Mundo Ancestral, Libro 2: Colombia

Capítulo 12: El Precio del Olvido

El primer rayo de sol del 15 de enero golpeó las terrazas de piedra de un resguardo indígena en las faldas medias de la Sierra. Era un amanecer de una belleza cruel: el mar Caribe brillaba en el horizonte, a miles de metros de profundidad, mientras la nieve de los picos arriba resplandecía como diamantes.

Elena se despertó con una sensación de vacío que el frío de la montaña no explicaba. Se acercó a donde Mamá Eusebia estaba sentada, mirando hacia el océano. La matriarca ya no llevaba su turbante rojo; tenía la cabeza cubierta con una manta blanca de algodón.

—Mamá Eusebia, gracias por lo de la sabana —dijo Elena, sentándose a su lado—. Si no llega a ser por usted...

Eusebia se giró lentamente. Sus ojos, que en Nariño eran pozos de sabiduría negra, ahora tenían un velo lechoso, casi gris. Miró a Elena con una curiosidad distante, como si estuviera viendo a una extraña que le resultaba vagamente familiar.

—¿Quién eres tú, muchacha? —preguntó Eusebia con una voz suave, despojada de su autoridad—. Me pareces conocida... ¿eres la hija de la vecina de la azotea?

El corazón de Elena se detuvo. El calculo de daños de la Legión era exacto: para salvar la memoria de Elena y el fuego de Inti, Eusebia había tenido que sacrificar su propia base de datos. Había entregado sus recuerdos personales para alimentar la frecuencia que detuvo al Silbón. Había olvidado su propia historia para que la historia del mundo continuara.

Sofía se acercó, con los ojos rojos de no dormir. Sostenía su cuaderno de bocetos, pero sus manos temblaban.

—Elena... no puedo —susurró Sofía, mostrando una página en blanco—. Trato de dibujar el mapa que nos dio el Guardián, trato de trazar la ruta hacia la Ciudad Perdida... pero mi mano no sabe qué hacer. El Olvido me rozó en la sabana. Me ha robado el don. Puedo ver la montaña, pero no puedo traducirla.

Sofía, la artista y estratega, el ancla táctica del grupo, ahora estaba "ciega" en su arte. La Legión del Olvido no las había matado, pero las estaba desmantelando pieza por pieza. Elena miró a Inti. El niño estaba de pie en el borde de la terraza de piedra, mirando hacia la cumbre. El medallón en su pecho estaba negro, opaco, con la grieta del Urabá expandiéndose como una telaraña. Había gastado su luz guiándolas por el Chocó, y ahora era solo un niño pequeño y asustado en medio de la inmensidad.

—Estamos aquí —dijo Elena, apretando los puños mientras las lágrimas caían sobre la piedra milenaria—. Hemos llegado al Corazón del Mundo, pero estamos llegando como cáscaras.

A lo lejos, el zumbido de un transporte pesado de la Quimera resonó en el valle. La Iniciativa Quimera había localizado el servidor central de la memoria de la costa y estaba empezando a trasladar los "contenedores de almas" hacia el punto más alto de la Sierra. Elena se dio cuenta de que ahora estaba sola. Su guía no recordaba quién era, su estratega no podía dibujar el camino y su hijo ya no brillaba.

La verdadera batalla por el alma de Colombia no iba a ser una guerra de ejércitos, sino una lucha por no desaparecer en el gris absoluto antes del anochecer.



#1567 en Fantasía
#1875 en Otros
#345 en Novela histórica

En el texto hay: misticismo, leyendas, colombia

Editado: 30.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.