Mundo de Dragones

Capítulo 4 — Reencuentro (parte 2)

El dueño de la tienda de artículos de viaje resultó ser un hombre pequeño y calvo que, al ver a Sebastián entrar arrastrándonos prácticamente del cuello de la camisa, simplemente suspiró con la resignación de alguien acostumbrado a esa clase de escenas, y señaló una mesa vacía en la parte trasera del local sin necesidad de que nadie le explicara nada. Sospeché, por la naturalidad del gesto, que no era ni remotamente la primera vez que presenciaba algo parecido.

Contamos todo, desde los secuestros hasta la marca del toro de los bandidos, sentados alrededor de esa mesa. El hombre, que resultó conocer a nuestro maestro de toda la vida, nos ofreció té caliente sin que nadie se lo pidiera y desapareció discretamente hacia la trastienda, dejándonos hablar con la privacidad suficiente.

Omitimos, sabiamente, el detalle del chichón que Lucius se había ganado durante la pelea con el jabalí. Algunas cosas es mejor guardárselas para uno mismo.

—¿Un jabalí de grado de riesgo, ustedes dos solos? —nos interrumpió Sebastián en algún punto, con una ceja alzada—. Ese tipo de cacería normalmente requiere un equipo completo de aventureros de rango medio.

—Nos las arreglamos como pudimos —respondió Lucius, con un orgullo que quizás no estaba del todo justificado considerando que casi terminó empalado—. En mi defensa, casi lo maté yo solo antes de que Kael tuviera que intervenir para salvarme la vida.

—Eso no suena como una defensa, Lucius. Suena exactamente a lo contrario.

Mi hermano se encogió de hombros, sin inmutarse en lo más mínimo por la lógica aplastante de ese argumento.

Sebastián escuchó el resto con una atención que contrastaba fuertemente con la imagen de despistado que siempre nos había mostrado en la cabaña, asintiendo en los momentos justos y frunciendo el ceño ante la mención del núcleo mágico. Cuando llegamos a la parte del fenómeno postmortem, se inclinó hacia adelante por primera vez en toda la conversación.

—¿Sin registro alguno, dices?

—Ninguno que hayamos podido encontrar —confirmé—. ¿Usted sabe algo al respecto?

—Nada que no hayan escuchado ya ustedes mismos. —Su respuesta fue demasiado rápida para sonar completamente honesta, supuse que algo sabia, pero no insistí. Ya habría tiempo para eso más adelante.

Se detuvo por completo cuando llegamos a la parte de los comerciantes de esclavos y su marca particular.

Fue la primera vez en mucho tiempo que lo veía con calma, sin estar medio dormido, medio distraído, o directamente ausente en sus propios pensamientos. Con el cabello plateado cayéndole descuidadamente sobre la frente y un rostro que, sinceramente, no aparentaba más de veintidós años, resultaba casi ridículo pensar que aquel hombre llevaba encima más décadas de las que cualquiera de los dos nos atrevíamos a calcular. Nunca le había preguntado su edad exacta. Sospechaba que, de todas formas, tampoco me la diría; "viejo cascarrabias" era, después de todo, más una descripción de su personalidad que de su apariencia.

—Esa marca —dijo finalmente, con una seriedad que rara vez le habíamos visto— no es algo de lo que deban preocuparse ustedes solos. Ya me encargaré de investigarlo.

—¿La conoce? —preguntó Lucius.

—Digamos que he escuchado rumores. Nada concreto todavía.

No insistimos. Sabíamos, por experiencia, que cuando Sebastián decidía no compartir algo, no había forma de sacárselo antes de que él mismo quisiera. Aunque una parte de mí, la misma que llevaba días dándole vueltas al brazalete que no dejaba de absorber maná de forma extraña, se lo comente a Sebastián pero la única respuesta de el que recibí fue la misma que ya me esperaba, me mando directo a donde el mecánico del castillo. Me preguntaba si todas estas piezas —el fenómeno postmortem, la marca del toro, y los recientes robos de dragones— formaban parte de un mismo rompecabezas más grande, o si simplemente estaba viendo conexiones donde no las había, agotado después de una semana demasiado larga.

✦ ✦ ✦

—Ahora bien —continuó, cambiando de tema con una naturalidad que no me dio buena espina—, hay algo de lo que tenemos que hablar antes de que se les ocurra ir corriendo al castillo a saludar a todo el mundo.

—¿Qué cosa? —pregunté, aunque algo en su expresión ya me estaba poniendo nervioso.

—Su majestad la princesa Elizabeth.

Sentí que el estómago se me caía hasta los pies.

—Kael. —Sebastián se cruzó de brazos, y por primera vez desde que nos había atrapado, pareció genuinamente incómodo con lo que estaba a punto de decir—. Bajo ninguna circunstancia te le acerques apenas lleguemos al castillo.

—¿Por qué no? —preguntó Lucius, mirándome con una ceja alzada y una sonrisa que anunciaba que estaba a punto de disfrutar muchísimo de lo que fuera que viniera a continuación.

Sebastián suspiró, como si la respuesta le costara un esfuerzo físico real.

—Porque el día en que a ustedes dos los se fueron y los dejaron abandonados en el bosque, la excusa que se le dio a la corte —y a ella en particular— fue que se habían fugado por voluntad propia.

—¿QUÉ? —Lucius casi se atraganta con el aire—. ¿Nos fuimos por una misión de verdad y la historia oficial es que nos escapamos?



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En el texto hay: aventura, magia, dragones

Editado: 03.08.2026

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