Los días siguientes al desastre en la arena de combate transcurrieron con una normalidad que, sinceramente, ninguno de los dos esperaba después de semejante escena. Lucius se recuperó rápido de los golpes recibidos durante el duelo, aunque insistió en quejarse del dolor cada vez que Marta se acercaba lo suficiente como para consentirlo con algún postre extra. Yo, por mi parte, no pude dejar de pensar en la conversación pendiente sobre los brazaletes que ambos seguíamos evitando tener, aunque el castillo entero parecía decidido a no darnos tiempo libre para discutir nada tan serio.
Revisé el mío —el mismo que llevaba semanas absorbiendo maná de forma extraña, incluso en reposo— más de una vez esta semana, sin encontrar ninguna respuesta nueva más allá de la vibración ocasional que ya se había vuelto casi familiar.
El decimoséptimo cumpleaños de la princesa se acercaba rápidamente, y con él, una agitación que se sentía en cada rincón del castillo. Sirvientes corriendo de un lado a otro con arreglos florales interminables, cocineros discutiendo a gritos sobre el menú perfecto para la celebración, y una lista de invitados que parecía crecer cada día que pasaba hasta incluir, según los rumores, a nobles de reinos vecinos que ni siquiera recordábamos haber conocido, con todo el ajetreó de la fiesta se me había olvidado completamente pasar por el taller real a visitar a Orín, así que, mas tarde debía pasar por ahí sin falta.
—Diecisiete años eh— exclame. La mayoría de edad, al menos según las leyes de Aldoria, y con ella, una ceremonia que marcaría oficialmente su presentación completa ante la corte y ante los reinos aliados. Según esas mismas leyes, alcanzar la mayoría de edad significaba que la princesa Elizabeth podía, a partir de esa noche, asumir responsabilidades oficiales de estado, participar activamente en el consejo real, y —el detalle que más rumores generaba entre los sirvientes— comenzar a considerar oficialmente propuestas matrimoniales de otros reinos. Aquella última parte, en particular, me generaba una inquietud que prefería no examinar demasiado de cerca.
—Se te nota en la cara, sabes —comentó Lucius, una noche, mientras ambos cenábamos en nuestros aposentos—. Esa cosa de estar pensando en príncipes extranjeros bailando con ella.
—No estoy pensando en eso.
—Claro que no. Por eso llevas cinco minutos apuñalando la misma papa sin comértela.
Bajé el tenedor, algo avergonzado de que fuera tan obvio.
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—¿Ya decidiste qué le vas a regalar? —preguntó Lucius, una tarde, mientras ambos revisábamos el itinerario de seguridad que Sebastián nos había entregado.
—Todavía no.
—Tienes tres días, Kael.
—Lo sé perfectamente, gracias.
Terminé pidiéndole consejo a Liz, en un intento desesperado por encontrar un regalo apropiado antes de que se acabara el tiempo.
—¿Por qué me preguntas a mí? —dijo, con una ceja alzada, mientras organizaba pergaminos detrás del mostrador del gremio.
—Porque eres la única persona que conozco que no se va a burlar de mí por preguntar.
—No prometo nada. —Sonrió, aunque finalmente se apiadó de mi desesperación evidente—. Algo personal. Algo que demuestre que prestaste atención, no solo oro gastado sin pensar. Las princesas reciben joyas y vestidos constantemente; lo que no reciben tan seguido es algo que signifique algo real.
—Algo con un significado real dices?, sinceramente aunque lo plantees así no se si sus gustos han cambiado con el paso del tiempo que pasa si lo que le regalo no es de su agrado o si simplemente no la usa nunca y en el peor de los casos que hago si lo rechaza—
—ahg!— exclamo Liz evidentemente disgustada por lo patético que sonaba —Ustedes los hombre son todos iguales, se quieren ahogar en un baso de agua por cualquier tontería, mira chico estoy seguro que cualquier cosa que le regale la hará feliz siempre y cuando vaya de tu parte no te rompas la cabeza queriendo buscar algo extravagante y regale algo que salga de tu corazón y eso la hará feliz—
—Liz... te haz vuelto muy perspicaz eh, pero bueno muchas gracias ahora se mas o menos que podría regalarle, nos vemos espero que dejes la timidez hablando con Lucius así como lo haces conmigo—
—Oye Kael desde cuando tu...— dejando a Liz con un ligero rubor en el rostro me marche del lugar en dirección al mercado.
Terminé encargando un pequeño relicario de plata, grabado con un diseño simple de flores de manzano, es su fruta favorita después de todo, si es algo que le haga recordar su hogar seguro que le gustara —dije para mis adentros.
Lucius insistió en acompañarme a recogerlo el día antes de la celebración, principalmente, sospechaba, porque la joyería quedaba a dos puertas de su panadería favorita.
—Es bonito —admitió, examinando el relicario por encima de mi hombro mientras el joyero lo envolvía con cuidado—. Sutil. Nada mal para alguien que hace una semana ni siquiera sabía qué comprar.
—Gracias, supongo.
—Ahora solo falta que sobrevivas a dársela sin que te muerdas la lengua.
—Tengo fe absoluta en mí mismo.
—Yo no tanta, pero bueno, ya veremos.
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Antes de que pudiera perderme demasiado en los preparativos, Sebastián entró a la habitación sin tocar, como de costumbre, con una expresión seria que dejó claro de inmediato que la conversación estaba a punto de cambiar de tono por completo.
Editado: 11.09.2026