La figura de papel y sombra permaneció inmóvil un instante, como si buscara ordenar las palabras que aún le quedaban por decir. Cuando volvió a hablar, su voz sonó todavía más lejana, como si nos llegara desde el fondo de un pozo.
—El Reino de Aldoria celebrará, dentro de dos semanas, el decimoséptimo cumpleaños de la princesa. La ceremonia exige la presencia de todo aprendiz que haya completado su entrenamiento bajo un maestro reconocido por la corona. Preséntense ante las puertas del castillo antes de esa fecha, o su ausencia será tomada como una falta grave hacia la familia real.
Dicho esto, la silueta perdió la forma que había sostenido hasta entonces, se dobló sobre sí misma un par de veces más y cayó al suelo, ya sin vida, convertida de nuevo en un simple trozo de papel viejo, junto a el venia un paquete que a decir verdad estaba tan maltratado que no tenia forma alguna.
Nos quedamos mirando el punto exacto donde había estado la figura, como si esperáramos que volviera a levantarse y añadiera algo más.
Lucius fue el primero en romper el silencio.
—¿Decimoséptimo? —preguntó, rascándose la nuca—. Eso es dentro de dos semanas nada más.
—Eso acaba de decir, sí.
—¿Y desde cuándo el maestro sabe organizar sus cartas con tanta antelación? Ese viejo ni siquiera recuerda dónde deja las llaves de la casa la mitad de las veces.
No pude evitar reírme un poco. Tenía razón. El maestro era brillante con la magia y un completo desastre con todo lo demás, una carta programada para hablar en el momento justo no encajaba con el hombre que conocíamos. Pero teniendo en cuenta el estado del paquete definitivamente es de el.
—Da igual quién la haya escrito —dije, recogiendo el papel ya inerte del suelo—. Si esperamos hasta el último momento, no llegaremos a tiempo. Deberíamos partir mañana mismo, en cuanto amanezca.
—¿Mañana? —Lucius hizo una mueca—. Pensé que tendríamos al menos unos días para despedirnos como se debe de este lugar.
Miré alrededor, hacia las paredes desgastadas que habían sido nuestro único mundo durante dos años completos. Sentí una punzada extraña, algo a medio camino entre el alivio y la nostalgia, pero no dije nada al respecto. Ya habíamos tenido suficiente despedida por un día; el bosque entero parecía haberse encargado de eso durante la cacería.
—Nos despedimos empacando —respondí, doblando la carta y guardándola en mi bolsillo sin saber muy bien por qué—. Cuanto antes salgamos, menos prisa tendremos en el camino, y menos posibilidades de llegar arrastrándonos el último día.
Lucius refunfuñó algo entre dientes, pero no discutió. Sabía que tenía razón, aunque jamás lo admitiría en voz alta. Nunca lo hacía.
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Empacar no nos tomó tanto tiempo como esperaba. Dos años viviendo con lo mínimo indispensable nos habían enseñado a no acumular nada que no pudiéramos cargar sobre la espalda. Guardé mi espada, dos mudas de ropa, las pocas monedas que habíamos logrado ahorrar vendiendo núcleos al gremio, y las últimas pociones de resistencia que nos quedaban, ya bastante mermadas después de la cacería del jabalí.
Lucius, por supuesto, dedicó buena parte de su equipaje a los condimentos.
—No pienso comer comida sosa todo el camino hasta Aldoria —anunció, mientras guardaba lo que parecía ser media alacena dentro de su mochila.
—Vamos a caminar varios días, Lucius, no de vacaciones a un balneario.
—Precisamente por eso. Si voy a sufrir los pies ampollados, que al menos sea con buen sabor de boca.
No tenía argumentos para contradecir eso, así que lo dejé pasar, como siempre terminaba pasando con las rarezas de mi hermano.
También revisé, una última vez, el brazalete que llevaba en la muñeca izquierda. Seguía absorbiendo maná de forma extraña, un poco más de lo que debería incluso en reposo, y me pregunté si tendría oportunidad de preguntarle al maestro sobre eso antes de que volviéramos a separarnos. Con la fecha límite que teníamos ahora, lo dudaba.
Cerramos la cabaña por última vez al amanecer siguiente. El bosque, todavía envuelto en la neblina de la madrugada, parecía despedirse de nosotros a su manera silenciosa, ni un solo canto de pájaro, ni el más mínimo crujido de rama, como si el lugar entero contuviera la respiración. Ninguno de los dos dijo nada mientras cruzábamos el sendero que tantas veces habíamos recorrido cargando monstruos, hongos, o simplemente nuestro propio cansancio. Era extraño pensar que no volveríamos a ver ese lugar en mucho tiempo.
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Caminamos durante dos días completos antes de que el bosque comenzara a abrirse en colinas más suaves y caminos de tierra marcados por las ruedas de las carretas. La primera noche acampamos bajo un cielo despejado, y Lucius, fiel a su palabra, preparó con los pocos ingredientes frescos que nos quedaban algo que sabía diez veces mejor de lo que cualquier fogata de viaje debería producir.
—¿Has pensado en qué le vas a decir a Elizabeth cuando la veas? —preguntó, removiendo el guiso con una rama pelada a modo de cuchara improvisada.
Me atraganté con un trozo de carne y tosí varias veces antes de volver a reponerme —No sé de qué hablas.
—Claro que sabes. Dos años son muchos para dejar las cosas sin resolver, hermano. Algo se te va a tener que decir quieras o no.
Editado: 03.08.2026