas áridas que separan el río Magdalena de las estribaciones de la Sierra, un territorio que la Iniciativa Quimera llamaba "Zona de Exclusión 4". Aquí, la vegetación era rala, espinosa, y el suelo estaba cubierto por una fina capa de polvo gris que no era tierra, sino el residuo de lo que la Legión del Olvido ya había consumido.
A las 03:12 a.m. del 10 de enero, la luna de sangre iluminaba la sabana con un tinte rojizo y siniestro. Elena sentía que el aire le cortaba la garganta; la humedad protectora del Pacífico era ahora un recuerdo borroso, una de las tantas cosas que el Hombre Caimán le había cobrado como peaje. Estaban a solo unos kilómetros de la base de la montaña, pero el camino se había vuelto un laberinto de espejismos.
—Está cerca —murmuró Inti, abrazando su medallón agrietado, que ahora pulsaba con un rojo de advertencia, como una herida abierta.
—No oigo nada, Inti —dijo Sofía, empuñando su machete con nudillos blancos. Sus ojos escaneaban el horizonte con unos binoculares tácticos cuya lente estaba rajada.
—Ese es el problema —respondió Elena, deteniéndose en seco—. Cuando el silbido se oye lejos, es que ya te está respirando en la nuca.
De repente, el sonido rompió el aire. Un silbido agudo, rítmico, que recorría la escala musical con una precisión matemática y aterradora: Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si... El sonido no venía de una dirección fija; rebotaba en el suelo, en las piedras, en el aire mismo.
A unos cincuenta metros, una figura de más de dos metros y medio de altura comenzó a materializarse entre la bruma de polvo. Era un esqueleto alargado, de extremidades imposibles, cubierto con los restos de una manta de llanero que flotaba sin viento. Cargaba un saco pesado que goteaba un líquido oscuro y denso.
Era El Silbón.
Pero no era el espíritu libre de las leyendas. La Legión del Olvido lo había "mejorado". Tenía cables de fibra óptica incrustados directamente en sus vértebras expuestas, y un visor de realidad aumentada de la Iniciativa Quimera cubría su cuenca derecha, permitiéndole ver no solo el calor de los cuerpos, sino la intensidad de los recuerdos. La Legión lo había convertido en su cazador de identidades.
De los matorrales secos, emergió una unidad de élite de la Quimera. Estaban equipados con trajes de contención y rifles de pulso de grado militar. Creyeron, en su arrogancia científica, que podían capturar a la criatura para estudiar cómo el Olvido interactuaba con la materia ectoplasmática.
—¡Fuego de supresión! —gritó el comandante del escuadrón.
Las ráfagas de luz azul impactaron contra el Silbón, pero los rayos simplemente lo atravesaron como si fuera humo. El gigante ni siquiera se inmutó. Con un movimiento fluido y antinatural, pasó a través del escuadrón. No usó garras ni armas; simplemente rozó a los soldados con su saco de huesos.
Elena vio, paralizada, cómo los hombres caían al suelo sin un rasguño físico. Sus rostros se volvieron máscaras de absoluta vacuidad. Habían olvidado cómo apretar el gatillo, cómo hablar, cómo respirar. Sus mentes habían sido formateadas en un segundo. El Silbón se detuvo un momento, abrió su saco y un coro de lamentos electrónicos escapó de su interior: estaba guardando los "archivos" de vida de los soldados.
Entonces, la cuenca del visor del Silbón se fijó en Elena.
—Tú... —la voz de la criatura era una interferencia de radio—... tienes un recuerdo... que brilla demasiado...
El silbido ahora sonaba directamente en el oído izquierdo de Elena, aunque la figura estaba frente a ella. El aire se volvió gélido. Elena sintió que la imagen de Javi, la última que le quedaba, empezaba a pixelarse en su mente. La Legión quería ese recuerdo central para terminar de quebrar la resistencia de la costa.
El Silbón levantó su mano esquelética, cuyos dedos terminaban en agujas de transmisión de datos. Elena cayó de rodillas, sintiendo que el vacío la succionaba. Sofía intentó atacar, pero una onda de choque de apatía la lanzó contra una piedra, dejándola inconsciente.
Justo cuando la aguja del Silbón iba a tocar la frente de Elena para extraer el último suspiro de su pasado, la pantalla del reloj de Javi se encendió con un brillo violento y una frecuencia de arrullo que no pertenecía a este plano.
—¡El Olvido no tiene permiso en esta casa! —tronó una voz desde la oscuridad de la sabana.