Una semana entera de descanso fue, sorprendentemente, más que suficiente para que Lucius empezara a quejarse de aburrimiento. Entre las visitas constantes de Marta con bandejas de comida, las tardes perdidas explorando rincones del castillo que ya casi habíamos olvidado, y las noches durmiendo en camas que no goteaban, cualquier persona razonable se hubiera sentido agradecida. Mi hermano, por supuesto, no era exactamente una persona razonable cuando se trataba de estar sin entrenar por mucho tiempo.
Habíamos pasado los últimos días retomando el ritmo de la vida en el castillo, visitando al wyrn en los establos reales, que ya lucía considerablemente más saludable con las alas casi completamente curadas; pasando por el gremio para saludar a Liz, quien nos recibió con una lista igual de larga de tareas pendientes que insistió en delegarnos "ya que estaban de vuelta"; y evitando, por supuesto, cualquier mención directa a la cachetada que toda la corte parecía haber presenciado de alguna forma u otra, a pesar de que oficialmente nadie debía estar hablando de eso.
—Necesito golpear algo —anunció una mañana, mientras desayunábamos—. O que algo me golpee a mí. Ya no me importa cuál de las dos opciones.
—Podrías simplemente pedirle a Marta que te dé más trabajo en la cocina. Estoy seguro de que picar cebollas cuenta como algún tipo de tortura.
—Eso no es lo mismo, y lo sabes.
—Podríamos empezar a entrenar con la nueva generación —sugerí, más por callarlo que por convicción real—. De todas formas, hay que presentarnos ante ellos tarde o temprano.
Lucius sonrió de una forma que ya conocía demasiado bien, la misma sonrisa que solía preceder a algún tipo de desastre parcialmente controlado.
—Eso suena prometedor —dijo, ya poniéndose de pie con una energía que no había mostrado en toda la semana—. ¿Crees que alguno de los reclutas nuevos se atreva a retarnos?
—Conociéndote, no vas a esperar a que se atrevan. Tú vas a provocarlo.
—Detalles sin importancia.
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Los cuarteles de entrenamiento estaban prácticamente igual a como los recordaba; el mismo patio de tierra compactada, las mismas dianas desgastadas por generaciones de reclutas practicando puntería, y el mismo olor a sudor y metal que parecía formar parte de la arquitectura misma del lugar.
La nueva generación de soldados, sin embargo, era completamente desconocida para nosotros. Dos años de ausencia significaban dos años de reclutas nuevos, entrenados y formados sin que ninguno de los dos hubiéramos estado presente para verlo. Cuando el capitán a cargo nos presentó formalmente —"los hijos adoptivos de su majestad, recién llegados de dos años de entrenamiento riguroso"—, noté de inmediato las miradas de duda que se intercambiaban entre las filas.
No los culpaba. Ambos parecíamos, sinceramente, demasiado jóvenes para pertenecer ahí, y el rumor de nuestra existencia probablemente había circulado más como leyenda familiar que como hecho verificable. Sabían quiénes éramos de nombre, pero ninguno de ellos nos había visto en persona jamás. Algunos incluso susurraban entre ellos, sin demasiado disimulo, especulando si acaso los rumores sobre nuestro entrenamiento habían sido exagerados con el paso del tiempo, como suele pasar con cualquier historia contada demasiadas veces.
—Puedo sentir la duda desde aquí —murmuró Lucius, sin molestarse en bajar demasiado la voz—. Es casi ofensivo.
—Entonces arreglémoslo.
Di un paso al frente, dirigiéndome directamente al capitán.
—Con su permiso, capitán, nos gustaría enfrentar a los dos soldados más fuertes de este pelotón. Solo será un duelo amistoso para conocernos mejor.
El capitán, un hombre robusto de bigote gris que reconocí vagamente de mi infancia, sonrió con algo que se parecía sospechosamente a la anticipación. Llevaba el cargo desde antes de que naciéramos, según recordaba vagamente de las historias que Marta solía contarnos, y algo en su sonrisa sugería que ya sabía exactamente cómo iba a terminar aquello.
—Si tanto insisten... —Se giró hacia las filas—. ¡Ferran! ¡Voss! Al frente, ahora.
Dos soldados se adelantaron, ambos considerablemente más grandes que nosotros, con la clase de músculos que solo se consiguen con años de entrenamiento constante. Sus expresiones dejaban claro que consideraban aquello más una formalidad incómoda que un desafío real.
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No duraron ni dos golpes.
Lucius se movió primero, esquivando el primer ataque torpe de su oponente con una facilidad casi insultante antes de conectar un golpe seco contra sus costillas que lo dejó sin aire en el suelo. Por mi parte, mi oponente —Ferran, creo que lo llamaron— cargó hacia mí con un mandoble directo que bloqueé sin mayor esfuerzo. Desvié el impulso hacia un lado, dejando que su propio peso lo desequilibrara, y aproveché ese instante de vulnerabilidad para desarmarlo con un giro de muñeca que Sebastián nos había hecho repetir cientos de veces durante el entrenamiento, hasta que el movimiento se volvió tan natural como respirar. Su espada cayó al suelo con un ruido metálico, y el propio Ferran se quedó mirándose las manos vacías con una expresión de genuina confusión.
El silencio que siguió fue algo incomodo de describir. Los soldados que segundos antes habían intercambiado miradas de duda ahora nos observaban con una mezcla de sorpresa y respeto renovado, murmurando entre ellos con una energía completamente distinta a la de antes.
Editado: 26.08.2026