El sol ya estaba bien alto cuando un sirviente golpeó nuestra puerta con la noticia de que el rey nos esperaba en la sala del trono en menos de una hora. Me levanté de un salto, todavía medio dormido, mientras Lucius gruñía algo ininteligible desde su cama antes de finalmente decidirse a moverse.
—¿Ya viste la hora? —murmuró, frotándose los ojos—. Ni siquiera nos dejaron dormir apropiadamente.
—Es el rey, Lucius. No creo que le importe mucho cuánto hayamos dormido.
Nos vestimos con la ropa formal que alguien —probablemente Marta— había dejado cuidadosamente doblada sobre una silla durante la noche, sin que ninguno de los dos la escuchara entrar. El uniforme se sentía extraño después de dos años usando solo cuero curtido y tela gruesa de viaje, demasiado ajustado en algunos lugares, demasiado suelto en otros, como si mi propio cuerpo hubiera cambiado de forma sin que la ropa se hubiera enterado.
—¿Nervioso? —le pregunté a Lucius mientras terminaba de abrocharme la chaqueta.
—Prefiero enfrentarme a diez jabalíes de grado antes que a ese viejo en su faceta de rey. —Lo dijo con una seriedad que resultaba casi cómica, considerando que este era el mismo hombre que había gritado "¡corre!" el día anterior sin pensarlo dos veces—. Nadie te lo dice, pero cuando se pone la corona, deja de ser ese protector amable que todos conocen por un rato y se convierte en otra cosa completamente distinta. Algo mucho, mucho más aterrador.
—Es solo un hombre, Lucius.
—Es un hombre que puede hacer temblar la sala entera con solo alzar la voz. Prefiero pelear contra una bestia salvaje que estar parado frente a él cuando está de humor serio, y eso que a mí me encanta pelear.
—Exagerado.
—Pregúntale a cualquier soldado que haya estado de guardia el día que se enteró de que nos habíamos ido. Según cuentan, hizo falta reconstruir un ala entera del cuartel.
No supe si creerle del todo, pero tampoco me atreví a pedirle que lo confirmara, a demás no se supone que el propio Rey quien nos mando para allá en primer lugar, por que habría de hacer un escandalo, a menos que eso solo haya sido una actuación para darle mas fidelidad a la mentira.
Sin embargo no pude discutir demasiado ese punto. Yo mismo recordaba, de niño, la sensación de que el aire se volvía más pesado cada vez que nuestro padre entraba a una habitación vestido con las galas reales completas.
Terminamos de arreglarnos en un silencio cargado de nervios que ninguno de los dos quiso reconocer en voz alta. Me miré en el espejo de cuerpo completo que colgaba cerca de la puerta, casi sorprendido por el reflejo: ya no era el mismo muchacho flacucho que había cruzado esa misma puerta dos años atrás. Los hombros más anchos, alguna cicatriz nueva asomando por el cuello de la camisa, una mirada que se sentía, de alguna forma, más pesada que antes.
—Dejen de mirarse al espejo los dos y vamos —nos apuró Marta desde el pasillo, sin siquiera molestarse en asomar la cabeza—. Su padre odia esperar, y hoy menos que nunca.
Salimos casi a trompicones, todavía ajustándonos las últimas correas de la ropa formal, mientras Marta nos apuraba por el pasillo con la eficiencia de alguien que había hecho eso mismo cientos de veces a lo largo de los años.
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La sala del trono era tan imponente como la recordaba, quizás más: columnas de mármol blanco se alzaban hasta un techo abovedado decorado con frescos que representaban la fundación del reino, y una alfombra roja se extendía desde la puerta principal hasta el estrado donde descansaba el trono.
Nuestro padre ya estaba ahí cuando entramos, sentado con la espalda recta y la corona brillando bajo la luz que se filtraba por los ventanales laterales. A su lado, de pie con una elegancia serena que contrastaba con la energía burbujeante que recordaba de niño, estaba nuestra madre la reina. Y a su derecha, un poco más adelante que los demás, estaba ella.
No sabría explicar del todo lo que sentí al verla. Dos años de distancia deberían haberme dado tiempo para acostumbrarme a la idea antes de verla en persona otra vez, pero en cambio sentí que el aire se me atoraba en la garganta. Tenía una belleza y una elegancia que, sinceramente, se sentían fuera de este mundo; la espalda recta, la barbilla alzada con una dignidad aprendida desde la cuna, y unos ojos que, en cualquier otro momento, hubiera dado cualquier cosa por tener fijos en mí.
Esta vez, sin embargo, ni siquiera me miró.
A su otro costado, reconocí un par de rostros conocidos entre los nobles que iban llegando, el duque de las tierras del norte; que solía traernos dulces de contrabando cuando éramos niños y nuestra madre no miraba y una anciana consejera de cabello blanco que nos observó con una ceja alzada, como si estuviera evaluando cuánto habíamos crecido y decidiendo, en silencio, si aprobaba el resultado.
Tuvimos que esperar a que el resto de los nobles convocados terminara de llegar, cada uno anunciado formalmente por un heraldo antes de ocupar su lugar a los costados del salón. Aproveché ese tiempo, y las miradas curiosas que no dejaban de posarse sobre nosotros, para tratar de calmar los nervios que se negaban a desaparecer.
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Cuando finalmente llegó nuestro turno, dimos el informe que habíamos acordado con Sebastián la noche anterior: dos años de entrenamiento riguroso, cacería de monstruos como práctica constante, y una expedición de reconocimiento hacia el borde más profundo del bosque para determinar si esa zona era habitable, o al menos si podía usarse como punto estratégico desde el cual movilizar tropas en caso de necesidad.
Editado: 26.08.2026