Volar sobre el lomo de un wyrn no se parecía en nada a lo que había imaginado. El viento nos golpeaba la cara con una fuerza constante, el mundo entero se reducía a una alfombra verde y marrón muy por debajo de nosotros, y cada tanto el animal soltaba un gruñido satisfecho, como si disfrutara del vuelo tanto como nosotros.
—¡Esto es mucho mejor que caminar! —gritó Lucius, aferrado con ambos brazos a mi cintura desde el asiento trasero, con el cabello alborotado por el viento y una sonrisa que no le cabía en la cara.
—¡Vas a hacer que nos caigamos si sigues moviéndote así!
—¡No seas exagerado! Además, este pequeño ya nos quiere demasiado como para dejarnos caer, ¿verdad?
El wyrn respondió con un gruñido que bien podría haber sido una afirmación, o simplemente una queja por el peso extra en su lomo. Todavía débil de sus alas heridas, no podía volar tan alto ni tan rápido como probablemente lo haría una vez recuperado del todo, pero aun así devoraba la distancia a una velocidad que ningún caballo, ni siquiera nuestras propias piernas entrenadas durante dos años, hubiera podido igualar. Lo que nos habría tomado varios días caminando lo cubrimos en poco más de uno, deteniéndonos solo lo necesario para que la criatura descansara y comiera.
Al segundo día de vuelo, las fronteras del Reino de Aldoria aparecieron en el horizonte, una línea de torres de vigilancia y murallas bajas que se extendía de un lado a otro del paisaje, marcando con claridad dónde terminaba el territorio salvaje y comenzaba la civilización.
El corazón me dio un vuelco extraño al verlas. Dos años atrás habíamos cruzado esas mismas murallas en dirección contraria, cargando apenas lo necesario y sin saber muy bien qué esperar del entrenamiento que teníamos por delante. Ahora regresábamos con cicatrices nuevas, un wyrn prestado, y bastantes más preguntas de las que habíamos salido a buscar.
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Los guardias apostados en la torre más cercana a nuestra ruta de aterrizaje nos reconocieron incluso antes de que tocáramos tierra.
—¡Son los muchachos del maestro! —gritó uno de ellos, bajando corriendo la escalera de la torre con una prisa que casi lo hace tropezar—. ¡Kael, Lucius, cuánto tiempo!
Apenas habíamos desmontado cuando ya nos vimos rodeados por un puñado de soldados sonrientes, todos compitiendo por saludarnos primero, palmearnos la espalda, o simplemente comprobar con sus propios ojos que en verdad éramos nosotros y no un par de impostores especialmente convincentes. Reconocí a un par de ellos de las visitas ocasionales que hacían a la cabaña cuando recién nos habíamos mudado al bosque, aunque no lograba recordar sus nombres con exactitud, algo que me hizo sentir ligeramente culpable.
De entre el grupo emergió una figura que reconocería en cualquier lugar; alta, de hombros anchos, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y una espada envainada a la cintura que parecía demasiado grande para ser práctica, aunque yo sabía de primera mano que Alsfonso la manejaba como si fuera una extensión de su propio brazo.
—Vaya, vaya. Miren nada más quiénes decidieron aparecer después de dos años. —Su voz grave resonó por encima del alboroto de los demás soldados, y una sonrisa amplia le cruzó el rostro mientras se acercaba.
—¡Alsfonso! —Lucius corrió a saludarlo, aunque se detuvo justo antes del abrazo que claramente había estado planeando, como si recordara de golpe que no era buena idea abrazar a un hombre que podía partirte en dos sin esfuerzo—. Cuánto tiempo.
Si alguna vez alguien mereció el título de leyenda viviente, ese era Alsfonso, uno de las Cuatro Sombras del reino, y sin lugar a dudas el mejor espadachín que había visto en mi vida, aunque para ser sincero tampoco es que hubiera visto tantos con un nivel similar a el. Se decía que había alcanzado uno de los rangos más altos jamás registrados en el uso de la espada, y que él solo, en un campo de batalla, valía por lo menos mil hombres bien entrenados. Nunca lo había visto pelear en serio, y sinceramente esperaba no tener que hacerlo jamás; prefería seguir siendo su amigo antes que su enemigo.
—Están más grandes —comentó, cruzándose de brazos mientras nos examinaba de arriba abajo, como un carnicero evaluando el peso de dos reses—. Y creo que también más fuertes. ¿Qué tal les fue con el viejo cascarrabias?
—Pues... estamos vivos —respondí—. Aunque no puedo decir que haya sido fácil.
—No somos tan torpes —protestó Lucius, aunque el gruñido de su estómago lo delató en el peor momento posible, arrancándole una carcajada a Alsfonso que retumbó por todo el patio de la fortaleza.
—Claro que no. Por eso el estómago les habla antes que la boca. Vengan, hay cena de sobra, aunque a este paso tendré que pedir refuerzos a la cocina.
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Nos guio hacia el interior de la fortaleza fronteriza, un edificio de piedra gris mucho más acogedor por dentro de lo que su aspecto exterior sugería, con antorchas encendidas a lo largo de los pasillos y el aroma a estofado flotando desde algún lugar de la cocina. Compartimos una cena decente con los soldados de guardia —mucho mejor de lo que cualquiera de los dos hubiera preparado con el cansancio que teníamos en ese momento, para disgusto silencioso de Lucius, que se pasó media cena mirando con envidia mal disimulada el plato ajeno.
—Cuéntenme —dijo Alsfonso, sentado en la cabecera de la mesa larga con una jarra de sidra en la mano—, ¿Qué tan mal los hizo sufrir el viejo esta vez?
Editado: 03.08.2026