Mundo Ancestral, Libro 2: Colombia

Capítulo 11: El Regreso de la Matriarca

10 de enero de 2026. Hora: 03:15 a.m.

El tiempo se congeló en el segundo exacto en que la aguja de datos del Silbón rozó la frente de Elena. El aire, saturado de una estática gris que entumecía los sentidos, fue desgarrado no por un disparo, sino por un golpe de madera contra madera. Un sonido seco, telúrico, que pareció nacer del centro de la tierra.

Pac... pac-pac... pac.

—¡El Olvido no tiene permiso en esta casa! —tronó la voz de Mamá Eusebia, emergiendo de la penumbra de la sabana como un espectro de fuego.

No era la anciana frágil que habían dejado en el palafito de Nariño. Eusebia caminaba con una agilidad sobrenatural, vestida con un turbante rojo de guerra y llevando en su mano derecha una antorcha de madera de mangle que ardía con una llama azulada y eléctrica. A su espalda, tres hombres de piel oscura, remadores del Pacífico que habían cruzado el país por rutas que la Iniciativa Quimera no se atrevería a cartografiar, golpeaban bombos y cununos con una furia rítmica.

Era un currulao de protección, pero uno que Elena nunca había escuchado. No era música para bailar; era una frecuencia de combate.

El Silbón se retorció. Sus huesos esqueléticos crujieron bajo la manta, y el visor de la Legión que cubría su ojo empezó a emitir chispas y un humo negro. El silbido agudo de la criatura fue devorado por la vibración de la marimba de chonta. Para el Silbón, que se alimentaba de la apatía y el silencio, el sonido de la memoria colectiva era como ácido puro.

—¡Atrás, bicho de huesos secos! —gritó Eusebia, lanzando un chorro de un líquido transparente sobre la criatura—. ¡Bebe este biche de pólvora y recuerda que la tierra tiene dueño!

Al contacto con el licor artesanal infundido con rezos y azufre, el Silbón emitió un chillido electrónico ensordecedor. El gigante retrocedió, sus extremidades alargadas tambaleándose mientras el saco de huesos que cargaba empezaba a brillar con una luz errática. La Legión intentó estabilizar su conexión, pero los tambores de Eusebia estaban creando una "burbuja de paz" que los algoritmos de la Quimera no podían hackear.

—¡Levántate, muchacha! —ordenó Eusebia, agarrando a Elena por el brazo. Su tacto no era frío, era un carbón encendido—. ¡Todavía no es hora de que te conviertas en sombra!

A pocos kilómetros, las luces de los convoyes de la Quimera comenzaron a parpadear. Sus radares estaban registrando una anomalía sonora tan potente que sus visores de realidad aumentada mostraban "error de sistema". Los soldados, confundidos por el ritmo del tambor que parecía latir dentro de sus propios pechos, bajaron las armas, sumidos en un trance de nostalgia que la Legión no podía controlar.

—¡Vámonos! —gritó Sofía, recuperando la conciencia y agarrando a Inti—. ¡El Silbón está llamando a la manada!

Eusebia no se movió hasta que el gigante desapareció en la bruma de polvo de la sabana, dejando tras de sí solo el olor a ozono y huesos quemados. La matriarca miró a la Sierra Nevada, que se alzaba ante ellas como una pirámide de sombra bajo las estrellas.

—El camino de la costa ha terminado —dijo Eusebia, y por primera vez, su voz flaqueó un poco—. Ahora empieza el ascenso al Corazón del Mundo. Pero el precio que pagamos por este rescate... ese lo veremos cuando salga el sol.

Desde el 11 al 14 de enero, fueron una prueba de voluntad distinta. No hubo enfrentamientos directos, pero el viaje se volvió una procesión de fantasmas. Dejaron atrás la sabana del Cesar y empezaron a internarse en los bosques de niebla de la Sierra Nevada.

Caminaron casi sin hablar, protegidos por el "velo" que Eusebia y sus remadores mantenían con cantos bajos y constantes. La Iniciativa Quimera había saturado el aire con drones de reconocimiento térmico, pero el grupo se movía bajo el dosel de los árboles, siguiendo los senderos de los animales que la Legión aún no había logrado "formatear".

Fueron cuatro días de ascenso vertical, donde cada metro ganado al nivel del mar era un alivio para los pulmones pero una carga para el espíritu. Elena notaba que Eusebia hablaba cada vez menos. La matriarca, que había usado toda su energía vital para proyectar la frecuencia de paz contra el Silbón, parecía estarse marchitando por dentro.



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En el texto hay: misticismo, leyendas, colombia

Editado: 30.04.2026

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